En la explanada de la sede del Instituto Nacional Electoral, el protocolo parecía desarrollarse con la rutina técnica de siempre. Banderas, discursos sobre la certeza democrática y la promesa habitual de que el voto ciudadano estará resguardado.
Sin embargo, la foto institucional del arranque del Proceso Electoral Federal 2026-2027 ofreció una imagen que rompió de tajo con una norma no escrita, pero fundamental del México contemporáneo: la presencia física de la titular de la Secretaría de Gobernación en el corazón del órgano autónomo.
Por primera vez desde el 31 de octubre de 1996, cuando una reforma electoral largamente negociada y cuidadosamente consensuada desvinculó al gobierno de la conducción de los comicios y sacó al secretario de Gobernación de la presidencia del entonces Instituto Federal Electoral, la figura encargada de la política interna del país volvió a pisar las instalaciones de Viaducto Tlalpan. El último que lo había hecho fue Emilio Chuayffet.
Desde una perspectiva institucional, habrá quienes argumenten que la presencia de Rosa Icela Rodríguez fue un mero gesto de cortesía republicana, una señal de colaboración para garantizar la gobernabilidad y la seguridad en los comicios que se avecinan. La propia consejera presidenta del INE, Guadalupe Taddei, sostuvo una postura enfocada en el diálogo institucional, enmarcando el evento como una muestra de coordinación entre autoridades para asegurar que el proceso se desarrolle en paz. Visto así, se trataría de un acto de madurez democrática donde el Estado suma esfuerzos sin comprometer la independencia de las autoridades electorales.
Sin embargo, soslayar la carga simbólica de este hecho sería un error grave. A algunos pudiera parecerles un tema menor, un detalle de forma o un simple descuido protocolario en medio de la vorágine política. Pero la memoria histórica nos recuerda lo mucho que costó sacar a la Secretaría de Gobernación de la organización de las elecciones. Fueron décadas de exigencia ciudadana y luchas de la oposición para arrebatarle al Ejecutivo el control de las urnas y depositar la confianza en un organismo ciudadano e independiente.
El regreso de Gobernación al INE no ocurre además en el vacío. Es imposible obviar que ya en tres ocasiones distintas una secretaria de Gobernación utilizó el micrófono del Ejecutivo para incidir directamente en la agenda electoral del país.
En febrero de 2024, Luisa María Alcalde acudió a la conferencia mañanera para justificar las reformas electorales impulsadas por el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Luego, en julio del mismo año, regresó para justificar el reparto de diputaciones plurinominales y para negar que la coalición oficialista se estuviese beneficiando de una sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados. Más recientemente, en febrero de 2026, la propia Rosa Icela Rodríguez repitió el formato para defender el proyecto de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Cuando la dependencia encargada de la política interna asume públicamente la defensa del proyecto electoral del partido en el poder, su presencia en el recinto autónomo deja de ser un detalle neutro. Si el gobierno actual quería mandar un mensaje claro a México y al mundo de que las elecciones en nuestro país carecen de interferencias indebidas y se disputan sobre una cancha pareja, lo peor que pudo haber hecho fue enviar como representante a la secretaria de Gobernación.
Cualquier otro funcionario, de menor perfil o de un área distinta, pudo haber acudido en representación del Ejecutivo —si ésa era la intención—, o bien la propia Presidenta pudo haber declinado amablemente la invitación para cuidar las formas y evitar enturbiar el ambiente político en un momento tan sensible.
El regreso de Gobernación a las instalaciones del instituto autónomo era del todo innecesario. La autonomía del INE no se vulnera únicamente con reformas legales; a veces se desgasta mediante la normalización de imágenes que costó años de esfuerzo erradicar. En la política de los símbolos, la sobriedad y la distancia entre el gobierno y las urnas siguen siendo la mejor garantía para la legitimidad de cualquier triunfo.
