La promesa original del videoarbitraje consistía en canjear un puñado de segundos de interrupción por una dosis de justicia absoluta. Se nos dijo que la tecnología desterraría el error y, por ende, el conflicto. Sin embargo, la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha terminado por sepultar esa utopía positivista, demostrando que, en un deporte regido por la subjetividad, la tecnología no elimina la sospecha, sino que la sofistica.
El torneo actual, con su nuevo y masivo formato, se ha convertido en el escenario ideal para observar cómo el futbol ha mutado en una suerte de litigio burocrático donde la emoción en el graderío queda suspendida a la espera de un veredicto invisible.
El núcleo del problema radica en que el reglamento del balompié no se compone sólo de verdades fácticas, sino de muchos criterios elásticos. A diferencia del tenis o el beisbol, donde una pelota está dentro o fuera, el futbol es un ecosistema de intenciones, intensidades y roces naturales. Al intentar encapsular esa fluidez en un monitor, la FIFA incurrió en un severo error de diseño. Como bien ha apuntado el exfutbolista y ensayista Jorge Valdano al analizar la deriva del juego bajo la mirada tecnológica, “el VAR nació para solucionar errores clamorosos y terminó por arruinar el momento sagrado del gol al llenarlo de dudas y revisiones”, y que lo mejor sería tomar un martillo y romperlo.
El videoarbitraje no ha conseguido erradicar la discordia, sino que ha procreado fórmulas inéditas de debate público. La discusión ya no es si el árbitro vio la jugada a 30 metros de distancia, sino cómo es posible que, tras observar diez repeticiones en alta definición, persistan interpretaciones diametralmente opuestas en la opinión pública.
Esta transición ha transformado la psicología del propio arbitraje. En un artículo publicado este año en la revista Frontiers in Psychology se teoriza sobre cómo las condiciones de gobernanza tecnológica alteran sustancialmente el juicio de los colegiados en el campo. El silbante central ya no actúa bajo la soberanía de su percepción inmediata, sino bajo la coacción de la infalibilidad técnica. Al ralentizar las acciones a 0.25x de velocidad para evaluar un contacto en el área, la pantalla descontextualiza la fuerza y la inercia, transformando choques fortuitos en agresiones deliberadas. El resultado en este Mundial 2026 ha sido una inflación sin precedentes en la señalización de penas máximas y expulsiones en jugadas que, a velocidad real, pertenecían a la legítima fricción del juego.
La mutación más perversa de este sistema es el desplazamiento del eje de la sospecha. Diversos teóricos y periodistas deportivos han desarrollado la tesis de que el VAR alteró el foco de la disconformidad: la vieja polémica dirigida hacia el árbitro de campo se ha trasladado por completo hacia los ocupantes de la cabina tecnológica y su manejo de la pantalla. La mística del “error humano” del silbante, aceptada como parte de la tragedia inherente al juego, fue sustituida por la desconfianza hacia un cónclave cerrado que decide qué toma mostrar y cuándo intervenir. El juego se siente hoy gestionado en lugar de jugado; la justicia procedimental terminó por estrangular la fluidez y la naturaleza impredecible del espectáculo.
Esta mirada fragmentada e hiperanalítica encuentra un paralelismo en lo que la crítica cultural (Isidori y Žižek, entre otros) define como la estructura de un thriller judicial. El verdadero conflicto que introduce no radica en la imperfección del ojo humano, sino en la edición de la realidad: al trasladar el foco de atención del césped a la cabina, el VAR somete la jugada a un montaje cinematográfico donde la verdad depende del fotograma elegido para ser congelado. Así, la vieja y tolerable queja sobre la mala ubicación del silbante ha sido sustituida por la sospecha colectiva hacia la intencionalidad del realizador televisivo y del técnico de video, convirtiendo el veredicto deportivo en una decisión puramente editorial que altera la legitimidad original del espectáculo.
El propio estamento futbolístico ha comenzado a manifestar su saturación ante este intervencionismo microscópico. Roberto Rosetti, jefe de arbitraje de la UEFA, advirtió antes del Mundial sobre el peligro de desnaturalizar el juego mediante revisiones milimétricas, señalando que la fijación por encontrar infracciones invisibles al ojo humano atenta contra el espíritu mismo del balompié. En esta Copa del Mundo, la intervención constante de las pantallas para sancionar fueras de juego imperceptibles o rigurosos penaltis no ha traído la paz social a los estadios, sino una profunda alienación. El aficionado ya no celebra el gol con el estómago, sino que mira de reojo al asistente antes de liberar el grito.
Al final, la tecnología nos ha devuelto un espejo incómodo: el futbol jamás se diseñó para ser perfecto porque la justicia, al igual que una mano dentro del área o un contacto disputado, seguirá siendo una cuestión profundamente humana e interpretable.
