Este año se cumplen 250 años de la firma de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, un documento breve en extensión y gigantesco en consecuencias. Pocas fechas han tenido un efecto tan duradero en la historia política del mundo como aquel 4 de julio de 1776, cuando las Trece Colonias decidieron romper con la Corona británica y afirmar, con una audacia inédita, que los hombres nacen iguales y dotados de derechos inalienables.
La independencia no surgió de un arrebato súbito. Fue el desenlace de una larga cadena de agravios: impuestos sin representación, restricciones comerciales, presencia militar y una creciente sensación de que Londres trataba a las colonias como periferia fiscal, no como comunidad política. Las Leyes del Timbre y del Té, el cierre del puerto de Boston y la represión tras el Motín del Té de 1773 alimentaron una espiral de desconfianza. A ello se sumó el clima intelectual de la Ilustración, que cruzaba el Atlántico con la misma intensidad que las mercancías.
La Guerra de Independencia fue, en ese sentido, tanto un conflicto militar como una revolución de ideas. La decisión de convertir una protesta en una ruptura total exigió liderazgo y convicción. George Washington encarnó la disciplina y la perseverancia de un ejército improvisado frente a la mayor potencia de su tiempo. Thomas Jefferson puso pluma a los principios, traduciendo la filosofía política en una prosa que aún hoy conmueve por su claridad moral, al sustituir la noción de propiedad por una más ambiciosa y universal: el derecho de cada persona a buscar su felicidad. Benjamin Franklin, con su talento diplomático, consiguió el apoyo decisivo de Francia para inclinar la balanza en Yorktown.
Pero la verdadera trascendencia de la independencia estadunidense no se mide sólo por la victoria militar ni por el nacimiento de un nuevo Estado. Su aportación central fue la idea de una república fundada en derechos, no en privilegios; en la soberanía del pueblo, no en la gracia del monarca. El experimento constitucional que siguió –con división de poderes, controles y equilibrios, federalismo y libertades garantizadas– se convirtió en referencia obligada para movimientos liberales de ambos lados del Atlántico. No fue un modelo perfecto ni exento de contradicciones –la esclavitud es la más evidente–, pero abrió un camino que otros intentarían recorrer.
Las repercusiones se sintieron también en la Nueva España, donde corrían los tiempos del monarca Carlos III y el virrey Bucareli. La independencia de las Trece Colonias tuvo un efecto de demostración poderoso entre criollos ilustrados, comerciantes y burócratas atentos a los acontecimientos del norte. A través de libros, gacetas y conversaciones en tertulias, las ideas republicanas y constitucionales comenzaron a circular. No es casual que, décadas después, muchos líderes del movimiento independentista mexicano miraran a EU como antecedente y laboratorio político, aunque con una lectura propia y adaptada a su realidad social y colonial.
Además, la independencia estadunidense alteró el equilibrio geopolítico de América del Norte. Para España, el nuevo país fue al mismo tiempo una oportunidad y una amenaza: un contrapeso a Inglaterra, pero también un recordatorio incómodo de que la ruptura colonial era posible. Ese dilema marcaría buena parte de la política imperial tardía y, de manera indirecta, el camino hacia la independencia mexicana.
A 250 años de distancia, la Declaración de 1776 sigue interpelándonos. No sólo por lo que dice, sino por lo que exige: coherencia entre principios y práctica, vigilancia permanente del poder y la convicción de que la libertad no es un legado automático, sino una tarea continua. Celebrar su aniversario no implica idealizar a EU ni ignorar sus sombras, sino reconocer que, en aquel verano de Filadelfia, se formuló una promesa política que todavía estructura el mundo moderno.
Celebrar un cuarto de milenio de independencia en tiempos de Donald Trump no es un detalle menor: será un examen para saber si la república concebida por los Padres Fundadores de la Unión Americana sigue viva o sólo sobrevive por inercia.
