Nuevos lujos VI. La autenticidad

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser quien es.  

Jean-Paul Sartre

Existe un área en el cerebro que me resulta fascinante y, para mi trabajo como coach y mentora de transformación: esencial. Hablo de la corteza cingulada anterior (CCA), esta región fundamental en el cerebro se la considera una especie de “centro de control” que integra información emocional y cognitiva, y se encuentra situada en la cara media de los hemisferios cerebrales, formando parte del giro cingulado y del sistema límbico.

Esta área es la que nos permite resolver conflictos, tomar decisiones y detectar errores en nuestras acciones para poder ajustar nuestra conducta; es la responsable de la regulación emocional y es también quien nos permite controlar la atención. Es el centro motivacional y el lugar donde se entrena el esfuerzo, se relaciona con la memoria, la orientación y la integración de información sobre uno mismo y el entorno. Lo interesante, además de todo, es que nos ayuda a detectar los debería de los quiero, es decir, detecta el conflicto interno entre el actuar según nuestros principios y valores o actuar por algún tipo de presión externa. Es el área que nos permite “mirarnos” y evaluar si nuestras acciones coinciden con quien queremos ser o no. Es, entonces, el centro neurálgico de la autenticidad. Esto nos demuestra, una vez más, nuestra absoluta perfección y diseño para elegir ser lo que decidamos ser. Uno es quien elige ser coherente o no serlo, y uno elige si decide mirarse o no. Y, como todo, esto se entrena: se entrena el sentir, la mirada, se entrenan los cuestionamientos, las reflexiones, las renuncias y los límites. Se entrena tanto como se entrena la autenticidad que de ahí nace o se queda oculta bajo el fango de la ceguera voluntaria de seguir siendo producto del pasado, de la imposición, del miedo, de la falta de coraje o de la falta de amor y de respeto por uno mismo y su vida. Y le diré más, esta área se expande ofreciéndonos mayor claridad en nuestras decisiones en la medida que nos esforcemos en hacer lo que tenemos que hacer de manera coherente con nosotros mismos, desafiando la incomodidad que eso represente. Imagine el grado de perfección.

Y es que, llegada cierta edad, ya no somos víctimas más que de nosotros mismos. Uno no elige lo que le sucede, pero sí lo que hace con ello y en quién decide convertirse después de cada experiencia, y esta última es la parte más importante, uno elige ser lo mejor que pueda llegar a ser para sí mismo o no. Por eso, la autenticidad es un nuevo lujo, el de elegir cultivarse en la práctica personal. La autenticidad no es un rasgo fijo, se construye en el autoconocimiento y la coherencia.

Reflejen valores, conciencia de uno mismo, criterio propio, aceptación, honestidad y responsabilidad con intención. Sí, vivir así, independientemente de lo que opinen los demás, el mundo, las modas, las tendencias, las exigencias, las creencias públicas, y hacerlo con la convicción y con la paz que merece el respeto que nos tenemos es un lujo. Y no, no se llega aquí en la cultura de la inmediatez y las interdependencias, se llega aquí en el silencio de la reflexión profunda, en la observación permanente de uno mismo y los entornos, y, sobre todo, en el sentir personal, en ese feeling, en esa intuición que se percibe y nos pauta, si elegimos —como en todo— entrenarnos en ella.

Piénselo, mi querido lector, cuánto vale su vida para que cualquiera tenga el acceso a controlar sus decisiones, sus reacciones, sus motivos, su atención o el tiempo que decide dedicarse; no entregue a nadie lo que por origen le pertenece. Usted vino a ser lo que usted elija y en lo que decida convertirse. La clave está en entrenarse con disciplina en el proceso de ser uno mismo, en apreciarse, redescubrirse y en entender que la incomodidad es también parte de este proceso. Como siempre, usted elige.

¡Feliz autenticidad, feliz vida!