Puntos de partida II. La filosofía de vida
La filosofía de vida empieza por el autoconocimiento y la sabiduría
La filosofía implica una movilidad libre en el pensamiento, es un acto creador que disuelve las ideologías.
Martin Heidegger
La vida la hacemos nuestra cuando la elegimos prioritaria, cuando la perfilamos a nuestros deseos, a nuestros quereres, cuando la alineamos a nuestro sentido de vida personal, cuando le otorgamos una direccionalidad al porqué y el para qué vivimos.
El sentido que le damos a nuestra vida es tan personal como la filosofía que elegimos para cumplir con ese cometido. La filosofía de vida se puede definir como aquellos principios e ideas fundamentales que rigen la vida de una persona, y un carácter práctico, porque determina el perfil de nuestras acciones, valores, ejes rectores, nuestros límites, nuestras reglas personales, nuestras creencias esenciales, y el matiz y tono de nuestro propio discurso. Es de esas elecciones fundamentales que nos debemos a nosotros mismos, que pueden basarse o no en otras ya existentes, en lo aprendido o en nuestras propias cavilaciones, pero que, finalmente, hemos de hacer propia y genuina; es esa guía que cada uno ha de tener para elegir sobre el proceder en su propia existencia. Son esos puntos de referencia de uno mismo que nos permitirán reflexionar sobre lo verdaderamente prioritario en cada circunstancia; es lo que nos brindará claridad, capacidad para tolerar las incomodidades propias de quien tiene metas y objetivos a fin de culminarlas; será también esa voz a la cual aferrarse en los momentos menos favorables, en aquellos de incertidumbre, de adversidad y de miedo, y será también quien le ayude a aceptar y superar todo aquello que pueda y lo que no pueda ni deba controlar. Y por sobre todas las cosas, será quien marque y defina sus propios estándares.
La filosofía de vida empieza por el autoconocimiento y la sabiduría, que ha de entenderse como la capacidad de observar la realidad de manera objetiva y racional, de manera real, sin juicios ni opiniones, sin matices, sin texturas… sin aditivos. Observar simplemente lo que es. Y a partir de ahí describir con mayor lujo de detalles los principios rectores de su vida. Lo que ha de contener cada eje rector usted lo elige, lo que sí debo recomendarle es que integre simplemente dos características, la primera: virtudes… sí, aunque le suene un tanto arcaico; y la segunda: que sean de utilidad.
Las virtudes son –en palabras simples– acciones morales del ser humano adquiridas o aprendidas, que se relacionan con la excelencia y que se basan e inspiran en el bien común. Las virtudes son esas maneras de proceder que uno elige independientemente del otro, de la circunstancia e incluso de la emoción del momento; es esa tendencia propia que uno elige por sobre cualquier influencia, opinión, e incluso deseo… la virtud es eso que hace que nos exijamos a nosotros mismos ser mejores, ser diferentes, ser genuinos y ser, si cabe, más humanos, más sensibles, más empáticos, más justos, más amables y respetuosos. Y no se confunda, la virtud no es de antes, la virtud es de siempre y para siempre… de uno, de todo y de todos. La virtud no pasa de moda, por el contrario… siempre lo está y lo está porque siempre será en su conjunto, una mezcla de aspiraciones e inspiraciones.
Y con respecto a la utilidad –la otra característica recomendada para sus principios–, me refiero a que sean prácticos, reales, racionales, que tengan un criterio, una lógica, una aplicación humana que nos permita mejorarnos y aportar a nosotros y a los demás, son esas acciones y elecciones que nos debemos para trascender. Es eso que dejamos en cada uno, en nuestros entornos, en nuestra gente, en la sociedad… que nos permite saber que nuestro paso por la vida ha valido de algo o para alguien.
Y, por último, le diré que la filosofía de vida es también ese recuento de aprendizajes, de estilo, de personalidad propia; son esos cimientos que dan coherencia, valor, estabilidad, seguridad y estímulo a nuestra vida y son ésos, también, que evolucionan y se transforman con nosotros… porque su vida, mi querido lector, es tan sumamente importante que merece un sentido y una filosofía tan propias que no quepan en otra vida. Como siempre, usted elige. ¡Felices partidas, felices vidas!
