Estado de bienestar
Por Luis Mandonado Venegas* Aunque no es privativo de México en otros países es una combinación de servicios independientes, voluntarios y gubernamentales, sociólogos y economistas estudiosos del tema coinciden en señalar que el llamado Estado de bienestar se ...
Por Luis Mandonado Venegas*
Aunque no es privativo de México (en otros países es una combinación de servicios independientes, voluntarios y gubernamentales), sociólogos y economistas estudiosos del tema coinciden en señalar que el llamado Estado de bienestar se instauró en México a finales de la segunda mitad del gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, hace casi 80 años.
Si bien el término tiene muy amplias derivaciones, en apretada síntesis digamos que se trata de las políticas públicas de un Estado (que, recordemos, se integra con población, territorio y gobierno), encaminadas a garantizar el bienestar o la felicidad de sus habitantes, en áreas como la seguridad encabezadas por el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Instituto de Seguridad Social al Servicios de los Trabajadores del Estado (ISSSTE); los servicios de seguridad social del Ejército, la Marina, Pemex, la Comisión Federal de Electricidad, las universidades públicas, la banca de desarrollo y los que tienen establecidos los gobiernos estatales, etcétera.
En este sentido, el “Estado de bienestar” se entiende hoy como una forma de organización política, social y económica, en la que intervienen diversas instituciones con facultades para regular la vida de la sociedad en su conjunto.
Al paso del tiempo, el crecimiento demográfico, la expansión de las relaciones económicas, financieras y comerciales, la participación creciente de México en organismos internacionales de toda índole, en cuyo seno se adquieren derechos, pero también compromisos, redujeron el campo de acción del Estado de bienestar, cuyas políticas internas pronto fueron calificadas de “proteccionistas”.
La globalidad reclamó participación en el desarrollo de México. ¿Por qué? Porque el Estado de bienestar se había visto en la necesidad de implantar políticas económicas que protegieran los productos del país, limitaran el ingreso de productos extranjeros con los cuales no podías competir, aplicaran ciertos aranceles e impuestos a la importación, etcétera.
El país se encontró también con un problema inevitable: se acabaron las tierras para el reparto agrario, bandera sensible de la Revolución, lo que agravó la desventaja del campo en los planes de desarrollo. Miles de familias mexicanas emigraron a las ciudades o al norte, en busca del “sueño americano”.
De igual forma abrió las puertas a la inversión extranjera y, necesariamente, al flujo de capitales internacionales.
El inconveniente de todo este desafiante escenario fue la consecuencia que trajo consigo: a crecimiento desigual, desigualdad y rezago social.
Para numerosos especialistas, el Estado de bienestar en México empezó a enfrentar presiones críticas con la nacionalización de la banca en 1982 con la consiguiente caída de la Bolsa de Valores, el crecimiento de la deuda externa, el rescate bancario durante el gobierno de Ernesto Zedillo y las presiones ejercidas por el Fondo Monetario Internacional, siempre vigilante del concierto financiero mundial.
Hoy, con el proceso de transición gubernamental iniciado a raíz de los resultados electorales del pasado domingo 1 del mes en curso, han surgido voces en demanda de una revisión (y modificación) de las políticas públicas que configuran el Estado de bienestar mexicano.
Pero si toda transición puede conllevar cambios, es necesario aprender de las lecciones del pasado y evitar el rezago de cualquier de los sectores de nuestra sociedad.
Creo, con todo respeto, que la desigualdad social no va a desaparecer de un plumazo, esto es, con la aniquilación de las políticas sociales en beneficio de las mayorías pobres de México; tampoco se avanzará en el propósito enunciado, si desalentamos la necesaria participación de los sectores público y privado en la tutela del apoyo social que hoy necesitan las mexicanas y los mexicanos más vulnerables: más de 50 millones de ser humanos.
Creo que la respuesta a este dilema debe ser alcanzar el desarrollo equilibrado. Lograríamos avanzar sin renunciar a postulados históricos de nuestra vida nacional.
*Presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la UNAM.
