Comala e Ixtepec, tierras pródigas
Si en Ixtepec las voces de los personajes se acomodan al clamor de los acontecimientos, en Comala hay un perpetuo murmullo condensado en los gestos mínimo de sus prisioneros
Por Guillermo Fajardo
¿Se puede ocupar un espacio en el futuro que sea, a la vez, un lugar de la memoria? Esa pregunta la respondió la escritora Elena Garro (Puebla, 1916) con un sí rotundo y esclarecedor cuyo bagaje nos sigue llegando a través de las décadas. Ixtepec, acaso protagonista, acaso recuerdo, acaso elocuente territorio de su novela Los recuerdos del porvenir (1963), la vislumbro como una zona luminosa en la que Garro abarcó el perímetro expandido de olores y visiones descubiertos por la imaginación, los pasos del tiempo expresados en las acciones del antagonista principal de la narración, el general Francisco Rosas, los misterios inenarrables de Julia Andrade y la tragedia repartida de sus habitantes. Ixtepec, protagonista de la historia, presume su voz para darnos a entender que el tiempo es atrapar una vida y ponerla sobre un espejo.
Ixtepec: tierra profusa en piedras y expectativas; desvelos de amor y claridades recogidas; la cercanía de los secretos y el cielo limpio de profecías. De una forma u otra ahí se liberan a todos los que se adentran en ella, incluso los que van a morir, pues lo hacen administrando los silencios con un denuedo que exige libertad.
Si Ixtepec reverbera, en su asombro protagónico, de una esperanza que no caduca a pesar de la muerte, en Comala el círculo de prisiones nunca termina, pues se trata de un cementerio, este, de Juan Rulfo (Jalisco, 1917) con una geometría que escala hacia abajo. Infierno o purgatorio, a Comala la anuncian la sequedad anticipada de sus caminos, el silencio administrado de sus calles y la repentina presencia de una voluntad exterminadora. Este territorio, lacónico como los eriales y el habla de los que lo habitan, labra en el polvo seco las voces de sus muertos y de sus lectores, asombrados, a un mismo tiempo, de haber sido engañados por fantasmas. Los ecos rebotan en este espacio infinito, cárcel donde se puede vagar sin rumbo.
Si en Ixtepec las voces de los personajes se acomodan al clamor de los acontecimientos, en Comala hay un perpetuo murmullo condensado en los gestos mínimos de sus prisioneros. Y es que, como nos recuerda Gareth Williams, Pedro Páramo, como figura soberana, “ha ganado sobre todo”: no solamente sobre la materialidad de la vida, sino también sobre la temporalidad de la muerte.
Ixtepec, así lo imagino, se viste de fiesta para esconder sus profecías, se hacen las cosas bajo pliegues de incertidumbre que, aunque presentes, prolongados por la alegría cotidiana de los Moncada, de Juan Cariño, de Felipe Hurtado. ¿No es así como se recuerda la vida? Comala, así la imagino, rellena los espacios vacíos con la evocación de los condenados, con la ley del tiempo detenida y la mirada petrificada de un desierto, amplificación paralizada de un castigo.
Se llega a Ixtepec por un camino donde el sol pega con ánimo reparador, si se tiene suerte se alberga en la nariz un sabor a tierra mojada y un regusto a almendros, papaya y tamarindo. A lo lejos, el hotel de don Pepe Ocampo se alza como un bastión de secretos en donde en algún tiempo las queridas del general Francisco Rosas y sus hombres perduraron en la memoria. Si Pedro Páramo fuera a Ixtepec se encontraría con la piedra en la que se transformó Isabel Moncada y acaso recordaría su propia muerte en otro tiempo y en otro lugar.
Comala e Ixtepec: el anverso y el reverso de una misma moneda, el primero un lugar para la muerte, el segundo, un lugar para la vida, pues Ixtepec recuerda el futuro mientras que Comala imagina un pasado para siempre determinado por la voluntad de Pedro Páramo, monarca encaprichado, rencor enfebrecido. Elena Garro se esmeró en una geografía multicolor, Juan Rulfo, en cambio, en una nación monocromática. Si Garro ensalzó el lenguaje de la vida, Rulfo economizó el de la muerte. Ambos juegan con el tiempo como actor infalible de nuestros deseos.
Cecilia Eudave, en un artículo, se preguntó si Garro “no anticipó en esta novela lo que sería México”. Valioso milagro: actualizar, desde el pasado, un recuerdo que se implanta en el futuro como porvenir profético, mítico e inexorable. Acaso Garro se adelantó a las violencias figuradas y concretas de un país que sigue aplazando su decadencia por el horror de verse a sí mismo como utopía y nada más. Acaso Rulfo reescribió para nosotros el futuro del pasado y determinó, ahora lo sabemos, que no se llega a Comala para encontrarse con el padre sino para verlo, con renovada fe, convertido en piedra.
