La política antiinmigrante de Trump esconde una profunda grieta moral que divide a los estadunidense frente a su crisis de futuro, a la desconfianza inédita en el porvenir. Una ruptura de sus propios fundamentos políticos y éticos que aparece cuando las ideas se convierten en dogmas y las instituciones dejan de resistir al poder de una sola persona capaz de atrapar el miedo colectivo a la decadencia.
La cruzada racial del trumpismo contra la migración deja un año infernal para su nuevo “enemigo” declarado desde el inició su segunda presidencia, en que han sido tomados como rehenes de sus cambios. La estrategia de crear una amenaza puertas adentro a la que culpar de los males del país ha sido efectiva para inhibir dramáticamente los cruces en la frontera y respaldar violaciones en la deportación de más de medio millón de inmigrantes los últimos 12 meses, aunque lejos del millón que prometía.
Se trata de una visión ideológica que comparte con el totalitarismo ciertas formas de autosabotaje mental para aceptar o tolerar la brutalidad como ejercicio de gobierno, la exaltación del egoísmo como sucedáneo de independencia y la ambición como misión contra todos los valores que profesa la tierra de libertad e igualdad del “sueño americano”. Si hay una crisis es esencialmente moral, por los mayores ataques en su historia contra la cultura, espacios y derechos de un país de migrantes.
En las redadas a miles indefensos de ellos y la represión a las protestas que agitan el país por los horrores de su política, actúa como enemigo de los valores de su democracia. Es falso que en EU haya una crisis de migración con la frontera cerrada a la movilidad de “delincuentes y criminales”, como vende Trump; más de 70% de deportados carecen de antecedentes penales. Pero la estadística desmiente esa versión con una drástica caída de cruces fronterizos desde 2024, un año antes de llegar al poder. Así y todo, dice que su política está funcionando. Lo que sí hay es una crisis de inseguridad por una cacería de órdenes ejecutivas que cruzan la línea de la legalidad para perseguir, secuestrar y matar; junto con fenómenos inéditos como la desaparición de sospechosos sólo por hablar “raro” inglés o tener la tez morena; sin respeto al proceso y garantías del rule of law, que no está sirviendo para controlar el uso de la violencia militar en las calles.
Los ataques se reducen a meros actos administrativos a cargo de agentes migratorios del ICE, el brazo ejecutor de su política y, sobre todo, el espejo de las pulsiones autodestructivas que el poder político inocula en una sociedad dividida y polarizada. Pero la brutalidad policiaca con total inmunidad es la expresión de otra crisis, la de la legalidad, que socava los fundamentos de Norteamérica y le abre el paso al poder personal que, como dice, no tiene otro límite que la “propia moral” de Trump convertida en ejemplo de la conducta del “América Primero”.
Al republicano le conviene criminalizar al “enemigo” interno y estigmatizar la protesta de grupos radicales de izquierda para crear caos en la calle y abrir paso al ejército con tres objetivos: debilitar las instituciones republicanas, construir un gobierno autoritario y persuadir a los estadunidenses de que su misión es tomar cuanto quieran para ellos, como para él hacerse de Groenlandia, el petróleo venezolano o el Golfo de México: el egoísmo y la ambición como razón de Estado.
Pero la sociedad comienza a desconfiar de las instituciones para detener la enfermedad, como indica la ola de protestas en Minneapolis y otras ciudades contra los abusos del ICE; que visibilizó el asesinato de la estadunidense Renée Good como nuevo estandarte de la resistencia. La indignación se enciende a tal punto que Trump amenaza con invocar la Ley de Insurrección para sofocarla con el ejército, sobre todo en los gobernados por demócratas, en una prueba de la politización de la violencia; así como retirar fondos a estados santuario por no colaborar con su política.
Detrás de la impotencia de las instituciones, la pregunta que mueve las protestas es quién podrá detener el meteoro absolutista de Trump si no son ellos. Aunque con el temor de que el vendaval desoiga la vox populi y los votos con ecos del asalto al Capitolio en la próxima elección, que puede ser definitoria para el futuro de EU y del orden internacional.
