Una vueltecita por Bucareli

En las clases de iniciación al periodismo se enseña que si una persona tropieza en la banqueta y cae, lo más seguro es que no alcance mención en el periódico del día siguiente. Pero si a quien le sucede eso es Presidente de la República, se vuelve noticia y hasta en ...

En las clases de iniciación al periodismo se enseña que si una persona tropieza en la banqueta y cae, lo más seguro es que no alcance mención en el periódico del día siguiente. Pero si a quien le sucede eso es Presidente de la República, se vuelve noticia y hasta en primera plana anda saliendo.

Por supuesto que quien encabeza el gobierno y el Estado tiene derecho a disfrutar de una vida privada, pero la frontera entre su función en el servicio público y sus actividades como individuo es a ratos muy difícil de trazar, sobre todo cuando habita el mismo lugar donde trabaja.

En otras palabras, casi todo lo que hace el Presidente –o Presidenta, como es hoy– tiene interés periodístico. Y eso incluye, por supuesto, cuando sale de Palacio Nacional, al concluir la conferencia de prensa matutina, y se dirige, fuera de agenda, al Palacio de Cobián, sede de la Secretaría de Gobernación, a tres kilómetros de distancia, y regresa al Zócalo tres horas después.

Eso fue lo que hizo el lunes Claudia Sheinbaum. De acuerdo con la fuente presidencial, la mandataria salió de Palacio Nacional a las 10:30 de la mañana y llegó a Gobernación diez minutos después (yo sé, una proeza para casi cualquiera, considerando el tránsito del Centro Histórico a esa hora, pero realizable cuando le van abriendo camino a quien se desplaza).

Un puntilloso reportero registró que la Presidenta se quedó en el edificio de la avenida Bucareli –mandado a construir por el acaudalado comerciante algodonero Feliciano Cobián en 1903– entre las 10:40 y las 13:30 horas, y que a las 13:40 estaba de vuelta en Palacio Nacional.

Al consultarse a la Presidencia qué fue lo que hizo Sheinbaum allí, la respuesta fue “actividades privadas”. Insisto, la Presidenta, como cualquiera, tiene derecho a hacer sus cosas personales, pero ¿en Gobernación?

El hecho sería anecdótico si, por ejemplo, hubiera salido a tomarse un café. Y, aun así, sería digno de reportear. Pero la cosa es que en toda la historia de la Secretaría de Gobernación –de 1917 a la fecha–, las visitas de un Presidente a ese inmueble –las que se conocen, claro está– se pueden contar con los dedos de una mano, y sobran.

Sucede más bien al revés. Es el (o la) titular de Gobernación quien acude a Palacio Nacional cada vez que se le solicita. El tema quizá carecería de interés periodístico si la Presidencia hubiera informado de qué trató la visita de casi tres horas. Decir que fue una “actividad privada” sólo logra que se levanten cejas.

Para no quedarme con la duda, pregunté a varios políticos de la vieja guardia –algunos de los cuales despacharon en Gobernación– cuántas veces recordaban haber visto a un Presidente de la República en funciones en la sede de la dependencia. Casi todos dijeron que ninguna. Uno se acordó de un caso remoto, de hace más de medio siglo.

En marzo de 1974, el presidente Luis Echeverría asistió a la sesión fundacional del Consejo Nacional de Población, en Gobernación. Eran los tiempos de “la familia pequeña vive mejor”, y el mandatario quiso subrayar, con su presencia, el compromiso de su gobierno con la política demográfica.

Fuera de esa vez –de la que informaron los medios en su momento–, nadie me supo decir cuándo más ha acudido un Presidente a la Secretaría de Gobernación. Hasta el lunes.

No dudo que la presidenta Claudia Sheinbaum tenga muchos temas que tratar con la secretaria Rosa Icela Rodríguez, especialmente ahora que la ha designado como su enlace con el Vaticano. Sin embargo, como digo arriba, lo usual es que la titular de Gobernación vaya a Palacio, no al revés.

Ahora, no necesariamente estuvo ahí para hablar con Rodríguez. Pudo ser con cualquier otra persona, aprovechando que en ese edificio, a diferencia de Palacio Nacional, se puede entrar sin ser visto.

A lo mejor no hay nada de qué preocuparse y lo único que sucede es que se está inaugurando un nuevo estilo de hacer política, en el que Mahoma y la montaña se encuentran a visita recíproca.

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