¿Cuál es el futuro de Morena?
En su discurso ante el VII congreso nacional de Morena, la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, pidió a sus correligionarios que la organización no se convierta en un partido de Estado. “El gobierno de la República cumple sus tareas para la transformación del país, ...
En su discurso ante el VII congreso nacional de Morena, la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, pidió a sus correligionarios que la organización no se convierta en un partido de Estado. “El gobierno de la República cumple sus tareas para la transformación del país, y el partido las suyas”, definió.
A partir de sus palabras, no me queda claro cuál es el concepto que tiene ella de un partido de Estado. Para la ciencia política, se trata de una organización política de carácter único cuyos dirigentes son a la vez dirigentes del país; las decisiones que toma el partido son las políticas que sigue el país, y la ideología del partido no es sólo la preponderante, sino la dominante en el Estado, la sociedad y la economía.
Por ejemplo, el Partido Comunista Chino, cuyo secretario general, Xi Jinping, es, simultáneamente presidente de la República Popular China y presidente de la Comisión Militar Central.
El artículo 1 de la Constitución de ese país establece: “El sistema socialista es el sistema básico de la República Popular China. La dirección del Partido Comunista de China es la característica definitoria del socialismo con características chinas. Está prohibido el sabotaje del sistema socialista por cualquier organización o individuo”. Eso significa, en los hechos, que está prohibido todo partido de oposición real.
Para que Morena se convirtiera en partido de Estado, tendría que cambiarse la Constitución para adoptar un modelo como los que actualmente existen en China, Cuba, Corea del Norte y un puñado de países más, que, de facto o de jure, no tienen oposición. Pero Morena no necesita hacer eso para seguir carcomiendo la joven democracia pluripartidista del país. Basta con que siga por el camino de acaparar el control político; terminar por hacerse del Poder Judicial; acabar con los órganos constitucionales autónomos; negarse a la transparencia y la rendición de cuentas, y aplastar los derechos de las minorías.
Es decir, Morena puede destruir la República como la conocemos, al tiempo que el gobierno, como dice Sheinbaum, se encarga de unas tareas y el partido, de otras.
Poco importa que la nueva Presidenta pida licencia a su militancia en Morena. Andrés Manuel López Obrador hizo lo mismo y eso no obstó para que interviniera en la designación de sus candidaturas, incluyendo la postulación de Sheinbaum, que él condujo de principio a fin.
Lo que está en duda hoy no es si Morena será un partido de Estado –para lo cual, repito, tendría que prohibir a nivel constitucional la existencia de cualquier oposición real–, sino a quién obedecerá la estructura morenista, si a ella o al expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Al realizar un congreso nacional y formalizar su dirección para el periodo 2024-2027, y al poner a tres leales al frente del partido –Luisa María Alcalde, su secretaria de Gobernación; Carolina Rangel Gracida, exintegrante de su Ayudantía, y su hijo Andrés López Beltrán–, el presidente López Obrador tomó la delantera al asegurar que Morena siga siendo una agencia de colocación de candidatos bajo su mando.
Así, Sheinbaum podrá –según su definición– encargarse de las tareas del gobierno y el partido de las suyas, pero, a menos de que la nueva Presidenta logre romper el orden de cosas que ha heredado, el poder real residirá en el partido hegemónico, pues será éste el que defina las candidaturas a los gobiernos estatales y al Congreso de aquí a 2027. Ni siquiera tendrá que pedirle presupuesto, puesto que por ley tiene prerrogativas.
El problema para ella es que ese orden de cosas ya tiene una base legal. Por un lado, una dirigencia partidista constituida de acuerdo con la ley. También, líderes de las bancadas oficialistas en el Congreso que fueron competidores de Sheinbaum por la candidatura presidencial –Adán Augusto López Hernández y Ricardo Monreal–, cuyas lealtades, hasta que se demuestre lo contrario, no están con ella. Asimismo, unos gobernadores le deben el puesto a López Obrador, no a la nueva Presidenta.
¿Eso significa que Sheinbaum está atada de manos irremediablemente ante la nueva realidad? No, pero requerirá de un acto de Houdini para zafarse de las amarras que le ha colocado su mentor político.
