Los Mundiales fantasma

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Está en marcha la edición número 23 de la Copa del Mundo de Futbol. Sin embargo, de haber habido continuidad en la realización de esa justa entre 1938 y 1950, ésta debería ser la vigésimo quinta. Las dos páginas en blanco en el gran libro del balompié corresponden a 1942 y 1946, ediciones canceladas por la Segunda Guerra Mundial.  

Detrás de esos torneos fantasma no sólo quedaron canchas y tribunas vacías, sino la interrupción de la que probablemente habría sido una época brillante para este deporte.

Terminado el Mundial de Francia en 1938, la FIFA estaba atrapada en una compleja encrucijada diplomática para definir la sede de 1942. Por un lado, la Alemania nazi de Adolf Hitler presionaba con fuerza para obtener la organización, buscando la propaganda política que ya les había funcionado en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Del otro lado del Atlántico, Brasil levantaba la mano, reclamando que el certamen anterior se había jugado en suelo europeo, rompiendo el pacto de las federaciones de alternar la sede entre continentes. 

Cuatro años después, para 1946, parte del mundo estaba en ruinas. Aunque el conflicto armado terminó formalmente en 1945, Europa se había convertido en un cementerio logístico, social y económico. Sólo naciones con la infraestructura intacta por la distancia, como Argentina o Estados Unidos, habrían tenido la remota capacidad de organizar un torneo.

Durante esos 12 años de parón absoluto, el organismo rector del futbol sobrevivió de milagro. Su presidente, el francés Jules Rimet, y su vicepresidente, el italiano Ottorino Barassi, se convirtieron en sus guardianes. Barassi, de hecho, protagonizó una hazaña novelesca al esconder el trofeo de la Copa del Mundo dentro de una vieja caja de zapatos debajo de su cama, en Roma, evitando con éxito que las fuerzas de ocupación nazis la confiscaran. 

Mientras la FIFA hibernaba, el futbol mundial se fracturó por completo. En Europa, las ligas profesionales se militarizaron o suspendieron; los estadios se convirtieron en refugios y muchos futbolistas cambiaron los pantalones cortos por el uniforme de combate en las trincheras. En contraste, en Sudamérica el balón nunca dejó de rodar en las canchas locales, convirtiendo a esa región geográfica en el faro futbolístico del planeta.

La tragedia humana caló hondo en las plantillas estelares de los años 30, pues el drama no fue sólo deportivo, sino de estricta supervivencia. El mediocampista francés Noël Liétaer combatió en el frente y murió en un campo de prisioneros alemán en Rostock, mientras que el delantero polaco Antoni Łyko, quien peleó en la resistencia, fue detenido y ejecutado en Auschwitz. 

La guerra también devoró los mejores años de los héroes del bicampeonato italiano. Por ejemplo, Silvio Piola una máquina de hacer goles en la Lazio y el atacante más letal del planeta, fue obligado por la guerra a disputar torneos regionales semiparalizados, robándole la oportunidad de reclamar su trono internacional en su plenitud.

El impacto del conflicto global también fue hondo en México, privando a su naciente época profesional de proyectar a su primera gran generación dorada. Luis El Pirata de la Fuente, el futbolista más completo del país, junto con Adalberto Dumbo López, el demoledor romperredes que dominó los torneos de goleo con el León, vivieron atrapados en esta misma tragedia cronológica. En 1942 y 1946 ambos se encontraban en el pico absoluto de sus capacidades físicas, pero para Brasil 1950, fueron dejados fuera de la convocatoria. Por ello, ninguno de los dos disputó un partido mundialista.

Si dejamos que la historia de los datos guíe nuestra imaginación, el Mundial de 1942 habría sido un festival sudamericano memorable. La Argentina de “La Máquina” de River Plate, comandada por genios como José Manuel El Charro Moreno y Adolfo Pedernera, habría reclamado con argumentos la gloria eterna. Se habrían enfrentado en una final de ensueño al Brasil de Leônidas da Silva, el mítico Diamante Negro, que en 1942 tenía la edad perfecta, 28 años, para vengar la eliminación de 1938. 

Mientras festejamos los goles del presente, es imposible no mirar al cielo y dedicar un aplauso a aquellos campeones atrapados en el tiempo, a quienes el destino les negó la gloria.