Narcoestado

Por Fadlala Akabani*

A comienzos del siglo XIX, el intercambio comercial entre China y el Imperio Británico resultaba desfavorable para los europeos, pues mientras ellos demandaban té, seda y porcelana, el mercado chino no importaba gran cosa, y exigían el pago en plata (bullion) a sus exportaciones, que además estaban limitadas al puerto de Cantón. 

Esta situación resultaba incómoda en Londres, porque la plata representaba entre 90 y 95% de lo exportado a China por la Compañía Británica de las Indias Orientales –una empresa privada con fuerza militar y naval propia– que administraba en nombre de la corona los territorios de las actuales India y Bangladesh desde mediados del siglo XVIII.

Con el control del vastas y fértiles praderas hindúes, y a sabiendas de su potencial nocivo, el Imperio Británico decidió que la manera de poner el equilibrio de la balanza comercial a su favor sería comerciando opio –cuyo comercio y consumo habían sido prohibidos desde 1729 en China– a cambio de plata.

Contrabandeando un producto ilegal en territorio fuera de su jurisdicción y en nombre del “libre comercio”, el Imperio Británico usó por primera vez una sustancia como arma geopolítica. Consciente del ataque del que era objeto, China decidió en 1839 confiscar y destruir un cargamento de opio, lo que desató un conflicto militar tras el cual fue firmado el Tratado de Nanking (1842).

El acuerdo, célebre por haber inaugurado una época que la historiografía china reconoce como “el siglo de la humillación”, impuso el pago de indemnizaciones en plata por la suma de 21 mdd; la apertura forzada de cinco puertos bajo pérdida de soberanía arancelaria; la cesión territorial de Hong Kong, que se convirtió en base comercial y naval británica, una colonia en toda regla.

El Reino Unido de Gran Bretaña no sólo había vencido militar y políticamente a su adversario, se había constituido como el primer narcoestado de la historia contemporánea doblegando a una nación hermética, y quizá estancada tecnológicamente, pero autosuficiente por su capacidad agrícola. El contrabando de sustancias de potencial psicoactivo se situó desde entonces como parte del manual del imperialismo anglosajón; y como la piratería en alta mar, también sería legado a su heredero natural, Estados Unidos de América. En 1856 los británicos –reforzados por Francia y EU– volvieron a agredir militarmente e impusieron a China una embajada y la legalización del opio que, por cuestiones culturales, no proliferó en Gran Bretaña su uso fumado, asociado a “costumbres orientales”, pero sí alcanzó restricciones bajo la Pharmacy Act (1868).

EU se convirtió en el siglo XX en el narcoestado hegemónico por antonomasia al instrumentalizar el narcotráfico en función de sus intereses geopolíticos. De acuerdo con una investigación de la Universidad de Massachusetts (McCoy A, 2003) bajo contexto de la Guerra Fría, en el Sudeste Asiático, Washington toleró y apoyó el narcotráfico de opio y heroína de las fuerzas anticomunistas como los restos del Koumitang; la protección de la CIA convirtió a traficantes tribales de las montañas en poderosos capos ligados a mercados internacionales. En América Latina también el narcotráfico fue actividad y fuente de ingresos de grupos paramilitares como La Contra nicaraguense, según el Informe Kerry (1989) del Senado estadunidense.

Estados Unidos es el principal consumidor en volumen absoluto de la mayoría de drogas ilícitas en el mundo. El imperio en decadencia dejó de proteger a su población, la pandemia por consumo de fentanilo es efecto de la adicción a opiáceos legales para beneficio de la farmacéutica Purdue.

Referencias: McCoy, Alfred W. (2003) The Costs of Covert Warfare: Airpower, Drugs, and Warlords in the Conduct of U.S Foreign Policy, New England Journal of Public Policy: Vol. 19: Iss. 1, Art. 14. https://scholarworks.umb.edu/

*Analista