Añoranza de medio siglo

El sábado de la semana pasada, un grupo de la primera generación de egresadas y egresados del Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Juárez del Estado de Durango, del que fui director fundador, me invitó a un festejo. Celebraron los 50 años de su graduación de bachillerato. No era un grupo grande, unos 20. Aunque fuera por unos minutos, platiqué con cada uno y rememoramos pasajes de aquellos tiempos. A los festejantes les ha ido bien en su vida; todos son profesionales con una trayectoria de logros, algunos con posgrados. Hice esfuerzos por recordar detalles de cada persona con la que charlaba; los interrogué sobre su vida, profesión y, en algunos casos, hasta sobre su descendencia; hay varias abuelas.

Después de la comida, Ricardo, uno de los anfitriones, interrumpió al dúo que amenizaba y recordó pasajes de 1973, cuando se inauguró el CCH. Me dejé llevar por la nostalgia. Me pidieron unas palabras. Tras unas bromas sobre los casi niños, delgaditos y de pelo largo, que recibimos el 13 de septiembre de 1973, les agradecí que se hubieran inscrito en el CCH; era una aventura, una mudanza de la enseñanza tradicional, un desafío que implicaba cambios. Luego resumí lo que mi memoria me permitió organizar. Me propuse no hablar más de 10 minutos.

Repasé que el grupo de catedráticos fundadores, que concursó por el puesto, tomó cursos de didáctica y de las áreas (no disciplinas) que ofrecieron colegas profesores del CCH de la UNAM, de donde extrajimos las bases del proyecto con la asesoría de su director constituyente, el ingeniero Alfonso Bernal Sahagún. Les recordé que el profesorado esperaba que los estudiantes tuvieran mentalidad de los exploradores: que no se conformaran con leer y repetir, sino que plantearan problemas e interrogaran los textos. El reto era mayúsculo; acarreaban, al menos, nueve años de remachar lo que decían los libros y de recitar lo que los docentes les pedían.

Los representantes de las escuelas tradicionales criticaban al CCH por su forma de enseñar, por cómo agrupaba las materias en áreas de estudio y hasta por cambiar la disposición de mesas y pupitres. En lugar de tener filas en las que los estudiantes no se veían entre sí, usamos mesas de trabajo en las que colaboran en equipo, ya en la solución de algún problema, ya en el diseño de algún proyecto. El profesor era guía, no dictador. Revisaba los trabajos, los comentaba; a veces, les pedía que hicieran cambios y los revisaran, con el ánimo de que volvieran a verificar sus escritos. En el área de literatura también se cuidaba la pulcritud del lenguaje. Hoy puedo decir con orgullo que, al final del primer trimestre, ninguno de los informes de mis estudiantes (individuales y de equipo) contenía faltas de ortografía.

Otra crítica de los defensores de la tradición, sostenía que el CCH conspiraba contra el academicismo. El Colegio incorporó al currículo talleres prácticos —fotografía, redacción, taquigrafía y mecanografía— y actividades deportivas. Sin embargo, en la fiesta del sábado me contaron que los alumnos recibieron con entusiasmo esas innovaciones. También recordaron que, gracias al apoyo de profesores y trabajadores (incluso de albañiles que trabajaban en la ampliación de las instalaciones), los varones de nuevo ingreso no fueron rapados ni los hicieron marchar por las calles pintados y enchapopotados. Las autoridades de aquel tiempo también los defendieron y terminaron con esa tradición humillante.

Un dato apantallador que no conocía. Una de las comensales me comentó que, de los 110 graduados de la primera generación, sólo dos no habían concluido sus estudios profesionales. Voy a averiguar más sobre este punto. Si lo confirmo, lo propagaré a los cuatro vientos. Sería un reconocimiento a los jóvenes profesores que iniciaron su docencia en el CCH.

Por desgracia, con el arribo de un nuevo director, la tradición y las corrientes burocráticas dentro de la UJED, así como grupos hostiles de fuera, bloquearon los avances. Pero para los profesores fundadores y la primera generación de estudiantes fue una aventura que marcó nuestra vida.

Esa fiesta de egresados de la primera generación del CCH fue un ejercicio de añoranza.

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