No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz.
Madre Teresa de Calcuta
Resultaría intimidante y un tanto arrogante, cuando conocemos a alguien por primera vez, intentar mirar dentro de su alma de manera inmediata. Por eso lo mejor es siempre mirar algo juntos. Solemos minimizar la importancia de hablar del clima o del tránsito o del evento grande o pequeño que estemos compartiendo, pero eso es acostumbrarse al otro. En lo mundano, los inconscientes se mueven al unísono, se perciben las energías de cada uno, el temperamento e incluso los modales. Es aprender a sentirse cómodo con el otro y esto no es ninguna nimiedad. No se puede oír nada en la mente hasta que la situación con el otro se siente segura y familiar para nuestro cuerpo.
Y si hay algo que verdaderamente nos conecta, es el acompañamiento. Acompañar al otro significa estar presente a su lado de manera consciente, respetuosa y humana, sin invalidar, sin controlar y sin querer vivir el proceso que esté viviendo el otro. Es simplemente caminar con alguien, sin cargarlo ni empujarlo.
Piénselo, nadie puede confiar en lo mucho si no accede primero a confiar en lo poco, en lo simple, en lo mínimamente profundo, pero extenso. E igual sucede con aquellas personas que no conocemos o que conocemos poco y, sin embargo, compartimos tareas, labores, presencias, esas personas que uno suele ver de manera cotidiana, pero no conoce y quisiera conocer más. El acompañar es esa sencilla forma de conectar lo que parece desconectado, pero existe y es real.
El acompañamiento tiene cuatro cualidades: la paciencia, la risa o la actividad en común, el carácter centrado en el otro y la presencia. La paciencia es comprender que la confianza se construye poco a poco. Es la capacidad de retenerse y ser consciente de los tiempos del otro. Antes de que alguien comparta sus asuntos personales, esa persona habrá de saber que uno respeta esos asuntos de su persona. Tiene que saber que ve su reserva como una forma de dignidad, como una forma de respeto mutuo, es la mesura y, muchas veces, el silencio. La risa o la actividad en común es de esos detalles simples que siempre multiplican, lo divertido y espontáneo saca lo mejor de cada uno, baja las defensas, minimiza las amenazas y conjuga la autenticidad con el entendimiento. Ésta es una verdadera belleza en las relaciones humanas.
El carácter centrado en el otro significa trascender nuestro ego y permitir que el otro marque el ritmo, es sumarse al plan del otro, dejarlo que brille y ayudarle a brillar, es esa parte humilde y noble de ser útil en el viaje del otro, en su proceso, en su charla, en su idea. Es dejarle ser, indagar, descubrir… no se trata tampoco de ser pasivo, sino de honrar la capacidad de la otra persona para tomar decisiones.
Por último, la presencia, que consiste en aparecer, en estar cuando el otro nos necesite. En las buenas, y en las no tan buenas, incluso sin necesidad de mediar palabra, pero estando ahí a su lado. Muchas veces es sólo una conexión humana entre el que sufre y el que quiere sanar. Y otras tantas será celebrar… al final, lo que importa es esa historia que se va hilando entre ambas personas, esa historia llena de momentos que nos marcan en algún instante, época o vida y que representan ese espacio donde estuvimos conectados.
Créame, mi querido lector, esas someras e insignificantes charlas muchas veces construyen grandes y profundas relaciones. Vale la pena mantenernos abiertos a estos momentos casuales y sencillos, porque, de alguna manera, todos estamos conectados por nuestra humanidad compartida y a veces, muchas veces, vale la pena sumarse al viaje de otras personas y acompañarlas como ellas lo hacen con nosotros.
Yo me siento profundamente agradecida porque en esta profesión es lo que uno hace: acompañar en la búsqueda de soluciones, de alternativas, de nuevos caminos. Y es ahí, en esa presencia de escucha, de claridad, de contención y de respeto por el otro donde se forjan grandes cambios y relaciones. Como siempre, usted elige.
¡Felices conexiones, felices vidas!
