Ingobernable

La propuesta resulta multiadornada 
por las anécdotas de moda y lo que hace 
con ellas el imaginario nacional.

Quedando con Sofía para desayunar: “El viernes, imposible, es el estreno de Ingobernable, la de Kate del Castillo”. Acepto que estreno de telenovela mata progenitor. Mi hija aclara: “¡Que no!, es serie, de Netflix”. Puntual a la cita con Netflix el viernes, en dos días agoto los 15 episodios. Ingobernable (Verónica Velasco, Epigmenio Ibarra, Argos, 2017) parte de una cita de las Meditaciones, del emperador romano Marco Aurelio: “No hay hechos, sino historias”. Imprecisa la cita, por ello a modo para el relato. Marco Aurelio escribió: “Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad”. Aun así, la oración que se usa en el relato es esencial en tanto define con claridad a la ficción: justamente lo que yo quiero contar haya o no ocurrido de ésa o de cualquier otra manera, y que no es objetable por su veracidad, sino por su verosimilitud. Es ésta la que los espectadores habrán de juzgar. 

En el México de Ingobernable, el Presidente de la República es asesinado durante una discusión con su esposa, de la que recientemente se ha separado. ¿El contexto sociopolítico del crimen?: país en el que rige la violencia que ejercen las grandes bandas criminales y la que practica el ejército en su pretensión de combatirlas, a petición del gobierno que no consigue seguridad ni justicia por los medios constitucionales (policías, órganos de procuración e impartición de justicia). En ese México el costo para el ejército ha sido el desprestigio. ¿Así sucede en este? Así lo cuenta la serie, porque así lo requiere el relato. Hay, pues, un magnicidio que conforme avance la narración se entenderá como consecuencia de un ejercicio de mea culpa presidencial —grabado en un video— por la violencia y sus víctimas, con la consecutiva promesa de cambiar ese estado de cosas. Los intereses que toca la posibilidad del cambio obligan al asesinato para mantener las cosas como han estado durante la gestión del presidente asesinado. Emilia Urquiza, la primera dama, abandona la escena del crimen y se convierte en única sospechosa de lo sucedido. Se refugia en Tepito y se hace de una banda que la acompañará en su reivindicación. Todo esto se cuenta con escenas de acción como recurso esencial: balazos, explosiones, corretizas, sangre y muertos, en una secuencia que entretiene.

Thriller político al fin, el relato propone una alianza entre los dueños del dinero, los grandes consorcios delictivos y los militares, las tres partes coordinadas y reguladas por la CIA. La propuesta resulta multiadornada por las anécdotas de moda y lo que hace con ellas el imaginario nacional. Ficción al fin, recurso comercial para entretener y ya, el espectador puede entregarse al nacional hábito de encontrarle chichis a las víboras, a saber: serie sobre un magnicidio que se estrena justo en el 23 aniversario del crimen de Colosio, país en el que el ejército ha sido echado a la calle a controlar organizaciones criminales, provocando miles de muertos en medio de la confusión. Una nación paralela —Juan Pueblo— que ya no se atiene al Estado y se deja regir por sus propias reglas; Tepito ilustra esta tendencia. Protagoniza Ingobernable una actriz en entredicho por sus amistades peligrosas. Y en ánimo de sintetizar, una mafia que todo lo puede, pues se han aliado las Fuerzas Armadas, los grandes capitales, los grupos criminales que crecieron con el narco, y los políticos desbocados, estampida de personajes que son representantes de la corrupción y la impunidad. Pasa que justo uno de esos políticos anda por ahí, repitiendo hasta el absurdo que hay una mafia de estas que tiene el poder en México, como si no supiéramos que eso han sido siempre nuestro Estado y todos los estados del mundo. Como todos los demás, ese político —de nuevo cuestión de perspectivas— no se da cuenta de que ése es el poder que tan afanosamente pretende. ¿Recomiendo Ingobernable? Sí. Es tan entretenida como mi país de cínicos.

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