El poder de la causa perdida de Trump
Por David W. Blight Lara NEW HAVEN.– El 6 de enero de 2021, en Washington, D. C., como es bien sabido, el presidente estadunidense Donald Trump que había perdido las elecciones de 2020 dio un discurso ante un grupo de sus seguidores, que luego se unieron a la turba que ...
Por David W. Blight Lara
NEW HAVEN.– El 6 de enero de 2021, en Washington, D. C., como es bien sabido, el presidente estadunidense Donald Trump —que había perdido las elecciones de 2020— dio un discurso ante un grupo de sus seguidores, que luego se unieron a la turba que atacó el Capitolio del país. Aunque en su diatriba divagó y se mostró incoherente, dejó algunas cosas en claro: la izquierda había conspirado para robar las elecciones mediante el fraude y la muchedumbre convocada en Washington en su nombre debía «mantenerse firme». Implicó que podía ser necesario recurrir a la violencia, porque «no hay forma de recuperar al país con debilidad».
Luego, Trump fijó como objetivo del desprecio colectivo al vicepresidente Mike Pence por negarse a regresar el proceso del Colegio Electoral a los estados. Si los «republicanos débiles» no daban un paso adelante y se involucraban para dar vuelta a los resultados, prometió Trump, «nunca, pero nunca, lo olvidaremos». Durante las siguientes cuatro o cinco horas, en lo que se convirtió en el evento más registrado de la historia estadunidense, el mundo observó el nacimiento de una nueva «causa perdida» envuelta en violencia y mentiras espectaculares.
Ha habido numerosas causas perdidas en la historia moderna, habitualmente después de que los vencidos en guerras glorifican su pérdida como fuente de orgullo y animosidad compartida contra los vencedores. Tres grandes causas perdidas atormentaron al mundo y a la historia estadunidense: después de la sangrienta derrota que sufrieron en la guerra franco-prusiana de 1870-71, los franceses mostraron una necesidad cultural intergeneracional de vengar esa pérdida. Luego, después de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, los nazis tomaron impulso culpando a judíos y a la izquierda, a quienes tildaron de «venenos» en la sangre del cuerpo político. Y luego, por supuesto, tenemos al sur estadunidense después de la guerra civil, cuando la narrativa de la causa perdida confederada creó un potente brebaje a fuerza de historia distorsionada e ideología supremacista blanca.
Las narrativas de las causas perdidas han sido a veces suficientemente poderosas como para crear o destruir regímenes políticos, dar forma a identidades nacionales y étnicas, y llenar el paisaje de monumentos. A veces constituyen el refugio de almas enfermas, otras son el medio a través del cual un movimiento político disciplinado llega al poder. La causa perdida de Trump, que adquirió una nueva virulencia ahora que hace campaña en pos de un segundo mandato —a pesar de las múltiples acusaciones en su contra— se basa en un conjunto de motivos de queja entre quienes están perdiendo apoyo, infunde vigor a quienes creen que el Estados Unidos multicultural y obsesionado con la «diversidad» se salió de control, especialmente en cuanto a la inmigración y la frontera con México.
Algunos, además, creen incondicionalmente en teorías conspiratorias sobre el supuesto «fraude» en las elecciones de 2020 y en otras nociones oscuras sobre maquinaciones de la izquierda en las universidades estadunidenses, las juntas escolares y el Partido Demócrata. A diferencia de la causa perdida confederada, la versión de Trump es una suerte de culto gánster, repleto de rituales de lealtad hacia su persona y sus planes para crear un gobierno estadunidense autoritario que utilizará el poder del Ejecutivo para implementar las preferencias de sus seguidores.
La causa perdida de Trump también tiene sus mártires, entre quienes se cuentan los cientos de personas encarceladas por sedición —a quienes el movimiento, y algunos políticos republicanos como Elise Stefanik, se refieren como «rehenes»—. Sobre todo, promueve un modelo de política y sociedad según el cual los hechos y la evidencia son irrelevantes. En los mítines de Trump, el constitucionalismo es para los perdedores, la historia es poco más que un arma útil y el civismo estadunidense no es otra cosa que entretenimiento: una exhibición para los asistentes impacientes por dar rienda suelta a su odio al liberalismo, la democracia representativa y, en muchos casos, al Estados Unidos no blanco. La causa perdida de Trump es entonces una plataforma que el Partido Republicano adoptó para convertir esas historias, mentiras y entretenimiento en votos. Gane o pierda, no desaparecerá. Muchos escritores procuran ayudarnos a transitar estos tiempos tensos. En la nueva novela de Tim O’Brien, América fantástica, un grupo variopinto de inadaptados y vagabundos se embarca en una serie de escapadas ilegales entre las que se cuentan robos a bancos y de otros tipos. El lector puede vislumbrar una sociedad en la que la mentira es omnipresente y la «mitomanía» arrasó el país de la mano de un «presidente monstruo».
Al menos, en la causa perdida confederada los sureños blancos realmente sufrieron pérdidas colosales: el paisaje quedó sembrado de tumbas en las que yacían casi 300,000 personas y gran parte de su sociedad quedó en ruinas. El luto trumpista parece nacer de la nostalgia, impulsada por las redes sociales, de un pasado ideal que casi nadie experimentó. Los partidarios del movimiento ansían un orden racial desaparecido, un mundo de identidades sociales seguras protegidas de élites desconocidas —pero odiadas— y de comunidades donde internet, la pandemia y el desplazamiento económico no hayan drenado la cohesión. Necesitan que su historia vuelva a ser grande.
Las causas perdidas pueden convertir mentiras en moneda común y forjar mitos profundos y duraderos. Estamos muy lejos de saber qué poder de permanencia tendrá la causa perdida trumpista, independientemente de que Trump logre sobrevivir a las acusaciones penales en su contra y a la campaña electoral. Lo que sí sabemos es que ya hemos presenciado sus años de formación.
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