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El proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación enviado por el gobierno federal a la Cámara de Diputados ha sido laudado por su austeridad y ortodoxia financiera. A juzgar por la reacción de los mercados –a la hora de escribir estas líneas, el rendimiento del ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
El proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación enviado por el gobierno federal a la Cámara de Diputados ha sido laudado por su austeridad y ortodoxia financiera.
A juzgar por la reacción de los mercados –a la hora de escribir estas líneas, el rendimiento del bono mexicano a 10 años había bajado de 9% y el tipo de cambio se mantenía estable–, esa interpretación tiene bases.
Para una persona, una familia, una empresa y un país, es importante no gastar más de lo que se ingresa. Ése es el primer paso para asegurar la fortaleza de las finanzas.
Sin embargo, también es relevante cómo se gasta o en qué se gasta. No es lo mismo que una familia gaste en la preparación académica de sus hijos que en vacaciones o fiestas. Si tiene que escoger, más vale hacerlo en la primera que en las segundas, aunque esto último produzca mayor felicidad en el corto plazo.
Ahí es donde me genera dudas el proyecto de presupuesto. Muchas decisiones de gasto, en mi opinión, reproducen políticas públicas que no han dado buenos resultados en el pasado.
Quiero referirme en especial a una de ellas: los programas sociales de tipo generalizado, sin mediciones de resultados e incluso sin objetivos específicos y sin viabilidad financiera.
Está probado que las transferencias de dinero público no han servido para mucho más que mantener a flote a quienes los reciben.
Y si bien eso tiene efecto virtuoso en el corto plazo –ningún Estado debe dejar en el desamparo a quien no tiene suficiente para su sustento–, puede volverse pernicioso en el mediano y largo plazos, porque genera dependencia en los beneficiarios y pone en aprietos a las finanzas públicas.
Para decirlo con claridad: las transferencias de dinero público, que no se acaban de inventar, no han sacado a nadie de pobre.
Lo he contado aquí algunas veces. En una ocasión, pedí a un titular de la Secretaría de Desarrollo Social (hoy, del Bienestar) que me diera algunos ejemplos de beneficiarios del programa Oportunidades cuyos hijos hubiesen roto el ciclo de la miseria gracias a las transferencias.
Aunque estuve insistiendo en el tema durante las siguientes semanas, recordándole a su equipo que me interesaba mucho el dato, nunca recibí nada.
Lo que hicimos después en Excélsior fue documentar justo lo contrario: encontramos casos de personas que habían estado en el Pronasol, del presidente Carlos Salinas de Gortari, cuyos hijos habían recibido apoyo del Progresa, de Ernesto Zedillo; y de Oportunidades, de Vicente Fox, y cuyos nietos estaban en el padrón de ese último programa, ya en el sexenio de Felipe Calderón.
Es decir, había pasado una generación y esas familias no habían roto el ciclo de la miseria por efecto de recibir transferencias de dinero público.
Yo estoy convencido de que un país con las diferencias sociales que tiene México no puede darse el lujo de no tener programas de subsidio que ayuden a los menos privilegiados.
Pero si esos programas si carecen de instrumentos de medición ligados con objetivos concretos, y si no tienen un lapso de aplicación, terminarán como lo hicieron Pronasol, Progresa, Oportunidades y Prospera: como instrumentos que mantienen a flote a los pobres y no como escaleras para salir adelante.
Peor aún: esas personas, a las que se mantiene en la dependencia, son muy vulnerables ante la manipulación de los políticos, que intentan crear clientelas electorales a fin de ganar elecciones.
A reserva de que la instrumentación de los programas anunciados por el nuevo gobierno federal incluya los instrumentos y características que menciono arriba, me temo que va a terminar en lo mismo: un gasto de recursos sin control y, por tanto, sin resultados, y una merma del erario en perjuicio de otros posibles usos, como la inversión productiva.
Cualquier jefe de familia que decida gastar en vacaciones o una fiesta de 15 años en lugar de invertir en la preparación académica de sus hijos –así lo haga sin erogar más de lo que ingresa–, sin duda producirá una felicidad temporal en éstos. Pero ¿qué será cuando esos hijos tengan que mantenerse por sus propios medios? ¿Serán igual de felices?
La experiencia de los países que han salido adelante –es decir, que han logrado elevados niveles de desarrollo humano para la mayoría de sus habitantes– es que no llegó ahí gracias a transferencias de recursos sin metas ni mediciones ni sustentabilidad financiera, sino generando crecimiento y empleo.
México lleva, cuando menos, cuatro décadas de intentar revertir la pobreza mediante el asistencialismo y los resultados han sido mediocres.
No encuentro nada –ni siquiera en los Criterios de Política Económica del actual Paquete Económico– que me diga que la reincidencia en los mismos programas, a los que ahora se les ha dado mayor dinero, vaya a producir resultados distintos.
Y los resultados, al final del sexenio, serán la única medida del éxito o fracaso de este gobierno.