Kamala Harris tiene un problema
La inflación ha ido cediendo y está en su nivel más bajo desde hace tres años.
Por: Verónica Mondragón
Hasta ahora, Kamala Harris ha aparecido en la escena política cuando se le necesita, pero sigue la duda de si podrá llegar a la Casa Blanca el próximo martes.
Cuando en la campaña de 2020, el entonces candidato Joe Biden seleccionó a Harris como su compañera de fórmula, dio un buen resultado: logró captar a un sector de votantes que no quería otro gobierno de hombres blancos.
En julio, cuando Biden declinó a la candidatura tras un errático debate contra su rival, Donald Trump, Harris asumió la candidatura. En pocos días, la exsenadora de California acaparó los reflectores de la prensa de su país e incluso comenzó a figurar como un fenómeno cultural y mediático que recordaba al exmandatario Barack Obama.
Sin embargo, el legado del presidente Joe Biden parece obstaculizar la campaña de la demócrata.
“Permítanme ser muy clara, mi Presidencia no será una continuación de la de Joe Biden”, dijo en una incómoda entrevista con Fox News. Con esa determinación Harris está buscando distanciarse de quien será su jefe hasta enero próximo, cuando termine su gestión.
Es que los niveles de aprobación del gobierno demócrata están cayendo, hoy se encuentran en 38%, cuatro puntos menos que hace sólo dos meses (según el promedio del sitio de análisis fivethirtyeight.com).
Esto sorprende, tomando en cuenta que en esta administración hay cifras que bien podrían brillar en un informe de resultados del presidente Biden o, bien, él podría palomear en su lista de promesas por cumplir.
A nivel nacional, la inflación ha ido cediendo, y está en su nivel más bajo desde hace tres años.
Pese a este resultado que podría alegrar a los consumidores, el costo de los combustibles, los alimentos y la vivienda son la mayor preocupación de los ciudadanos de la Unión Americana.
Sin importar el partido con el que se identifiquen, la economía es el principal interés de 81% de los electores (reportó el centro Pew Research).
Otro asunto pendiente es la migración, que figura en el sexto lugar de las prioridades de los estadunidenses.
En este tema, el Partido Demócrata ha endurecido su postura: Biden propuso un acuerdo bipartidista que permitiría un mayor control de la frontera con México, pero este pacto fracasó.
Tras lo cual, el jefe de la Casa Blanca optó por aplicar por decreto un cierre fronterizo que frena el permiso de asilo para los extranjeros que lleguen desde nuestro país —en este tema, el oficialismo norteamericano se movió hacia la derecha—.
Con estos controles, los cruces de migrantes han disminuido a su segundo nivel más bajo desde 2021 (según cifras de autoridades fronterizas).
De hecho, el elevado costo de la vida y la llamada seguridad fronteriza se convirtieron en el material principal de la campaña de Donald Trump.
El republicano reiteró sus insultos racistas, pero los llevó al siguiente nivel: diciendo que los migrantes “envenenan la sangre” de Estados Unidos. Al más puro estilo de la extrema derecha europea y con visos fascistas.
Esto también fue derivando en una campaña demócrata más dura, al punto en el que Harris equipara a su rival con Adolf Hitler o bien se basa en el “ellos vs. nosotros”, “el caos vs. el orden” y la libertad.
Mientras la mayoría de las encuestas nacionales da un empate entre Trump y Kamala, ella sigue afilando una campaña cada vez más sucia y subida de tono, en un posible indicio de que las proyecciones no le favorecen. La actual número dos de la Casa Blanca sigue en una campaña acelerada en estados clave.
A dos días de las elecciones está por verse el efecto del respaldo de herederos republicanos como Liz Cheney y Barbara Bush.
Y se verá el alcance real de Taylor Swift, los Tigres del Norte y Maná.
