Usos y abusos de la palabra Pueblo
Por Jaime Rivera Velázquez Uno de los rasgos discursivos propios del populismo es el uso constante y abusivo de la palabra Pueblo regularmente con mayúscula. El político populista utiliza la palabra pueblo no en su sentido descriptivo colectividad de personas con una ...
Por Jaime Rivera Velázquez
Uno de los rasgos discursivos propios del populismo es el uso constante y abusivo de la palabra Pueblo (regularmente con mayúscula). El político populista utiliza la palabra pueblo no en su sentido descriptivo -colectividad de personas con una identidad cultural o social-, sino como símbolo de identidad de sus seguidores. Es un recurso ideológico para fijar una línea de demarcación entre “nosotros” y “ellos”, los propios y los otros, los buenos y los malos. Es también un ardid psicológico para concitar la adhesión emotiva de la masa al líder. El populista exalta al pueblo para exaltarse a sí mismo. Sea que ya detente el poder o que trate de conquistarlo, un movimiento populista invoca al pueblo para justificar sus decisiones y arraigar sus consignas en las creencias colectivas. En la representación mistificada de sí mismo, el populista siempre actúa en nombre del pueblo y para el pueblo,
El concepto tradicional de pueblo se refiere a un conjunto más o menos grande de personas que comparten una identidad, un modo colectivo de vida. En tiempos antiguos, en sociedades con poca diferenciación interna, el concepto de pueblo abarcaba al conjunto de grupos e individuos conducidos por un jefe o una casta. En sociedades estamentales -por ejemplo, en el feudalismo medieval- se hacía una clara diferenciación entre las élites dominantes (nobleza y clero) y el “pueblo llano”. Uno de los cambios sociales y simbólicos más relevantes fue la creencia en una igualdad natural entre todos los hombres, y de ella se derivó el reclamo de igualdad de derechos para todos. El pensamiento de la Ilustración, la Revolución Francesa y el surgimiento de las repúblicas o las monarquías parlamentarias pondrían, paulatinamente, el concepto de pueblo en el centro de la política, para que ésta ya no fuese privativa de estamentos minoritarios. Inclusive, el romanticismo filosófico y social del siglo XIX concibió al pueblo como un sujeto dotado de alma y voluntad propias (el Volksgeist alemán, espíritu del pueblo), creador de naciones configuradas culturalmente por la historia natural. Desde esa óptica, Pueblo y Estado tendían a identificarse. De ahí el concepto de la voluntad popular y la voluntad general.
El concepto decimonónico de pueblo fue un gran motor para extender los derechos políticos a todas las clases sociales y abrir paso a las democracias. Pero precisamente la noción moderna de la democracia, basada en los derechos individuales y en el pluralismo político, reveló el carácter idealizado y potencialmente engañoso del concepto de pueblo en la práctica política. En el siglo XX, con la expansión de la industria, los mercados, los servicios y la educación pública, las sociedades adquirieron una complejidad y una diversidad interna que no cabían en la categoría de pueblo como entidad unificada y homogénea. El sujeto de la democracia ya no podía ser el pueblo, sino la conjugación y la suma de voluntades individuales procesadas por medio de reglas de competencia, es decir, por medio de las elecciones. De ahí que, en el lenguaje político democrático, el concepto de pueblo fuese gradualmente desplazado por el concepto de ciudadano, y más exactamente, de ciudadanos en plural.
Pero la expansión y la implantación de la democracia no ha sido universal. En muchos países, la categoría de ciudadanía sigue relegada por la de pueblo. A lo largo del siglo XX, diversos regímenes autoritarios hicieron del Pueblo una marca y un elemento infaltable de su propaganda. El fascismo fue especialmente pródigo en exaltar al pueblo. El diario que Mussolini fundó y dirigió se llamaba Il Popolo d’Italia. Hitler solía invocar al pueblo en sus discursos para llamar a los alemanes a la unidad (en torno a él). Cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia y consolidaron su dictadura, sustituyeron la denominación de los órganos ejecutivos del gobierno, los ministerios, por el ampuloso nombre de Comisariado del Pueblo (Narodniy Komisariat). La temible policía política de Stalin estaba adscrita al Comisariado del Pueblo de Asuntos del Interior, y se le conocía como la NKVD, por sus siglas en ruso. Los regímenes comunistas implantados en Europa del Este después de la Segunda Guerra Mundial y alineados en la órbita soviética, eran conocidos como “democracias populares”, aunque se trataba de dictaduras puras y duras. La policía preventiva de la Alemania Oriental se llamaba “Policía del Pueblo” (Volkspolizei), y su ejército y su fuerza naval acompañaban su nombre del adjetivo Volks. China, con su dictadura de partido único, se llama oficialmente República Popular China y su fuerza armada se denomina Ejército Popular de Liberación. El régimen cubano, que en más de 65 años no ha permitido elecciones ni protestas, se cubre de orgullo con los apelativos de sus órganos del Estado: la Asamblea Popular de Cuba y el Tribunal Supremo Popular de Cuba. Corea del Norte, el régimen totalitario por excelencia, se denomina oficialmente República Popular Democrática de Corea. Las repúblicas de Angola y Mozambique usaron por un tiempo el adjetivo de popular, mientras Argelia todavía lo tiene oficialmente.
En el siglo XXI, el abuso desde el poder de la palabra pueblo adquiere una connotación autoritaria, porque implícitamente niega la pluralidad política que habita en la sociedad y tiende a descalificar a los disidentes como antipueblo.
