El don escrito

Nadie tendría que exponer su vulnerabilidad para hacerse entender.

Hasta dónde. Hasta dónde tenemos que llegar para que alguien pueda comprendernos, hasta dónde vale la pena arriesgarse y compartir aquello que somos, para intentar explicar aquello que hacemos, hasta dónde tenemos que exponer cómo es nuestra vida… y a veces… para ni siquiera ser escuchados…

Y ocurre, ocurre con demasiada frecuencia, que en un intento por hacernos entender nos quedamos totalmente desprovistos, totalmente descubiertos… y aun así, a pesar de haber expuesto lo más íntimo, lo más personal, nadie puede alcanzar la claridad de nuestros pensamientos y mucho menos comprender sus alcances. La realidad es que cuando nos toca ser receptores, se requiere de un alto grado de voluntad, inteligencia y humanidad para mantener la objetividad, de aquello que han tenido a bien o no exponernos… y si eso ya de suyo es complicado, y se convierte hasta en complejo, cuando además ha de tenerse misericordia, y no en el sentido de lástima, sino de estima, y por supuesto un alto grado de seriedad para omitir repetir, ni siquiera, a nosotros mismos lo que nos han confiado…

Visto así, poca, muy poca gente está capacitada para que alguien pueda exponerse; nadie tendría que exponer su vulnerabilidad en función de hacerse entender, porque nadie que en realidad le estime necesitará que usted se coloque en esa posición por demás humillante.

Le invito a reconsiderar sus exposiciones y la necesidad de hacerse entender, porque no siempre hay que hacerse entender, porque no siempre vale la pena que nos comprendan, y porque nunca tenemos que exponernos hasta el punto de sentirnos vulnerables…

Mejor elija protegerse, finalmente ésa es la responsabilidad más personal que tiene. Mejor elija y evalué las circunstancias que, considere, le están orillando a la necesidad de hacerse entender, porque si es que existen circunstancias que le lleven a ese punto, créame que tendrá que verificar la procedencia y el porqué, pero además también tendrá que verificar las capacidades de aquellos que tendrán a bien o no escucharle… y ante todo evalúe y valore responsablemente lo que va a decir… porque hay verdades que nunca suenan como verdades para aquellos que no han tenido realidades similares a las suyas. Recuerde que el don más grande que tenemos los humanos es el pensar sin que nadie pueda saber lo que pensamos, es sentir sin que nadie sepa lo que sentimos, es decidir sin que nadie sepa lo que vamos a decidir, es dudar sin que nadie sepa que dudamos, incluso padecer sin que nadie sepa que sufrimos, es incluso disfrutar sin que nadie sepa que lo hacemos,  es finalmente elegir, sin que nadie sepa lo que vamos a elegir… así que conserve ese don y mantenga  firme esa certeza, porque ese don es la mayor protección de datos que tiene en su vida y es su vida. Minimice sus exposiciones cuando las circunstancias le lleven a terrenos íntimos, porque nadie podrá entenderle como lo hace con usted mismo, y más aún cuando se trate de hacerle sentir desprovisto y descubierto en su intimidad, porque nadie puede exigirle exponer su don. Al final, usted elige, sólo cerciórese —previa exposición— de que, sea lo que sea que vaya a decir o no decir, podrá mantenerlo, y no frente a uno sino frente al resto del mundo, porque es seguro que no contará con el público correcto. Usted es responsable de la construcción o destrucción de las verdades de su vida, es el único que puede decidir sobre sus palabras y sus hechos, de la veracidad que expone y demuestra sobre su vida… No permita que nadie le coloque en situaciones que amenacen esa verdad, porque sin importar cuál sea su naturaleza, es suya y es su don más preciado.

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