Nobleza mexicana: los migrantes

Se enfrentan a peligrosos obstáculos: traficantes de personas y de drogas, fuerzasde seguridad corruptas, ladrones comunes, sumado a que tuvieron que atravesar el paísde cualquier forma. La travesía descrita, sin haber salido de su patria. Cargan en la espaldaa sus hijos y lo que alcancen a llevar, además de esperanzas e ilusiones.

Por Carlos Kenny Espinosa Dondé

Uno de los activos más importantes de México no se encuentra en territorio nacional. Me refiero a los millones de mexicanos que viven en otros países, principalmente en Estados Unidos. Hablo de los que arriesgan su vida y libertad para tratar de darle a sus familias una oportunidad de vida digna.

Antes de llegar al “otro lado” se enfrentaron a peligrosos obstáculos: traficantes de personas y de drogas, fuerzas de seguridad corruptas, ladrones comunes, sumado a que tuvieron que atravesar el país de cualquier forma —caminando, sujetándose al exterior de trenes en movimiento, utilizando vehículos de todo tipo. La travesía descrita, sin haber salido de su patria. Cargan en la espalda a sus hijos y lo que alcancen a llevar, además de esperanzas e ilusiones. Ellos representan muchos de los mejores valores que ya flaquean en México, el cual dejaron atrás porque el país no les ofrece más que pobreza, miseria y la incertidumbre de su propia vida y la de sus familias. En 2020, las remesas que enviaron nuestros paisanos rebasaron los 40 mil 600 millones de dólares, equivalentes a más del 3.8% del PIB. Ellos sacaron a flote la economía del país en momentos en que las principales industrias —petrolera, turística y manufacturera— están sumidas en la peor crisis de los últimos 35 años. Gobiernos van, gobiernos vienen y sólo voltean a ver a los mexicanos del norte cuando se trata de jalar agua al molino electoral o presentar cifras económicas halagüeñas. En México nos indignamos, con justa razón, del trato que se da a muchos de nuestros paisanos en esas tierras; redadas de migración, discriminación y racismo, imposibilidad de acceder a una residencia legal y la posterior naturalización. Los dreamers, niños nacidos en México que fueron llevados por sus familias cuando eran infantes, o los nacidos de padres mexicanos indocumentados, que sólo conocen un país: Estados Unidos, y pende sobre ellos una eventual deportación. Es deleznable el trato a quien sólo busca mejores condiciones de vida y que son el sustento de una parte crucial de la economía norteamericana. La agricultura, la construcción, la industria alimenticia y los servicios de limpieza, entre otras actividades, se nutren de la mano de obra mexicana. A pesar de todas estas circunstancias, las perspectivas del migrante siguen siendo mejores allá que acá, por una simple razón: la justicia en Estados Unidos es evidente y palpable.

El migrante mexicano es noble por naturaleza, sólo así se explica por qué se juega la vida al cruzar desierto y ríos, sin tener más remedio que enfrentarse a peligrosos animales humanos: coyotes y polleros, además de la fauna endémica. Sueñan con proveer con su trabajo, sudor, sangre y lágrimas a los que dejaron atrás, sin ninguna garantía de sobrevivir al viaje o volver a ver a sus seres queridos. ¿Y todo esto por qué? La respuesta es tan sencilla como cruel: México, los mexicanos y sus gobernantes les hemos fallado. Los primeros artículos de nuestra Constitución hablan de los derechos humanos para todos los mexicanos y la protección a los pueblos indígenas. ¿Hay alguien que pueda decir que esos dos puntos son prioridad para el gobierno? ¿Son relevantes para quienes tienen sus necesidades básicas cubiertas? Por supuesto que no.

Qué extraordinario sería poder decirles a nuestros paisanos en el extranjero que su patria les puede ofrecer lo que no tenían al irse. Que un presidente mexicano les hablara directamente a ellos y les pidiera que regresaran porque nuestro país necesita de sus manos, de sus habilidades, experiencia y patriotismo. Que gobernadores de estados garantizaran que los narcos no amenazan sus vidas, que no serán “levantados” y que sus familias no corren peligro.

Hasta la palabra “migrante” es inexacta. No se fueron por gusto, sino porque México no les da las mínimas condiciones para vivir y, mucho menos, para progresar. Los que tuvimos la suerte de migrar legalmente somos la minoría privilegiada.

El primer paso para solucionar un problema es reconocerlo. Los mexicanos que cruzan sin papeles la frontera tienen las mismas razones para emigrar que los sirios, sudaneses y afganos que dejan sus hogares por la violencia de guerras internas, para dar una oportunidad a sus familias, arriesgando la vida en el proceso. Es hora de decirlo abiertamente: los migrantes indocumentados son refugiados, desplazados por un país que les falló.

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