La buena vida es un proceso, no un estado del ser. Es una dirección, no un destino.
Carl Rogers
Las mayorías se preocupan sobre la posibilidad de que las máquinas logren suplantar e incluso superar a la especie humana; a mí me preocupa más la tendencia de los seres humanos en automatizarse. La inmediatez en la que tantos viven suspendidos es lo que tiene: la capacidad de hacer que lo humano deje de sentirse, de pensarse, de reflexionarse. La inmediatez exige premura, obnubilando y desdibujando los propósitos y las intenciones personales, para dejarlo todo en deberes por cumplir, en tareas por cerrar. Pero no todo deber cumplido genera satisfacción, ni mucho menos a largo plazo. Cumplir con lo que se debe, o con aquello que se espera de nosotros, no siempre alcanza a cubrir ni siquiera las medianías de la felicidad personal más profunda, sino simplemente se vive de la felicidad o la tranquilidad con la que se logra controlar el entorno.
Quizá sí, quizá sí sea un privilegio poder sentarnos a pensar sobre nosotros mismos y elegir un por qué para vivir: un propósito y un cómo hacerlo: una intención. No para garantizar ningún tipo de felicidad o satisfacción, sino para acceder a algo más interno y propio: un sentido de vida, es decir, otorgar un valor a nuestra propia existencia, un valor que nos permita sentir plenitud.
La plenitud no es un destino final, sino un estado que se elige cada día en el presente a través de la atención plena, la gratitud y la alineación con nuestros valores y principios. Y sí, quizá esto también es un lujo, y lo es para todo aquel que permite que las nimiedades y el cotidiano le secuestren la atención, el pensamiento, las emociones y la justificación de sus fallidas acciones y reacciones, y su felicidad.
Le diré, mi querido lector: lo más importante de su vida sucede todo el tiempo, no hay un minuto que no valga la pena estar vivo, y sentir que así lo hace. Y no, no le estoy invitando a detenerse ni a dejarlo todo de lado, sino a encontrar un propósito y una intención diaria que le permita sentirse vivo en todo momento y asumir que usted es más, vale más y merece sentirse mejor de cómo se siente cada día, no porque cumpla con el deber, sino porque cumple con aquello que usted mismo se ha prometido personalmente. Se lo digo porque es su vida la que ha venido a vivir y sólo usted recibe el balance final diario. El por qué, el para qué, el para quién y el cómo.
Porque no todo deber nos convierte en mejores personas ni toda responsabilidad cumplida nos otorga paz, porque no siempre llegar a todo nos hace sentir satisfechos ni plenos, y porque no siempre en los vaivenes de la vida somos capaces de resistir en solitario si no hay algo en nosotros mismos que nos sostenga. Y muchas veces no hay nada ni nadie más allá: ¿Quiénes somos ante la incertidumbre? ¿Seguiríamos siendo y haciendo lo mismo sin reconocimiento, sin la aprobación del otro? ¿Seguiríamos teniendo una dirección, una razón en solitario? ¿Cuánto valemos para nosotros mismos? ¿Cuánto vale nuestra existencia frente a esta vorágine, esta inmediatez?
Le tengo la respuesta: valemos todo lo que seamos capaces de sostener en nosotros mismos en silencio, valemos nuestro propósito y valemos cada día de nuestra existencia en la intención que sostiene ese cotidiano que elegimos. Valemos lo que declare nuestro discurso interno, valemos el resultado alineado de nuestra coherencia entre la acción, la emoción y el pensamiento. Y valemos, sobre todo, cuando desafiamos la incertidumbre con certeza, el miedo con valentía y coraje y la soledad con solitud, y valemos por la paz que nuestra paz genera en los otros. Y sí, quizá sí sea un privilegio y un nuevo lujo elegir vivir conforme a nuestro propósito y nuestra intención, y sí, quizá ese elegirnos sea la clave que nos diferencia del que se atreve a sentir y de quien no, de quien elige vivir y de quien elige hacerlo en automático. Y sí, quizá eso significa todo. Como siempre, usted elige…
¡Feliz plenitud, felices vidas!
