¿A quién derrotó Lula?

Por Fadlala Akabani*

La historia de Luiz Inácio Lula da Silva es la de la resistencia popular encarnada en un hombre capaz de liderar la emancipación de una nación sudamericana; nacido en el Nordeste brasileño, una región castigada por la profunda pobreza y la sequía, migró junto con su familia a São Paulo, donde se forjó como obrero en las fundiciones metalúrgicas. Fue ahí donde, a los 17 años, perdió el dedo meñique de la mano izquierda en un accidente de trabajo bajo precarias condiciones laborales; esa mutilación, lejos de doblegarlo, se convirtió en símbolo de su militancia sindical.

Lula no derrotó solamente a la ultraderecha bolsonarista, sino al robusto aparato injerencista de Estados Unidos, a los intereses estratégicos de Israel y al tecnofascismo oligárquico. La campaña presidencial estuvo marcada por una guerra digital asimétrica operada por corporaciones del Silicon Valley como Meta (Facebook, Instagram), cuyos algoritmos y políticas de moderación banearon deliberadamente el contenido pro Lula, mientras viralizaban las narrativas radicales del bolsonarismo.

Netlab, el Laboratorio de Estudios de Internet y Redes Sociales de la Universidad Federal de Río de Janeiro detectó más de mil 600 anuncios irregulares (desde países como EU, México, Colombia y Bangladesh) entre julio y septiembre en Meta y estimó un gasto de 2 millones de reales, aproximadamente 400 mil dólares. Esta situación llevó al Tribunal Superior Electoral de Brasil a ordenar a Meta demostrar que garantizaba trato equitativo a ambos candidatos. Ante el retraso corporativo para cumplir cabalmente la orden, la justicia  electoral brasileña impuso una multa diaria de entre 500 mil y 1 millón de reales (entre 100 mil y 200 mil dólares) mientras persistiera el desacato.

El asedio no es meramente ideológico, responde al despojo neocolonial de la oligarquía tecnofascista, que impone gobiernos serviles en América Latina para controlar recursos críticos; minerales raros y agua, imprescindibles para su infraestructura tecnológica. El norte global traslada las externalidades negativas de los centros de datos fuera de sus fronteras, deja la degradación ecológica y el estrés hídrico en América Latina, y exporta el valor agregado de vuelta a sus matrices.

Según la Agencia Internacional de Energía, los centros de datos devoran entre 1.5% y 2% de la electricidad a nivel mundial; las proyecciones indican que la demanda se duplicará en 2030. El impacto ecológico en América Latina –que alberga aproximadamente 5% de los centros de datos mundiales, concentrados en Brasil, México, Chile, Colombia y Argentina– ya genera conflictos socioambientales. Un centro de datos de hiperescala consume hasta 19 millones de litros de agua al día para enfriar sus servidores; un volumen equivalente al suministro diario requerido por una ciudad entera de 50 mil habitantes. La ONU estima que en 2030 se requerirán 9.3 billones de litros de agua para satisfacer la demanda de los centros de datos.

La alianza entre tecnología y reacción se complementa con la instrumentalización de la fe; informes de inteligencia desclasificados, como los memorandos derivados del histórico Informe Rockefeller (1969), evidencian la estrategia de Washington frente a la Iglesia católica y la Teología de la Liberación. La CIA coordinó y financió el envío de misiones evangélico-pentecostales conservadoras, el objetivo de esta psyop era promover una fe centrada en la “salvación individual” y desmovilizar la organización social, obrera y campesina.

La victoria de Lula defiende la dignidad y soberanía de América Latina, que ganó una batalla crucial contra el anglosionismo tecnofascista.

*Analista