Estimada Lara:

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

Escuché con el corazón encogido el video de casi 12 minutos que grabaste tras el asesinato de tu hermana Claudia en Cuautla. Quiero expresarte a ti y a tus padres mi más sentido pésame. Entiendo perfectamente cuando dices que las condolencias de nada sirven si no están acompañadas de justicia, porque las palabras de consuelo no devuelven la vida ni curan el abismo que deja la barbarie.

Te escribo esta carta para responder a esa pregunta que lanzaste al aire con justificada rabia y genuino dolor: “¿Qué os pasa? ¿Cómo podéis vivir así? O sea, ¿cómo tenéis tan normalizado que te maten por un móvil, que maten a chavalas jóvenes todos los días y que no pase nada?”.

Tienes toda la razón. A muchos mexicanos nos duele profundamente la situación de violencia en la que está atrapado nuestro país, y no te equivocas al gritar que esto no es normal. Porque no lo es. No es normal que le arrebaten la vida a alguien por un teléfono celular, ni que una salida a un encuentro cultural se transforme en una tragedia.

Sin embargo, la respuesta a tu pregunta es amarga: México vive sumido en una espantosa impunidad. Aquí, cerca de 97% de los homicidios no tienen ninguna consecuencia legal. Los agresores caminan por las calles con la certeza absoluta de que matar no cuesta nada. 

Esa impunidad constante crea una coraza de sobrevivencia que a veces parece apatía, pero en realidad es el entumecimiento de una sociedad acorralada que ya no sabe cómo procesar el miedo diario.

Ojalá atrapen al tipo que le quitó la vida a Claudia. Sin embargo, si la policía llega a detenerlo, será únicamente porque este caso se volvió un escándalo internacional que cruzó el Atlántico y presionó al gobierno. Por desgracia, hay que decirlo con toda claridad: si tu hermana hubiera sido mexicana, probablemente nada sucedería. Su expediente pasaría a formar parte de una enorme montaña de carpetas de investigación que jamás se mueven, condenado al olvido en un cajón oficial.

Las autoridades en nuestro país no actúan por convicción ni por sentido del deber; responden, casi en exclusiva, cuando enfrentan un costo mediático y político. Únicamente se movilizan cuando la presión de los medios de comunicación amenaza su imagen. 

La triste realidad es que gran parte de las instituciones encargadas de la seguridad y la justicia están coludidas con el crimen organizado o responden a intereses ajenos a la protección de los ciudadanos.

Parte de la razón por la que Claudia no supo exactamente qué estaba pasando en Cuautla, ni en el estado de Morelos en general, es porque las autoridades siempre minimizan los problemas de inseguridad o, de plano, los niegan. Y luego califican de corrupto a quien los expone, cuando la corrupción está claramente en otro lado.

El discurso oficial en México se empeña en maquillar las cifras y vender una calma ficticia para cuidar el turismo y, sobre todo, la imagen de los gobernantes. Así, ocultan los riesgos reales a los que se exponen quienes caminan por las calles y descuidan a los estudiantes que llegan con la ilusión de una estancia académica.

Claudia vino a México a aprender, a compartir su juventud y a cumplir sus sueños. Que su vida haya terminado en un callejón de Cuautla por la ferocidad de un criminal y la negligencia de un sistema fallido es una afrenta que nos avergüenza y nos conmueve a los mexicanos que creemos en la ley y queremos vivir en un Estado de derecho.

Por favor, no aceptes que te digan que “México es así”, como si fuera una condena inevitable o un rasgo natural. Tu reclamo es justo y tu indignación es absolutamente necesaria. Ojalá la voz de tu familia no se apague y la memoria de Claudia nos recuerde a todos que jamás debemos resignarnos a vivir en esta barbarie, porque, como dijiste con toda verdad: “Claudia tenía 21 años, tenía toda la vida por delante, muchísimos sueños y planes. No quiero que mi hermana pase a ser sólo una cifra más”. Créeme que, como tú, muchos mexicanos tampoco queremos eso y alzaremos la voz para que no ocurra.