A Mario le allanaron el camino

• Hay sospechas de que inclinó la “romana” haciael servidor personal, que no ejercerá su voluntad,sino que se convertirá en la voluntad suya.

Por Armando Ríos Ruiz

Es obvio que al diputado Mario Delgado le allanaron el camino rumbo a la presidencia nacional de Morena. No es un político carismático. Se nace con eso. Al contrario, es de las personas que invitan a pensar que, sin ayuda, no hubiera sido político siquiera. Es bastante gris, como lo califican muchos analistas. Es demasiado servil. Se nota en todos sus actos.

Su adversario, Porfirio Muñoz Ledo, lo supera en todo. Hasta en edad, que se dice, le hizo daño en la contienda. Es un hombre brillante, de quien el historiador José Iturriaga se expresaba con admiración de su inteligencia.

No era conveniente un hombre de su talla al frente de un partido que tiene dueño. Hubiera dado resultados extraordinarios, con desacuerdos con el propietario, en aras de apartar esa congregación política de la dependencia de una persona que la maneja de acuerdo con sus caprichos. Ambas inteligencias diametrales. La de Porfirio, con un gran coeficiente.

Le allanaron el camino. En condiciones normales, dos encuestas que dieron como ganador a Muñoz Ledo hubieran bastado para conferirle el triunfo. En la segunda, se dictaminó empate técnico, que, al decir de los delgadistas, era motivo para recurrir al desempate.

La tercera era la vencida para ordenar, mientras se diera el veredicto, que los obedientes morenistas allanaran el camino al triunfo de su gallo.

Por más que el Presidente haya manifestado que conminó a quienes le obedecen ciegamente, “por decreto”, a respetar el resultado de la tercera encuesta, después de las derrotas en Coahuila e Hidalgo, para que dejaran de distraerse a causa del pleito, hay sospechas de que inclinó la “romana” hacia el servidor personal, que no ejercerá su voluntad, sino que se convertirá en la voluntad suya.

En tiempos de imaginaria austeridad, el “triunfador” gastó casi un millón y medio de pesos en una pelea demasiado pequeña, 400 millones sacados de la Cámara de Diputados, de acuerdo con una denuncia que, fuera de sus fieles, todo mundo creyó, inclusive lejos del teatro político.

¿Qué puede esperarse de alguien que se engaña a sí mismo, cuando afirma que Morena no le pertenece a nadie? Sabe perfectamente que dicho organismo no es nada sin su verdadero dueño. Tanto, que éste ha dicho que le es necesario aparecer en las boletas en cada contienda electoral, para obtener victorias. López Obrador y Morena son propietario y cosa. Simple cosa. Puede prescindir de ella y formar otra cosa.

La petulancia, que de por sí es exageración de la presunción, llegó al colmo con la declaración de Mario, cuando dice a los opositores que los va a derrotar, igual que en 2018, como si entonces hubiera tenido que ver. ¿Quién no sabe que permanecerá de brazos cruzados, sin idea en la cabeza, mientras el artífice de los éxitos de Morena hace su trabajo?

Se sumó a Morena, como todos los arribistas, por dos circunstancias: porque el triunfo estaba más que claro y porque ya estaba allí su bienhechor. Eso fue causa de que, a pesar de su opacidad, fuera recibido con honores. Los resultados están a la vista. Ahora es dirigente de Morena, pese a tan borrosas credenciales.

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