Un ajuste de cuentas generacional en las calles de París

PARÍS.— Tras semanas de creciente tensión en las calles de París, con mi mujer decidimos abandonar la ciudad con nuestra hija de seis años durante las protestas del sábado 17 de octubre. Cuando la manifestación principal se concentró a las 14:00h en la Place de la République, nosotros estábamos de excursión por los bosques al sureste de París, cerca de Fontainebleau, que en su día fue lugar de retiro otoñal y coto de caza de los reyes franceses.

Después de tomar el tren de regreso y caminar hasta el metro, percibimos un ligero olor a gas lacrimógeno en el aire. La parada del metro cercana a nuestro departamento estaba cerrada, así que nos bajamos en otra estación, donde nos encontramos con un grupo de adolescentes apiñados bajo la escalera de salida, repartiendo mascarillas de la época del covid-19. Tomamos una para cada uno, justo antes de que una nube de gas lacrimógeno nos hiciera bajar las escaleras a toda prisa.

No había forma de escapar de las protestas, que estallaron en las escuelas secundarias de Francia a fines de septiembre. Muchos jóvenes, al igual que sus pares en todo el mundo, no tienen esperanzas para el futuro. Agobiadas por la austeridad y las presiones financieras, sus escuelas se deterioran. Algunos profesores, abrumados por las malas condiciones laborales, faltan y no son sustituidos. Este verano también fue el más caluroso en Francia desde que se tienen registros. Los jóvenes saben que les esperan más veranos como éste, o incluso peores, y ven que los adultos a cargo hacen muy poco al respecto.

Poco después de que comenzaran las protestas estudiantiles, diversas facciones políticas —algunas actuando de buena fe y otras no tanto— intentaron sumarse al movimiento. A pesar de las jugarretas políticas, los estudiantes son su eje central. 

Las protestas callejeras en Francia son un ritual nacional. En 2023 estallaron cuando el presidente Emmanuel Macron anunció un plan para elevar la edad legal de jubilación de los 62 años a los 64. La reforma se convirtió en ley y las protestas se apaciguaron. Sus medidas centrales relacionadas con la edad se suspendieron posteriormente hasta 2028. Esta vez, no se vislumbra un final similar. El gobierno puede retirar un proyecto de ley en trámite o reescribirlo para garantizar su aprobación. Pero los gobiernos hoy parecen incapaces de legislar para hacer realidad el futuro que los jóvenes quieren y merecen.

Ante la proximidad de las elecciones presidenciales de 2027 y el auge de la extrema derecha en las encuestas, algunas personas con las que he hablado predicen que las protestas fortalecerán a las fuerzas de extrema izquierda. Sea como sea, el centro no se mantiene. ¿En qué situación queda Francia? Por ahora, las reivindicaciones de los estudiantes son incipientes. Muchos manifestantes de más edad se centraron en el aumento del costo de vida, haciendo eco del discurso sobre la “asequibilidad” que se escucha en otros lugares. Al día siguiente de las protestas, los titulares se centraron en quién era el responsable de la violencia. Pero sospecho que la cuestión más importante puede ser generacional. Ningún país puede tener un futuro digno si su juventud no ve ninguno para sí misma.

Quizás algún día las protestas se vean como un paso hacia un enfrentamiento entre las reivindicaciones de los mayores y las perspectivas de los jóvenes. La política se ha organizado durante mucho tiempo en torno a criterios de clase, pertenencia nacional, religión o identidad. ¿Podría la edad convertirse en la línea divisoria que defina la política? Si es así, tendremos que reflexionar más a fondo sobre cómo se distribuyen el poder y las oportunidades entre las generaciones.

La política juvenil no es nada nuevo. Los veteranos que vivieron las barricadas de París de 1968 hoy están jubilados. 

A medida que aumenta la deuda pública y crece la preocupación por el endeudamiento del Estado, se debate mucho sobre si Francia puede seguir permitiéndose su estado de bienestar. Pero la pregunta más importante es qué tipo de estado de bienestar quiere y cuáles deberían ser sus prioridades. ¿Cómo pueden los gobiernos proteger a las personas en la vejez —uno de los grandes logros de la democracia del siglo XX— y, al mismo tiempo, ofrecerles a los jóvenes la oportunidad de un futuro digno?

Está en juego es la calidad de la educación, pero también nuestra respuesta al calentamiento global y al auge de la IA.

Las generaciones mayores tienen un peso político considerable. Votan en gran número y, a medida que la población francesa envejece, su peso electoral es cada vez mayor. La mayoría de los estudiantes de secundaria no tienen la edad para votar.

Hasta ahora, los propios estudiantes no han dirigido sus demandas explícitamente contra las generaciones mayores. Pero si estas protestas tienen un significado duradero, será porque marcaron los primeros indicios de una nueva política en la que los jóvenes exigen tener más voz sobre las condiciones que determinan sus perspectivas de futuro y las del planeta.

*Profesor de Historia en Sciences Po

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