El deseo incómodo… (I)

La mente fuerte pospone la gratificación porque cree y confía en obtener una recompensa mejor y mayor a largo plazo, renunciando así a la urgencia, al sentido de la inmediatez, a la comodidad, a la conformidad…

Fuertes razones hacen fuertes acciones.

William Shakespeare

La mente fuerte es, para las mentes débiles, el deseo incómodo. Posiblemente porque es lo que muchos quisieran, pero con lo que pocos están dispuestos a comprometerse. Y no, no es porque no puedan, sino, como tantas veces, porque no conjuga en ellos, además, un deseo bien sustentado, bien definido, bien seleccionado y libre.

El problema y la solución radica en el manejo de las gratificaciones personales. En los tiempos de la inmediatez, las gratificaciones se manejan en la misma tesitura, ¡se quiere algo y se quiere ya! En el mismo instante que surge el deseo o la necesidad debe ser satisfecho. Esto que parece ser un gesto tan de hoy, tan normal, tan propio de la comodidad, es el pilar sobre el que se construye una mente débil. Por el contrario, la mente fuerte pospone la gratificación porque cree y confía en obtener una recompensa mejor y mayor a largo plazo, renunciando así a la urgencia, al sentido de la inmediatez, a la comodidad, a la conformidad… Y lo hace consciente y de manera clara a través de sus conductas, actitudes, palabras y pensamientos.

No es que uno tenga mayor deseo que el otro o que uno tenga mayor capacidad de satisfacer ese deseo, sino que la diferencia radica en el autocontrol, en el poder de la voluntad, en el autoconcepto, en la autoestima, en la historia personal… Y, sobre todo, en el propósito de vida, en el objetivo que se tenga, en el porqué y el para qué.

Tener una mente fuerte es tener la capacidad para manejar el estrés, adaptarse a situaciones difíciles y mantener una actitud positiva. Es la resiliencia para enfrentar la adversidad, es la resistencia para aprender del error y seguir adelante, es tomar y domar el control de su vida, es el comprender que está sólo en la gestión y administración de su pensamiento y sus emociones, y que es el único que puede mantener el orden y la dirección para el logro de sus objetivos. Es la calma y el enfoque en las situaciones desafiantes, es el autocuidado permanente, es la simplicidad, la independencia, la libertad, es también la soledad, el silencio e, incluso, la manera de gestionar el dolor.

Y no se confunda, la mente fuerte no se sacrifica, no. La mente fuerte se disciplina y, en esa disciplina, renuncia a todo lo que no está alineado con sus objetivos, con sus principios y valores, con su deseo, su propósito de vida o su misión. La disciplina sólo es sacrificio para quien no tiene propósito, por eso sucumbe, por eso padece, por eso perece. El propósito es la diferencia entre una mente débil y una mente fuerte, y es de ese propósito del que emerge la voluntad, la disciplina, el autocontrol, el distanciamiento emocional hacia lo ajeno, la renuncia a la evitación, la distracción o la justificación, es el propósito el que ofrece claridad, resignificación y lo que finalmente marca la diferencia.

Y no, tampoco la mente fuerte surge de una vida difícil ni de las carencias ni de la comodidad, no surge de grandes estudios ni se encuentra sólo en la élite de profesionales, no tiene que ver con la capacidad económica ni con las circunstancias u oportunidades de la vida. La mente fuerte se elige, se trabaja y se ejercita. La mente fuerte es el compromiso que nos hacemos a nosotros mismos de coherencia, de consistencia, de alineación y respeto al propósito de nuestra vida. La mente fuerte es —dirían los estoicos— la verdadera libertad, ésa que se posee en el control de la mente, las emociones, el cuerpo… porque eso somos finalmente, el reflejo de las decisiones que tomamos diariamente con respeto a nosotros mismos. Nos convertimos en el estado de nuestra mente.

Es convertir el esfuerzo en un símbolo, en nuestra marca personal de merecimiento, es el disfrutar plenamente de uno en su existencia, es la sensibilidad para percibir el mundo, el propio, el ajeno… el de todos y entender las diferencias; es comprender que nos debemos ese compromiso con nuestra propia vida y nuestros sueños, con el deseo de ser y cómo vivirnos… en fin, es ese lugar al que todos aspiramos que se llama paz. Y la paz, mi querido lector, es lo más cercano a la felicidad y la plenitud… Como siempre, usted elige. ¡Felices mentes, felices vidas!

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