Chips sostienen la burbuja

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

La IA generativa sigue desencadenando una carrera global por conseguir capacidad de cómputo, algo que, como he comentado, no llevará a la IA general ni a mejorar la capacidad de la herramienta tecnológica, pero que sí ayuda a mejorar la capacidad económica de las oligarquías tecnológicas. Si hace unas décadas el recurso más valioso de las empresas eran sus ingenieros o sus algoritmos, hoy el activo más codiciado son los chips especializados para entrenar y ejecutar modelos de IA, particularmente las GPU de alto rendimiento. Su demanda ha crecido tanto que el mercado financiero está comenzando a tratarlas como si fueran bienes inmuebles o maquinaria industrial: activos físicos capaces de respaldar préstamos multimillonarios. 

El esquema funciona a partir de una idea relativamente sencilla. Una startup que desarrolla IA necesita miles o incluso decenas de miles de procesadores para entrenar sus modelos. El problema es que adquirir esa infraestructura requiere inversiones de cientos de millones o incluso miles de millones de dólares, cifras imposibles de cubrir con flujo operativo y cada vez más difícil de obtener mediante capital de riesgo, cuyo ritmo de inversión se ha moderado. Tradicionalmente, estas empresas acudirían a un banco para solicitar un crédito. Sin embargo, los bancos suelen considerar a las startups como clientes de alto riesgo, porque muchas no generan utilidades y dependen de rondas continuas de financiamiento. En consecuencia, Wall Street comenzó a diseñar mecanismos alternativos que utilizan los propios chips como garantía del préstamo. Aquí aparecen los llamados vehículos de propósito especial (SPV). Estas entidades jurídicas compran los chips utilizando dinero de inversionistas o prestamistas. Posteriormente, el SPV renta o pone a disposición esa capacidad de cómputo a la empresa de IA mediante contratos de largo plazo. Así, la startup no necesita desembolsar inmediatamente todo el capital para adquirir el hardware, mientras que los inversionistas conservan la propiedad del activo.

Si la empresa incumple sus pagos, el SPV mantiene la posesión de los chips y puede reasignarlos a otro cliente. En teoría, esto reduce considerablemente el riesgo para los acreedores. A este esquema se suman otras modalidades de financiamiento. Los contratos de arrendamiento permiten utilizar la infraestructura pagando cuotas periódicas, mientras que algunos fabricantes ofrecen garantías sobre el valor del hardware o facilitan programas de financiamiento para acelerar las ventas. En algunos casos, los propios proveedores de servicios en la nube participan en la operación asegurando contratos futuros de capacidad informática, lo que brinda mayor certidumbre a quienes aportan el capital.

Lo más llamativo es que compañías como Nvidia, AMD y Broadcom están ampliando su papel dentro del ecosistema. Ya no actúan únicamente como fabricantes de chips, sino también como facilitadores financieros. En algunos acuerdos ayudan a estructurar operaciones de crédito, respaldan el valor residual del hardware o colaboran con fondos especializados para que sus clientes puedan adquirir grandes volúmenes de procesadores sin realizar un pago inicial completo.

Este modelo beneficia prácticamente a todos los participantes. Las startups obtienen acceso inmediato a infraestructura crítica; los fabricantes venden más chips; los proveedores de nube aseguran clientes de largo plazo y Wall Street encuentra una nueva clase de activo con altos rendimientos potenciales. Sin embargo, el esquema también incorpora riesgos importantes. El primero es la depreciación tecnológica. A diferencia de un edificio o una aeronave, un chip puede perder gran parte de su valor en pocos años si aparece una nueva generación mucho más potente.

Existe además el riesgo de concentración. Actualmente una parte importante del mercado depende de unos cuantos fabricantes y de un reducido número de grandes compradores de infraestructura. Si alguno enfrenta problemas financieros o disminuye drásticamente sus inversiones, el efecto podría extenderse rápidamente al mercado de crédito respaldado por chips. En el mediano plazo, el verdadero desafío será comprobar si el valor de los chips puede sostener este nuevo mercado financiero. Si la IA mantiene su ritmo de crecimiento, las GPU podrían consolidarse como una nueva categoría de activo respaldable, dando origen incluso a productos financieros más sofisticados, como bonos o paquetes de deuda respaldados por infraestructura de IA.

Pero si la demanda disminuye, aparecen tecnologías significativamente más eficientes o se produce una sobreoferta de capacidad de cómputo, el mercado podría enfrentar un ajuste severo. En ese escenario, los chips dejarían de ser una garantía tan sólida, aumentando las pérdidas para prestamistas e inversionistas y generando un efecto similar al observado en otros ciclos de exceso de financiamiento tecnológico. En otras palabras, Wall Street está apostando a que los chips serán el nuevo “oro” de la economía digital; la incógnita es cuánto tiempo conservarán ese valor antes de que la siguiente revolución tecnológica vuelva a redefinir las reglas del juego.