Hace ya varios años atrás, entrevisté a Carlos Salinas de Gortari y le comenté al expresidente, mientras hablaba de las decisiones que había tomado como mandatario, que sus sucesores, Fox, Calderón, Peña, no tenían las atribuciones metaconstitucionales de las que él había gozado. Salinas me dijo que las atribuciones constitucionales del presidente de la República no habían cambiado en absoluto, la diferencia estaba, aseguró, en si los mandatarios las utilizaban o no.
Años después, López Obrador aseguró en varias mañaneras que en el país no se movía ni una hoja sin que el presidente lo supiera. Como todo en el expresidente, el juicio es exagerado y se torna en contra suyo, pero tiene una base de razón: el jefe del Ejecutivo tiene atribuciones constitucionales, instrumentos, instituciones y operadores para tomar decisiones estando informado no sólo de qué sucedió, sino de qué va a suceder.
Yo no sé quién asesora a la presidenta Sheinbaum como para que, ante casi todos los temas delicados, diga en la mañanera que no sabía qué iba a suceder. En los últimos días dijo que no sabía de la carta de Andy López Beltrán contra el presidente Trump porque le habían quitado la visa, que tampoco sabía que eso había ocurrido; dijo que se enteró por las redes sociales que Rocha Moya regresaba a la gubernatura de Sinaloa; ayer aseguró que no sabía que Graciela Domínguez sería la gobernadora interina de ese estado; dijo que no sabía cómo estaba la situación legal del asistente de Héctor Melesio Cuén, Fausto Corrales ni la del contralmirante Fernando Farías Laguna, que esos eran temas de la FGR. Son muchos “no sabía” para tantos temas demasiado importantes.
Si el poder presidencial no se ejerce, se debilita o, por lo menos, esa es la percepción que queda. Puedo entender que, por ejemplo, Andy o Rocha no hayan informado previamente a la Presidenta, que el primero iba a insultar por carta a Trump o que el segundo había decidido regresar a la gubernatura, pero no puedo entender que Gobernación y sus delegados y operadores, el CNI, las instancias de inteligencia civiles o militares, ninguna tuviera información de dos decisiones tan delicadas.
La Presidenta no sólo debe saber, debe saber antes de que ocurran las cosas cuando se trata de hechos que, como éstos, no son en absoluto impredecibles. No estamos hablando de un terremoto, sino de una carta dirigida a Trump por el hijo del expresidente, que debe haber pasado por más de una mano antes de hacerse pública, o de un gobernador que decide regresar al gobierno cuando está custodiado por fuerzas federales y bajo investigación, se supone, de la FGR. Algunos han dicho que la Presidenta salió fortalecida de esos eventos, pues lo dudo mucho, y si así lo ven fue a un costo demasiado alto en la percepción pública.
Veamos el episodio Sinaloa. Ayer dijo la mandataria que no sabía que Graciela Domínguez sería elegida gobernadora interina. Resulta imposible imaginarlo, pero es más grave aún porque para tomar esa decisión se canceló el lunes la sesión del Congreso local y se dio una intensa disputa interna con cuatro nombres sobre la mesa. Se impuso el de Domínguez y no es en absoluto alguien lejano a Rocha Moya: vienen juntos desde los tiempos del PRD, fue durante tres años su secretaria de Educación, el propio Rocha la impulsó para que sea diputada federal. La eligió un Congreso local que está dominado por gente de Rocha, lo mismo que el gabinete estatal, mientras que el Poder Judicial del estado lo controla el senador Enrique Inzunza.
Para deshacerse de toda esa trama, profundamente relacionada con el crimen organizado, hubiera sido necesario decretar la desaparición de Poderes en la entidad, una decisión que si bien la toma el Senado es, en términos políticos, absolutamente presidencial. Por lo pronto hoy Sinaloa tiene una nueva gobernadora que sigue siendo parte del equipo de Rocha.
Las atribuciones presidenciales se ejercen, diría Salinas; hay demasiadas hojas moviéndose sin que sepa el presidente, diría López Obrador. No creo que la presidenta Sheinbaum haya renunciado a ejercer sus atribuciones ni que desconozca qué hojas se mueven. Pero sí creo que está mal asesorada, que tiene enemigos dentro de sus propias oficinas, que algo no funciona en los mecanismos de control y gobernabilidad y que la exhibición cotidiana y el tono de las mañaneras no la benefician en absoluto.
EL SUEÑO DE GARCÍA HARFUCH
La noticia no ha tenido mucha repercusión en México, pero tiene mucha importancia. Dentro del Homeland Security (el departamento de seguridad interior) de EU se creó la Homeland Security Task Force, una fuerza de tareas nacional, permanente e interagencial, creada por orden ejecutiva para coordinar la desarticulación de cárteles, pandillas extranjeras, organizaciones criminales transnacionales y organizaciones terroristas extranjeras que Washington vincula con amenazas a la seguridad interior. Combina la propia fuerza operativa, con unidades de inteligencia interagencias y otra unidad dedicada exclusivamente a la ciberseguridad, todo bajo un mando unificado.
Concentra en una sola estrategia las capacidades de las autoridades federales de procuración de justicia, las agencias policiales estatales y locales; la comunidad de inteligencia, las dependencias de seguridad interior y hasta las capacidades militares, cuando corresponda, dentro del esquema federal. Llevará la relación con socios extranjeros, particularmente para intercambio de inteligencia, capturas, decomisos e investigaciones transnacionales. Una estructura de ese tipo sería el sueño institucional de García Harfuch.
