He aquí el valor que damos a la frase de amor que nos conmueve. ¡Qué desgracia, Dios mío, que seamos lo mismo que son todos! / Paul Geraldy
Debo reconocer algo que me desasosiega: lo que aprendí en mis 58 años de vida política se ha derrumbado. No fue de golpe y porrazo, sino paulatinamente, en persistente deterioro.
Tanto en el PRI como en el PAN fui delegado en una docena de estados. La tarea era fascinante. Se trataba de ser enlace, entre el centro y la periferia, en la toma de decisiones de procesos electorales. En el PRI, la jerarquía era incuestionable: el delegado asumía el mando y, coordinado con Presidencia, la Secretaría de Gobernación y la dirigencia nacional, se iban decantando las tareas a realizar hasta culminar con las elecciones. En el PAN, que se ha considerado como una confederación de partidos, la dependencia con el centro era más laxa.
En el transcurso del régimen autoritario a la democracia, una actitud me irrita cada vez más. Al señalamiento de algo indebido, como recibir aportaciones económicas de particulares a cambio de negocios; aprobar presupuestos a cambio de dádivas en los congresos; obligar a la burocracia a tareas partidistas, se responde: “Todos lo hacen”, “No tenía de otra”, “Así es esto”. Está claro cómo se diluye la distinción entre el bien y el mal. Ya no es necesario el discernimiento. El sujeto ético, que debe optar, deja de serlo. El libre albedrío se somete a la anestesia. Es la inercia de la inmoralidad. Se ha dicho que corresponde al retorno de las viejas prácticas. Disiento.
El PRI creado por Plutarco Elías Calles como un mecanismo emergente, de transición, en un momento de crisis, con una vida perentoria que permitiera el arribo al sistema definido en la Constitución, terminó en el 2000 cuando se dio la alternancia de partidos en el Ejecutivo federal.
El PAN ha pasado por tres etapas:
La doctrinaria con una mística de apostolado, concebido como voz crítica al gobierno en turno.
El rompimiento entre la clase gobernante y el sector empresarial (1982) por la expropiación bancaria generó a los denominados “neopanistas”. Este grupo, constituido por líderes carismáticos con recursos y estrategia electoral, con cierta afinidad con los principios panistas, le dio al partido una clara definición de competitividad que le permitió ganar elecciones. Carlos Castillo lo definió con claridad: “No nació para ser el ‘Pepe Grillo’ perenne del Pinocho eterno. Nació para quedarse con el taller de Gepetto, no para estar parado en el hombro de Pinocho viendo que le crezca la nariz, diciéndole ya dijiste otra mentira”.
Los neopanistas fueron buenos gobernantes y cumplieron, en lo general, con el partido. Pero carecieron de un auténtico profesionalismo al retornar a sus negocios. Al partido arribaron oportunistas que, sin el menor recato, ya con acceso al poder, se alejaron de los propósitos de los fundadores de ser una escuela ciudadana para la democracia. Doctrinarios y neopanistas no fueron capaces de dar la batalla para la institución que los cobijó.
El PRD fue un desprendimiento del PRI de ideología nacionalista que se alejó de los gobiernos que se incorporaban a las corrientes globalizadoras. Rodolfo González Guevara fue el fundador de la denominada “Corriente democrática”, cuyo avance fue notable. En 2008, un líder autoritario, al no poder imponer como dirigente a Alejandro Encinas, lo desfondó.
Morena, creado por López Obrador, extinguió al PRD. De ninguna manera fue la continuidad del proyecto inicial. Los testimonios de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo así lo confirman.
Movimiento Ciudadano es un producto híbrido, hechura de un personaje con diversos atributos, fuera del molde tradicional. Habrá que ver el resultado del registro de nuevas organizaciones políticas. Exceptuando a Somos México, lo demás es simulación.
No pretendo ser catastrofista ni nostálgico, pero no hay duda de que la fuerza más nefasta es la inercia de la inmoralidad. El reto es vencerla.
