La debilidad de actitud se vuelve debilidad de carácter.
Albert Einstein
Winston Churchill, durante la Segunda Guerra Mundial, en un contexto de absoluta crisis y desesperación dijo: “Si estás atravesando un infierno, sigue caminando”. Y, salvando las distancias, cuántas veces no nos hemos sentido así, enfrentando situaciones difíciles, dolorosas, incluso muchas de ellas injustas frente a nuestros ojos y comportamiento; sin embargo, esto es parte de la vida. De esa vida que amamos y en la que preferimos quedarnos, esa vida que tantas veces, también, nos ha enseñado su parte más luminosa, menos hostil, más justa, más nuestra.
Lo interesante es comprender que la vida tiene esas dos caras, que la incertidumbre es parte de ella y que las experiencias –sin importar su naturaleza– es lo que finalmente, en su conjunto, nos permiten tener una visión más realista y objetiva sobre lo que es. Porque no hay vida sin algún infierno y es uno mismo quien debe decidir a qué parte de ella se ancla: a esa vida que le recuerda a uno lo que vale, o a ésa que le recuerda a uno su propia miseria.
Y sí, se vale sentirlo todo, incluso expresarlo, se vale el llanto, la ira, el enojo, la frustración; se vale sentir que no lo merecemos, se vale la vulnerabilidad frente a la incomprensión, el dolor, la angustia o la rabia. Se vale tanto cómo la siguiente elección: ¿Qué hacer con ello? Ésa es la siguiente parte interesante: la elección que hacemos de seguir adelante o de mantenernos en ese espacio recreando una y otra vez el drama que nos ocupa. Y si seguir adelante no hace desaparecer el drama, lo que sí hace es darnos otro punto de interés, otro objetivo, otro plan, otro nuevo viaje de regreso a uno mismo.
Y, como todos conocemos nuestros infiernos y su estadía, no me detendré en analizar la posible solución para quienes ahí han decidido quedarse. Mejor, me enfocaré en quiénes elijan seguir adelante, en esas personas que se decantan por el deseo de seguir aferrándose a la vida y a su poder de elección sobre cómo vivirla y vivirse en ella. Porque no hay nada estoico en el sufrimiento, lo estoico está en el amor que somos capaces de generar para superarlo.
El primer paso, la primera elección es la actitud. La actitud es cómo usted interpreta lo que pasa y cómo decide responder, esto no cambia todo lo que sucede, pero sí determina en gran medida el destino de esa respuesta. La actitud no es magia: es dirección. La actitud cambia el sentido del impacto: reduce el sufrimiento y aumenta la capacidad de recuperación, y no sólo eso, busca nuevos horizontes, el ir más allá del lugar que se ocupaba antes de la hecatombe: las prioridades, los problemas, las soluciones, la forma de pensar, de vivir, de padecer y de disfrutar. Reencuadra su realidad, crea un ciclo de decisiones conscientes, esto no implica que se sienta mejor, sino que haga lo que se comprometió consigo mismo, aún y a pesar de cómo se sienta, es corregir el pensamiento, disciplinar esa decisión, actuar sin miramientos y mantenerse leal, real y honesto consigo mismo.
La actitud cambia la relación y la percepción con uno mismo y con la realidad que enfrenta, y eso, créame, lo es todo, se lo digo porque ante lo que nos sucede necesitamos sentir el poder de que estamos haciendo algo a favor de nosotros mismos, necesitamos entender que lo que depende de nosotros existe y se materializa cada día. Y porque, además, necesitamos: aceptar, hacernos responsables y aprender de esa realidad nueva; encontrar el mejor camino para perseverar en la mejor solución y acompañarnos con compasión y humildad en los cambios que esa decisión exige, asumiendo con fortaleza y absoluta certeza que quizá no todo salga bien, pero que se hará todo lo que esté en nuestra mano para seguir adelante e ir más allá.
Sí, mi querido lector, hay que confiar en uno mismo y en esa alianza inquebrantable con su propia vida, disfrutar de ese placer de pensarse y sentirse en su propia realidad, en esa que nadie sabe, que nadie puede imaginar quizá, pero que es suya y que le determina y eso… También lo es todo. Como siempre, usted elige. ¡Felices actitudes, felices vidas!
