Celebrar un tercer Mundial de futbol en casa es un acontecimiento singular, una distinción que ningún otro país del planeta puede presumir. Por tanto, ésta era una oportunidad de oro, el escenario perfecto que el país debió haber aprovechado en dos frentes cruciales: para promoverse con orgullo en el extranjero y para fortalecer una muy necesaria unidad nacional. Desgraciadamente, la realidad nos azota con frialdad y hoy es evidente que no se hizo una cosa ni la otra.
Lo primero, la proyección internacional, debió haberse trabajado hace muchísimo tiempo, prácticamente desde el instante en que se obtuvo la sede de manera conjunta. Ese era el momento para comenzar a preparar la infraestructura de vanguardia, coordinar la logística y, sobre todo, mostrarse ante el mundo como un país abierto, competitivo y seguro, listo para los reflectores globales.
Lo malo es que llevamos años sin hacer la tarea. Peor aún, pareciera que nos esmeramos en hacer lo contrario. Hemos padecido el lastre de autoridades obsesionadas con mirarse al ombligo, atrapadas en discursos ideológicos localistas, sin abrir el país a la inversión extranjera como debería ser para detonar el desarrollo, y sin mover un dedo para fortalecer el Estado de derecho. Llegamos a la cita internacional con más dudas que certezas ante los ojos del mundo.
Lo segundo, la cohesión interna, pudo haber comenzado a construirse este mismo sexenio. Había una coyuntura ideal: aprovechar que finalmente había dejado el poder el hombre que se dedicó a polarizar a la sociedad mexicana desde el púlpito presidencial. Era el momento del borrón y cuenta nueva. Sin embargo, la actual administración optó por la continuidad del encono, prefiriendo seguir con el divisionismo y la retórica de buenos contra malos, dejando pasar el tren de la reconciliación que un torneo de esta magnitud suele facilitar de forma natural.
La historia demuestra que las cosas pueden ser distintas cuando hay visión de Estado. Hace más de 30 años, el entonces presidente Nelson Mandela mostró de forma magistral lo potente que puede ser un acontecimiento deportivo para unir a una nación herida y llenarla de orgullo y esperanza. En 1995, a Sudáfrica le tocó organizar el Mundial de rugby, justo cuando iba dejando atrás la dolorosa y oscura era del apartheid.
Mandela, con una estatura política monumental, resistió con firmeza las tentaciones de su propio movimiento, el Congreso Nacional Africano, que quería estigmatizar ese deporte por considerarlo una herencia maldita del dominio blanco. Lejos de prohibirlo, Mandela lo abrazó y lo convirtió en la herramienta cumbre para la reconciliación nacional.
El líder sudafricano se metió en la tarea de animar a los Springboks, la selección de rugby, para que sintieran el deseo genuino de ganar el título, logrando contagiar a un plantel que inicialmente lo miraba con desconfianza. Mandela no buscó el aplauso fácil; fue a la inauguración del torneo y aguantó con estoicismo los abucheos de una tribuna blanca que le temía. Al final del Mundial, tras una histórica victoria, ese mismo estadio lo ovacionó de pie, reconociéndolo no como un líder faccioso, sino como el gran conciliador de Sudáfrica.
Desgraciadamente, nada remotamente cercano a esa épica civil ha ocurrido en México con motivo de este Mundial. La política pequeña se impuso a la grandeza y esto terminará registrado en la historia como una oportunidad perdida.
Siendo realistas, no hay mucho qué esperar de esta Copa en términos de legado social o político, a menos de que, por algún milagro, el Tri pueda convertirse en un inesperado factor de unidad y entusiasmo popular. Lo malo es que el panorama futbolístico es igual de deprimente que el político: por ahora, la Selección es un equipo sin un estilo de juego definido, integrado por futbolistas que llegan arrastrando una notable escasez de minutos de juego en sus clubes, y comandados por un técnico cuya característica más notable no está en su genialidad en la pizarra táctica, sino en invitarnos a dormir en los colchones que anuncia. Entre la apatía gubernamental y un equipo que no conecta con la afición, el silbatazo inicial nos encuentra nostálgicos de lo que pudo haber sido.
