Mil rutas se apartan del fin elegido,
pero hay una que llega a él.
Michel de Montaigne
Si se preguntase qué piensa “la mayoría” de los seres humanos sobre cuál es su fin último en las sociedades contemporáneas, probablemente tendría que ver con las siguientes ideas: la felicidad y el bienestar personal; la autorrealización; el éxito y la prosperidad; las relaciones personales; o bien, que no existe un fin último en sí mismo, sino que depende de lo que cada uno elija. Desde una perspectiva sociológica, en gran parte de Occidente podría decirse que predomina una combinación de bienestar, libertad individual y realización personal. Es decir, que el fin de la vida consiste en vivir de acuerdo con los propios valores y proyectos, siempre que se respete la libertad de los demás. Sin embargo, esta visión contrasta con las líneas religiosas y filosóficas. Lo que sí podemos asumir hasta aquí, mi querido lector, es que la modernidad tiende a sustituir la idea de un único fin universal por la convicción de que cada individuo puede –y debe– definir el sentido de su propia vida. Esa es simplemente la característica más distintiva del pensamiento moderno.
Lo sorprendente es el papel que desempeña la felicidad y esto porque, desde la antigüedad, se ha observado que casi todo lo que hacemos parece orientarse, directa o indirectamente, a vivir mejor. La pregunta filosófica al respecto que se hacía Aristóteles es ¿por qué queremos cualquier cosa, con tal de acceder a esa felicidad? Y eso mismo podemos preguntarnos aún hoy.
Y no me dejará mentir, mi querido lector, en las nuevas realidades se peca de la satisfacción instantánea, inmediata, de la ausencia de saber esperar por algo mayor y mejor, se tiene un circuito de recompensa cerebral absolutamente desbordado, y a la vez precario, sin fines realistas, sin objetivos claros, sin una elección libre de propósito personal, sin una guía precisa a seguir y, sobre todo, con un profundo deseo de inmediatez que termina por generar medidas compensatorias suficientemente capaces de entretener, pero nunca de sostener ya no la felicidad, sino mínimamente un estado de bienestar. Por el contrario, ansiedad, estrés y frustración esperan del otro lado de las elecciones tomadas por haber confundido de base el placer con la felicidad.
Quizá la pregunta trampa que se sugiere responder es ¿por qué y para qué hacemos lo que hacemos? Quizá valdría más cuestionarse si podemos definir los medios y el fin con claridad, y si podemos definir –con eficiencia personal– que significa la felicidad, o si existe una definición para todos… Porque parece que tampoco la definición es comprensible y admisible para “la mayoría”. De acuerdo con la RAE, la felicidad es el estado de grata satisfacción espiritual y física; también es persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuye a hacer feliz, y por último la ausencia de inconvenientes o tropiezos. Y, no sé yo sí tenga algo que ver con esa felicidad efímera que se vende y se compra o se persigue en la actualidad.
Hasta ahora, sólo concluir que, según gran parte del pensamiento contemporáneo, el fin último de los seres humanos es: construir una vida que cada individuo considere valiosa y significativa, de acuerdo con sus propios valores, aspiraciones y proyectos. Y sí, quizá no estemos tan errados, no existe un fin último generalizado y universal como en la antigüedad, hoy no nos viene dado como se creía por la virtud ni por una deidad ni producto de las contemplaciones, sino que cada persona lo elige. Lo que une esta idea no es un contenido común, sino el principio de autonomía: cada individuo tiene el derecho y, en cierto sentido, la responsabilidad, de definir qué hace que su vida tenga sentido. Por eso algunos filósofos dicen que el fin último de la modernidad no es la felicidad en sí, sino la autonomía personal. La felicidad suele verse como una consecuencia de poder vivir conforme a los propios valores y elecciones.
Faltaría cuestionarse, mi querido lector, si en este individualismo cabe la idea de un fin humano universal, porque resulta difícil admitir que nunca tuvimos la oportunidad de estar más cerca y estando, a la vez, tantas veces nos sentimos tan ajenos y lejos los unos de los otros. Como siempre, usted elige.
¡Felices realidades, felices vidas!
