¿Problemas sin solución política?

¿Bastará con políticas públicas para combatir la corrupción? No dudo que algo ayude, pero son insuficientes. ¿Bastará un esfuerzo policial importante para combatir la inseguridad? Es necesario, pero tampoco basta

Por Santiago García Álvarez

Es común escuchar en distintos foros que dos de los grandes problemas en nuestro país son la corrupción y la inseguridad. Son frecuentes las noticias —principalmente vinculadas con actores políticos— en que se exhiben actos deshonestos, tráfico de influencias, conflictos de interés y enriquecimiento ilícito, entre otras acciones indebidas. Al mismo tiempo, nos enteramos de asaltos, agresiones, secuestros y asesinatos. La nota roja parece ser la favorita de los medios y lectores.

Se trata de dos temas sensibles para las siguientes elecciones. Las posiciones o suposiciones en relación con los candidatos, sus propuestas y sus antecedentes orientan al electorado en cierta dirección y una pregunta crítica a los candidatos presidenciales en el fragor de este proceso tendría que plantearse en torno a cómo piensan solucionar el lastre de la corrupción y la inseguridad.

Con frecuencia escuchamos noticias de corrupción política y nos lamentamos con razón. Se habla menos de la corrupción empresarial, que también existe. Y mucho menos de la corrupción a nivel “ciudadano de a pie”: copiar en un examen, “volarse” un producto de una tienda, robar el lunch al compañero, quedarse con una lata de refresco de un camión que volcó en la carretera, etc. Los actos deshonestos son por desgracia muy frecuentes entre la población, al grado que nos encontramos inmersos en un fenómeno cultural.

Está, por otra parte, el preocupante tema de la inseguridad. Las noticias al respecto son muy escuchadas y nos atemorizan. Y, al igual que con el tema de la corrupción, el fenómeno de la violencia —evidentemente en menor gravedad— es muy frecuente en la vida ordinaria de muchas comunidades en México: violencia familiar, agresividad entre compañeros de clase, faltas de respeto a otras personas, el uso de las redes sociales para agredir a otras personas, entre muchos otros lamentables ejemplos.

Llama la atención que, en nuestra cultura, quienes cometen pequeños actos de corrupción son considerados como “listos” o astutos. Al mismo tiempo, los actos amedrentadores, físicos o virtuales, son no pocas veces festejados en pequeños grupos privados.

¿Bastará con políticas públicas para combatir la corrupción? No dudo que algo ayude, pero son insuficientes. ¿Bastará un esfuerzo policial importante para combatir la inseguridad? Es necesario, pero tampoco basta.

Estoy convencido de que la progresiva descomposición familiar en México es raíz —en parte— de estas problemáticas sociales. ¿Por qué se habla tan poco de esto? Se extrañan propuestas, medidas, discusiones para aliviar un preocupante fenómeno actual que lastima profundamente a los niños y genera en ellos propensión a la corrupción y a la violencia.

Ante este panorama, me parece que es buen momento para plantearse otros caminos. De parte de los candidatos, podrían presentarse propuestas en la línea de reforzar los valores culturales, cívicos, familiares y éticos en nuestra sociedad. Los países desarrollados, con bajo índice de corrupción y altos niveles de seguridad suelen tener una población educada, culta, respetuosa y honesta. ¿La clave? Han sido educados así. Viven así. No se plantean comportarse de otra manera. Generan círculos virtuosos. Estamos lejos de conseguirlo y no vemos propuestas concretas de gobierno desde las bases.

Por otra parte, si es poco probable que ningún partido o candidato resuelva este problema en seis años, ¿qué nos queda? Algunas organizaciones civiles que han adoptado distintas causas sociales están haciendo un gran bien y esa es parte de la solución. Ojalá esta generación de jóvenes transformara su enojo en verdadero compromiso social y asumiera el protagonismo. Se trata de problemas tan profundos y tan arraigados en nuestra cultura que se necesita una nueva generación que transforme México. Un porcentaje elevado de la población tiene menos de 25 años. Ojalá ellos

—que están muy molestos con la situación actual— aprendan a vivir de una manera distinta y generen una nueva cultura de honestidad y respeto que arraigue de un modo profundo en sus familias y en sus hijos.

                  * Rector de la Universidad Panamericana, campus México.

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