El jardín marchito: la debacle moral y económica de Europa

Por Fadlala Akabani*

El orden global experimenta una vorágine transformadora que deja al descubierto el colapso estructural de lo que las élites de Bruselas solían llamar arrogantemente “jardín de la civilización”. Lo que hoy presenciamos en el viejo mundo no es una crisis coyuntural, sino una decadencia terminal y multidimensional, producto directo de su absoluto sometimiento geopolítico al dictado de Washington y al régimen genocida de Israel.

Esta debacle no es nueva, es el resultado de décadas de alienación militar. Desde la invasión de Irak en 2003, pasando por la devastadora intervención directa de la OTAN en Libia (2011) e indirecta –por varios de sus miembros europeos: Francia, Reino Unido y Alemania– en Siria (2014), las capitales europeas convalidaron el caos global, patrocinando disidencias y destruyendo naciones bajo el eufemismo de “llevar la democracia”. Hoy, ese búmeran belicista está de regreso en el viejo mundo.

La máxima expresión de este vasallaje la encarna Volodímir Zelenski, un excomediante mediocre al que volvieron presidente tras una prolongada serie de intervenciones que coloquialmente se conocen como “revoluciones de color”; el objetivo, alejar a Ucrania de Rusia y subordinarla a la órbita OTAN/Unión Europea. Zelenski, quien opera como un auténtico traidor a los intereses de Europa y de su propio pueblo, prolonga un conflicto sangriento para beneficiar al capital armamentístico, que lo convierte en benefactor y beneficiario del sionismo global.

El costo de esta sumisión ha sido trasladado con el más absoluto de los descaros a la clase trabajadora europea. Al enemistarse de forma irracional con Rusia por mandato de la Casa Blanca, Europa dinamitó su propia competitividad industrial, provocando una crisis energética sin precedentes históricos tras la pérdida del gas ruso barato. Las cifras económicas de las supuestas potencias del continente exponen la magnitud del abismo: la deuda pública de Francia ha escalado de manera alarmante por encima de los 3.2 billones de euros, superando 115% de su PIB; mientras que la deuda de España rebasa 1.6 billones de euros, 101.4% del PIB, según indicadores de la Oficina Estadística de la Unión Europea (Eurostat). Ni siquiera los supuestos motores se salvan, Reino Unido arrastra una deuda neta cercana a los 2.9 billones de libras (93.8% de su PIB), tal como indica la numeralia de la Office for National Statistics; Alemania, la otrora locomotora, de acuerdo con registros del banco central, Deutsche Bundesbank, ve su deuda bruta general escalar por encima de 64.4% del PIB, 2.84 billones de euros; vulnerando sus propios dogmas fiscales en aras del rearme de la OTAN.

Mientras los recursos públicos financian el expansionismo militar estadunidense, la infraestructura social europea se desmorona por completo. La pobre o nula política de vivienda pública ha entregado los centros urbanos a la especulación de los grandes monopolios financieros. A este asfixiante escenario se suma la imposición de restricciones verdes e ideologizadas a los granjeros locales, asestando un golpe de muerte a la soberanía alimentaria europea para favorecer la importación de productos transnacionales.

Las calles de París, Madrid, Berlín y Bruselas ya no son el escenario del debate democrático, sino el reflejo de un consenso social roto. Los levantamientos y disturbios que hoy sacuden al viejo continente no van a detenerse; por el contrario, ante la obstinación de una élite gobernante ciega y entreguista, las revueltas sociales serán cada vez peores.

*Analista