La economía de México

El mundo atraviesa una transformación económica profunda. El proteccionismo de Estados Unidos, las tensiones geopolíticas y la competencia tecnológica exigen inteligencia y visión de Estado. Resistir no basta: seguir fortaleciendo nuestra economía es lo correcto.

 En este escenario destaca la labor de Marcelo Ebrard, secretario de Economía, por su experiencia diplomática y capacidad negociadora. Su comparecencia ante congresistas mostró una estrategia de serenidad y defensa nacional.

Los resultados merecen atención. México enfrenta un arancel efectivo cercano a 3.2% frente a 22% que paga China. La diferencia revela una posición favorable, pese a las amenazas. Incluso interlocutores del G20 quisieran esa posición.

Nada de esto significa que la negociación esté concluida. Persisten los aranceles y restricciones vinculados con la sección 232 de la legislación estadunidense, particularmente en automóviles, acero y aluminio; también preocupan las investigaciones de la Sección 301. Revisar el T-MEC exige preparación y defender la integración productiva de Norteamérica.

Ebrard entiende que negociar no equivale a claudicar ni a provocar enfrentamientos estériles. Sabe que las industrias de México y Estados Unidos comparten cadenas de suministro, inversiones y empleos. Castigar la producción mexicana afecta también a empresas estadunidenses. Es el valor de argumentar con hechos.

Igualmente acertado es mantener diferenciadas las agendas de comercio y seguridad. Mezclarlas abriría espacio a presiones ajenas a las reglas comerciales y debilitaría la certidumbre que necesitan inversionistas y trabajadores. La firmeza diplomática debe acompañarse de prudencia y claridad jurídica.

Pero la mirada no puede agotarse en Washington. Las guerras, la volatilidad energética y la disputa por semiconductores, inteligencia artificial y electromovilidad anuncian nuevas vulnerabilidades. México necesita más tecnología propia, proveeduría nacional, infraestructura, energía confiable y empleos mejor remunerados. Exportar mucho importa; incorporar mayor conocimiento y valor mexicano a cada exportación importa más.

Aquí adquiere dimensión decisiva el liderazgo de Claudia Sheinbaum, presidenta de México. Ebrard ejecuta, desde la Secretaría de Economía, las instrucciones y la estrategia de la mandataria: es ella quien señala la “Ruta de Navegación” del país. Su Plan México articula la defensa del comercio exterior con una política industrial destinada a impulsar la inversión, el desarrollo regional y la prosperidad compartida.

Una muestra reciente es el anuncio de 20 nuevos parques industriales en ocho estados, adicionales a los 20 ya operativos, con inversión prevista de 763 millones de dólares y más de 32 mil empleos proyectados. La meta presidencial es alcanzar 100 parques industriales durante su gestión. Éstos son distintos de los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar, otro eje de su estrategia. El desafío será asegurar que esas inversiones integren pequeñas y medianas empresas mexicanas, eleven la productividad y distribuyan oportunidades regionales. Ambos instrumentos expresan una misma prioridad: que la inversión se traduzca en bienestar y oportunidades para las comunidades.

El mérito de una política económica no se mide sólo por el número de anuncios ni por la habilidad de sus negociadores, sino por resultados verificables: empresas nacionales más fuertes, innovación, salarios dignos y regiones menos rezagadas. Sheinbaum fija el rumbo; Ebrard aporta experiencia, carácter e inteligencia para recorrerlo en un entorno adverso.

México requiere unidad de propósito, no complacencia. Defender su lugar en el comercio mundial es importante; construir una economía menos vulnerable y justa es trascendental. Ésa debe ser la brújula de la política económica nacional. ¿O no?, estimado lector.