Caminar por una librería o navegar unos diez minutos por los catálogos digitales de las plataformas de autoedición puede ser reconfortante para los que gustamos de leer. Buscar novedades o ver con qué nos sorprenden esos pasillos. Siempre he creído que una obra escrita siempre trae un contrato implícito, que es jugar con la curiosidad del lector. Pero también que exista una transferencia de empatía, técnica, dolor, esperanza, alegría y demás experiencias humanas sintetizadas en palabras. Pero, hoy en día, ¿cuántos libros cumplen con ello?
Un reciente escándalo por un contrato de dos millones de dólares cancelado a Jerry Falade por el presunto uso de algoritmos de inteligencia artificial en su ópera prima nos pone de frente a una realidad brutal. La IA generativa no vino a democratizar la literatura, vino a industrializar la falsificación y a cobrarla a precio de oro. Lo mismo está pasando en otras áreas creativas, donde el engaño y la falsedad es el pan nuestro de cada día.
De hecho, en lo que va del año, éste es el tercer caso público de acusaciones de uso de inteligencia artificial contra un autor, precedido por Shy Girl de Mia Ballard, que fue retirada, y Daggermouth de HM Wolfe, que inicialmente fue autopublicado y, hasta el momento, todavía está previsto que sea distribuido por Simon & Schuster en un acuerdo millonario.
En el ecosistema tecnológico, suelo repetir una premisa: la automatización es fantástica para optimizar procesos repetitivos, depurar código o procesar volúmenes de datos que a un cerebro biológico le tomaría vidas enteras analizar; pero cuando intentamos aplicar esa misma lógica de producción en masa al terreno del arte y las letras, el resultado no es “eficiencia”, es fraude.
Un modelo de lenguaje como ChatGPT o Claude no redacta porque tenga algo que decir, no lo hace por una cicatriz que mostrar. Procesa billones de parámetros estadísticos para predecir cuál es la palabra más probable que debe seguir a la anterior. Escribir un libro con estas herramientas y venderlo como una creación propia es el equivalente intelectual a comprar una pintura en serie fabricada en una maquiladora digital y firmarla en la esquina con un pincel de pelo de camello.
El problema de fondo radica en la narrativa tramposa que las grandes firmas de Silicon Valley han logrado vender a una masa de aspirantes a creadores: la ilusión del atajo. Vivimos en una cultura obsesionada con el estatus del producto y alérgica al proceso. Ser “escritor” se convirtió para muchos en una etiqueta de perfil de red social, una métrica de prestigio, más que en una disciplina diaria que exige años de lectura, frustración y reescritura.
La IA se convirtió en el vehículo perfecto para los cazadores de dinero rápido, los mismos que antes vendían cursos sobre cómo hacer negocio de productos en línea sin mantener ningún stock y que hoy saturan tiendas como Kindle Unlimited con miles de manuscritos inservibles generados en 45 minutos. Es la estafa perfecta del “hazte rico publicando hoy”, donde el lector paga con su dinero y su tiempo por un eco hueco de algoritmos y literatura basura.
Y no, no nos engañemos, diría mi mujer: la prosa sintética se nota a leguas. Por más que intenten ajustar los prompts y disfrazar la temperatura del modelo, la IA sufre de un animismo aburrido y una corrección estilística desalmada. Es un lenguaje masticado, un promedio matemático de todo lo que ya se escribió en la red, desprovisto de esa imperfección genial o esa metáfora arriesgada que sólo nace de la neurosis de un ser humano.
Cuando una editorial “tradicional” o un jurado cae en la trampa y desembolsa cifras astronómicas por un texto realizado por IA, no sólo falla el detector de software de turno, falla el músculo crítico de una industria que se ha vuelto anestesiada ante la mediocridad, siempre que venga empaquetada con la fórmula comercial adecuada de los acólitos de la IA que prestan sus micrófonos al fraude.
Esto, además, genera un daño colateral profundamente tóxico para quienes sí arrastran el lápiz o le dan duro a la tecla, como dirían los clásicos: el clima de cacería de brujas. La opacidad de quienes usan estas herramientas a escondidas ha sembrado una paranoia colectiva donde cualquier adjetivo fuera de lugar o cualquier estructura pulida despierta sospechas. Los autores de carne y hueso ahora se ven forzados a conservar borradores, capturas de pantalla y registros de versión como si fueran sospechosos de un crimen rindiendo cuentas ante un tribunal digital. El fraude de unos pocos que buscan el atajo financiero terminó por minar la presunción de inocencia de toda la comunidad creadora.
