Nuevos lujos IV. La ilusión

En lo profundo de mí, algo calla y algo despierta.  

Gustav Mahler

Nacemos con un instinto propio, con una dirección y un impulso hacia la autenticidad, sin embargo, nos educan para ser aceptados y adaptarnos a los demás. Nos volvemos expertos en mostrar sólo aquello que resulte admisible y eso nos protege, porque nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos a salvo. El problema, con el tiempo, es dónde decidimos que descanse esa seguridad. Si en la aprobación del otro o de uno mismo. Esta premisa y elección es exactamente lo que diferencia a quien se atreve a ser uno mismo de quien no. Mostrar lo que resulta aceptable ante los demás educa al cerebro y al sistema nervioso en el aplauso por ese comportamiento y le premia con dosis de dopamina, mimetizando cada vez más esa máscara y personaje con una identidad construida al amparo del otro. Silenciarnos nos esclaviza. Esos silencios registran el coste emocional de la pertenencia cuando uno se aleja de sí mismo y se enfoca en esa mejor versión de la cultura que premia la velocidad y la eficiencia. Y la vida pasa y los vacíos llegan, porque siempre se persigue el agrado que ofrezca esa seguridad educada. Y le diré algo, querido lector, la única seguridad que existe es la que usted posee en sí mismo, no necesita más aprobación ni mayor pertenencia a nada si no es capaz de afianzarse y sostenerse en ella. Porque vivir así le debilita y, en su lugar, va fomentando y fortaleciendo las conexiones neuronales y el sistema nervioso que responde a la obligación, al deber ser, al control y a la anticipación de ese agrado, de ese aplauso, de esa pertenencia.

Sí, escucharse a uno mismo es para muchos incómodo, tanto como la vida que les pesa en ese afán de llegar a todo porque así tiene que ser. Sin embargo, esa carga se aligera en el momento en que uno elige reprogramar esos pilares de seguridad, de aprobación y de agrado a favor de uno mismo, de su voz interna —que aunque susurre, es clara y persistente—, y busca a todas luces no sólo que se sienta seguro, sino que sea feliz, que aprenda de la plenitud de sentirse y habitar en la calma de pertenecerse, de comprenderse y, sobre todo, de comprometerse con la identidad que representa su autenticidad y la libertad de ser solamente lo que siempre y como siempre ha debido ser. El camino más sencillo, biológicamente hablando, es simplemente retomar lo que más se ha perdido en este mundo de la inmediatez… La ilusión. Y no cualquier ilusión, sino la más importante: la ilusión por uno mismo. La ilusión es lo que construye la realidad posible —y esto no es de Perogrullo cuántico—, es un hecho comprobable: el cerebro no copia la realidad, la predice. Y ésta es la belleza de la ilusión en nuestra vida, que contamos con ella para despertar tres grandes principios: el primero, la intercepción, percibirnos a nosotros mismos; el segundo, la plasticidad cerebral, que es la capacidad de cambiar y reconducir nuestro pensamiento, y el tercero —mi favorito—, la metacognición, la capacidad de pensar nuestro propio pensamiento.

La ilusión se trata primero de atrevernos a sentirnos a nosotros mismos. Aprender a reconocer esa incomodidad de vivir hacia afuera y de silenciar lo que verdaderamente deseamos y necesitamos, y entender que esa incomodidad infructífera vale más intercambiarla por aquella posiblemente más rebelde, pero liberadora: la de aprender a reconducir esa seguridad externa en una seguridad interna, al igual que la aprobación o la pertenencia; y lo más importante, la capacidad de pensar claramente en esa reconducción, de tal manera que nos permita seguir cerca de aquello importante sin dejar de priorizar nuestro bienestar. La ilusión es esa amalgama que nos permite despertar en la construcción de un presente que proyecte ese futuro deseado. Se trata de sentirnos, de volver a motivarnos por algo que despierte nuestra atención presente, consciente e integrada. Quizá la clave del cambio no esté exactamente en la ilusión, sino en ese primer paso hacia ella, en esa primera acción de preguntarnos: ¿qué deseo profundamente? Y enfocarse en ello, y eso, mi querido lector, es un nuevo lujo: el privilegio de ilusionarse sólo con uno mismo. Como siempre, usted elige.

¡Felices ilusiones, felices vidas!