1986
México vive un clima de insatisfacción social como no se había visto en tres décadas. De hecho, el que se dio a mediados de los años 80, durante el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, prendió las alarmas en Washington, donde se llegó a pensar que el vecino ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
México vive un clima de insatisfacción social como no se había visto en tres décadas.
De hecho, el que se dio a mediados de los años 80, durante el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, prendió las alarmas en Washington, donde se llegó a pensar que el vecino del sur se encontraba al borde de un estallido.
Así lo registró la CIA en un documento secreto que se desclasificó parcialmente hace menos de nueve años.
El documento, titulado Implications of Mexican Financial Problems —fechado el 20 de febrero de 1986— advertía que las dificultades crediticias del país, aunadas a la caída de los precios del petróleo y el desplome del peso, provocarían un mayor deterioro económico en los siguientes dos o tres años, así como “un incremento significativo del disgusto con la administración del gobernante PRI”.
Las advertencias no eran para menos. En ese año, México enfrentaba problemas muy serios. La inflación había vuelto a dispararse en 1985, luego de dos años de relativo control sobre los precios.
Los ingresos petroleros se habían desplomado. Entre noviembre de 1985 y febrero de 1986, la cotización del barril de crudo había caído a la mitad. De acuerdo con el informe, en 1986 México recibiría cinco mil millones de dólares menos por exportaciones de petróleo, al tiempo que estaría confrontado con un servicio de la deuda equivalente a 13.5 mil millones de dólares, incluyendo 9.5 mil millones en intereses.
El déficit de las finanzas públicas alcanzó 10% a finales de 1985, año en el que México tuvo que hacer frente a los efectos de los terremotos. El superávit comercial se deprimió en 35% y la fuga de capitales fue calculada entre cuatro mil y cinco mil millones de dólares (cifra que, hoy, sería más del doble, ajustada a la inflación).
Una parte del documento sigue clasificada, pero es fácil advertir, en lo que sí se puede leer, que el gobierno estadunidense estaba muy preocupado por la situación al sur de su frontera.
Una nota del diario Los Angeles Times, publicada en agosto de 1986, daba cuenta de la gravedad de las cosas aunque percibía que el escenario de un levantamiento popular era poco probable.
“En otros países, calamidades del tipo que han afligido a México habrían provocado disturbios, incluso una revolución”, comenzaba la nota, fechada en esta capital y firmada por Dan Williams. “Pero no ha habido tales convulsiones en México”.
La nota continuaba: “Hay insatisfacción. Ricos y pobres, por igual, aprovechan la menor oportunidad para quejarse y atacar al gobierno. Pero la acción política militante parece ser otro tema”.
Si usted encuentra similitudes entre lo que ocurría en 1986 y ahora, no lo culpo.
Entre otras semejanzas está que el Presidente de la República está en el centro de las críticas. No se olvide cómo De la Madrid recibió una rechifla al inaugurar el Mundial de Futbol de 1986.
Sin embargo, también hay grandes diferencias. Por grave que sea la situación económica hoy en muy poco se parece a la de entonces.
Eso hace que las predicciones apocalípticas de algunos intelectuales y artistas —a quienes nadie, en su sano juicio, debería impedir explayarse— podrían resultar tan erradas como las de la CIA en 1986. Y hay razones para ello. Primero, creo que el pueblo mexicano pagó con una cuota de sangre muy grande su Revolución de 1910-1917.
Fuera de algunos radicales y acelerados, dudo que alguien piense que la posibilidad del cambio social por la vía armada, que diezmó a la población a principios del siglo XX, deba repetirse.
Bastantes muertos ha provocado ya el apartamiento del imperio de la ley y la debilidad del Estado en años recientes como para pensar que México necesita derramar más sangre.
Segundo, porque México tiene algo de lo que carecía en 1986: un sistema democrático para la renovación de sus autoridades.
Si está pensando que ese sistema nos ha quedado a deber, concuerdo con usted. Nos ha quedado a deber con una clase política abusiva, que confunde el servicio público con el aprovechamiento personal.
Sin embargo, seamos honestos: la democracia mexicana no ha dado todo su potencial porque los ciudadanos hemos pensado que su único propósito es realizar elecciones cada tres años.
Los ciudadanos hemos olvidado cuidar de esa democracia. Por eso, un puñado de vivales la ha hecho funcionar únicamente para su provecho.
¿Que hay corrupción? Claro que sí. La corrupción está tan viva o más que en 1986. Pero, ¿sabe qué?, ésa sólo se cura con un Estado de derecho vigoroso, con una intolerancia frente a la violación de la ley. Y por eso hay que estar todos dispuestos a sujetarnos a ella y a vigilar que los demás lo hagan.
Por último, en 1986 no había la diversidad de medios que existe hoy ni las redes sociales, espacios para manifestar la inconformidad y hacerse oír.
Por eso creo que, a pesar de los problemas que experimenta México y de los augurios catastrofistas, hay manera de sacar a este país adelante —lo que significa, en suma, es que crezca con oportunidades para todos—, sin necesidad de convulsión y violencia.
Hay que volver a creer en la democracia que se abrió paso en 1996 —gracias a la responsabilidad de los protagonistas de 1988, por cierto— y, sin desfallecer, hacerla funcionar a favor de los ciudadanos. Para que éstos puedan elegir.
Incluso para que puedan equivocarse en sus decisiones y luego rectificar.
Nada se gana con prenderle fuego a la clase política, porque si no cambiamos las condiciones en las que ésta se ha desarrollado últimamente, volverá a brotar, una y otra vez, como la mala hierba.