El silencio en Harvard: la nueva frontera del autoritarismo
PorRicardo Peraza* El nombre Harvard no es sólo una universidad. Es símbolo, es promesa, es la idea quizás ingenua de que el conocimiento aún puede resistir a la política. Por eso, la noticia de que el gobierno de Donald Trump ha prohibido la admisión de estudiantes ...
Por Ricardo Peraza*
El nombre Harvard no es sólo una universidad. Es símbolo, es promesa, es la idea —quizás ingenua— de que el conocimiento aún puede resistir a la política. Por eso, la noticia de que el gobierno de Donald Trump ha prohibido la admisión de estudiantes extranjeros en universidades “sospechosas de deslealtad” —con Harvard como blanco principal— no sólo sacude al mundo académico: revela una fractura moral, un cambio de época. No estamos ante una medida migratoria. Estamos ante una línea cruzada.
Hasta hace poco, ningún gobierno moderno de los Estados Unidos se había atrevido a convertir a las universidades en enemigos públicos. Ni siquiera durante el macartismo se prohibió sistemáticamente el ingreso de estudiantes internacionales. Lo que Trump ha hecho no tiene precedentes: romper el pacto tácito que Estados Unidos ofrecía al mundo desde el siglo XX —que el saber era refugio, que las ideas no tenían pasaporte, que el pensamiento crítico no era traición—.
Esta vez, sin embargo, no hay redadas. No hay fuegos visibles. La operación es más limpia. Harvard ha sido silenciada por decreto. El Departamento de Estado suspendió la emisión de visas F-1 para alumnos admitidos en instituciones que “promuevan una narrativa contraria al interés nacional”. Las palabras son técnicas, legales incluso. Pero la intención es nítida: castigar a quienes no aplauden.
La medida llega tras meses de presión creciente sobre las universidades. Se habían eliminado los programas de diversidad. Se habían clausurado departamentos de estudios críticos. Se habían recortado los fondos para investigaciones sobre cambio climático, género, racismo. Ahora, se asesta un golpe final: aislar a las universidades disidentes, convertirlas en islas dentro de su propio país. Harvard, con su tradición liberal, su activismo estudiantil y su prestigio global, era el objetivo natural.
El gobierno de Trump no ha ocultado su desprecio por lo académico. Pero este ataque no es solo simbólico. Es estratégico. Harvard recibe a más de 7 mil estudiantes extranjeros cada año. Son científicos, artistas, líderes potenciales que hoy se ven vetados. Se cancela no sólo su ingreso a un aula, sino a una idea: la de que el conocimiento puede ser un territorio neutral en tiempos de polarización.
La Casa Blanca defiende la medida como parte de una estrategia de “protección nacional”. Dice que ciertas universidades se han convertido en “nidos de subversión ideológica”. Que los estudiantes extranjeros podrían ser “infiltrados” o “agentes de propaganda globalista”. Que América debe cuidarse de quienes no creen en su grandeza. Pero no hay pruebas. No hay nombres. Sólo la repetición de un viejo truco autoritario: fabricar enemigos internos para justificar un poder sin límites.
Trump no necesita expulsar a todos los críticos. Sólo necesita hacerles imposible el ingreso. Y si ese filtro es la visa, que así sea. El mensaje está claro: quien no jura lealtad, no tiene cabida. No en la política. No en la academia. No en el país.
La medida ha generado reacciones en Europa, Asia, América Latina. Gobiernos que históricamente enviaban estudiantes a Estados Unidos hoy expresan su “profunda preocupación” por la politización de la educación. La Unesco ha condenado la medida como una “violación al derecho a la educación sin discriminación ideológica”. Pero el Departamento de Estado ha ignorado las críticas. La burbuja imperial no tiene ventanas. Sólo micrófonos.
Lo que se pierde no es sólo prestigio. Es futuro. La ciencia es colaboración. El pensamiento es poroso. Harvard, como tantas otras universidades estadunidenses, construyó su excelencia en el cruce de lenguas, culturas y visiones del mundo. Quitarle eso es como cerrar las ventanas de una biblioteca por miedo a que entren ideas nuevas.
Lo que ocurre en Harvard hoy debería importarnos a todos. No porque hayamos estudiado ahí. No porque nos atraiga el campus o su historia. Sino porque, cuando el saber se vuelve sospechoso, todos estamos en peligro. Porque lo que se veta hoy con una visa se censura mañana con una ley. Y lo que se calla en una universidad pronto se silencia en una corte, en una calle, en una familia.
En la lógica de Trump, Harvard es más que una universidad: es un símbolo que hay que quebrar. Su prestigio global, su independencia histórica, su resistencia a someterse al discurso oficial, representan un riesgo. No se trata de reformarla. Se trata de disciplinarla. De ponerla en fila. De convertir el saber en una herramienta del poder, no en su límite. En su ensayo sobre los totalitarismos modernos, Hannah Arendt advertía que el primer paso hacia la tiranía es la sustitución de la realidad por la narrativa del líder. Las universidades son uno de los últimos lugares donde esa realidad todavía se defiende. Por eso se les ataca.
La historia no se repite, pero rima. Las grandes purgas culturales no siempre empiezan con hogueras. A veces empiezan con visas denegadas. Con cartas que no llegan. Con formularios que se extravían. Y detrás de cada tecnicismo burocrático hay una decisión política: qué país queremos ser. Hoy es Harvard. Mañana puede ser cualquier otra. Porque lo que se persigue no es una universidad, sino una actitud: la que pregunta, la que duda, la que no acepta la verdad oficial sin discutirla.
Este no es un asunto de Harvard. Es un asunto de interés global. Porque lo que se prohíbe hoy con tinta y sellos, mañana se impondrá con leyes. Y si el conocimiento ya no es libre en su cuna más simbólica, ¿dónde quedará libre entonces?
Abogado internacionalista*
