Svetlana; Estados y gobiernos
Candorosísimo el señor legislador, que con las versiones mexicanas del teatro de Broadway no parece avanzar mucho en lo esencial de su Comisión, que es la de Cultura.
Nota curiosa —por decir lo menos— la de Luis Carlos Sánchez el pasado martes 6. Habla de un señor Santiago Taboada, que preside la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados. El personaje nos dice que “no es una persona ligada al sector cultural”, aclara que “quiere dejarle algún legado a su país” desde la susodicha Comisión, que en realidad él pertenecía, pero nunca participó en cierto chat panista en el que se apostaban secretarias y se alentaban la misoginia y la homofobia, y que a veces va al teatro; recién lo hizo para ver El rey León.
Candorosísimo el señor legislador, que con las versiones mexicanas del teatro de Broadway no parece avanzar mucho en lo esencial de su Comisión, porque de lo que dice parece que de veras piensa que la cultura emana del Estado, depende del Estado y le debe al Estado. Eso es tanto como no entender absolutamente nada.
Esa versión anarquista de mí, a la que le da por rondarme la conciencia, arrancaba apenas con una reflexión justamente en sentido contrario del diputado, a partir del empleo de la expresión artística como recurso para evidenciar y descalificar a Estados y gobiernos, cuando —como a todos—me atropelló Svetlana Alexiévich, bielorrusa y ucraniana haciéndose nada menos que con el Premio Nobel de Literatura 2015.
Confesando que se lo hacía esta vez a Philip Roth, celebro su adjudicación a la periodista rusa de 67 años que ha andado de punta a punta y por cada paraje de aquella Unión Soviética que hoy da apenas para ser de nuevo Rusia. Una sola tarea le ha hecho la vida: los testimonios. Encontrarlos, presenciarlos, recabarlos, ordenarlos, interpretarlos y producir libros con la suma de todos ellos. Collage o coro épico se le ha llamado al trabajo formal de la mujer por la que ahora festejan los periodistas que pretenden haberles ganado este año a los “escritores de ficción”.
No me detengo a defender que, cuando se trata de arte literario, ficción y realidad resultan dimensiones irrelevantes, tanto que uno puede leer lo que ha escrito Svetlana y bien podría tratarse de novelas “colectivas”, se ha dicho, no importa. Las mujeres y la Segunda Guerra Mundial, más tarde las madres de soldados rusos que pelearon y murieron en Afganistán, han resultado trabajos emblemáticos del testimonio doliente, del sufrimiento injusto, pero el más conocido de sus trabajos resulta Voces de Chernóbil, en el que plasma los relatos de los afectados por el accidente nuclear terrible que, para muchos, precipitó la fragmentación de la Unión Soviética.
La tarea de reunir estas voces le ha traído a la rusa la censura de Bielorrusia y su presidente, de Ucrania y de la Rusia misma, porque habrá relatado los graves perjuicios que produce la estupidez de Estado, los gobiernos que jamás habrán pretendido el provecho de sus gobernados. En Voces puede uno leer lo que cuenta la esposa de uno de los bomberos: “Sofocaban las llamas…, tiraban el grafito ardiente con los pies…, acudieron ahí sin sus trajes de lona. Lo vi, estaba hinchado, todo inflamado, casi no tenía ojos…, la leche le provocaba unos vómitos terribles. Salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche a Moscú. Fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvíamos con las bolsas de ropa, el avión ya se había marchado. Nos engañaron a propósito”.
Svetlana ha escuchado por todas partes, y lo que ha conseguido reunir le da para denunciar al poder.
Solzhenitsyn, Premio Nobel también, hizo lo mismo, aunque yo anoto que quizás el iniciador de la tradición artística y cultural que muestra abusos de Estado haya sido Dostoievski. A fin de cuentas los tres nacieron de un sistema político que evolucionó al socialismo, que prometió justicia y bienestar para no alcanzar más que la deuda histórica de limpiar tanto como ensució a su nación.
Yo quisiera que el trabajo de Alexiévich ilustrara a los gobiernos. La cultura es testimonio, como tal resulta un arma cargada apuntando al que pretende gobernar a la manera en que se ha hecho en México y en el mundo durante el presente siglo. Quien nomás no lo puede entender pretende dejarnos un legado cultural cuando apenas le alcanza para El rey león. Duro con todos ellos, queridísima Svetlana. Parece que los gobernados no tenemos más recurso que los testimonios.
Twitter: @obenassinif
