Santo Niño Huachicolero
La aceptación de la práctica de robo de combustible lacera
el tejido social y, lamentablemente, se va adoptando día a día
Por Daniel Aceves Villagrán*
Desafortunadamente a lo largo de la historia de la humanidad el robo ha sido una de las actividades más recurrentes, no importando si en algún momento fueron recursos naturales, mercancías o como ahora ocurre con los combustibles, gracias a la liquidez que ofrece a los delincuentes el poseer bienes de consumo bastante preciados y que además son fáciles de colocar en el mercado negro.
En los últimos tiempos, esta actividad ilícita ha tenido una gran cobertura en los medios, al observarse un alarmante incremento de este delito que cuesta millones de pesos al año a nuestro país.
El caso de la agresión hacia una familia en la autopista México-Puebla, que se saldó con la muerte de un bebé, conmocionó a la sociedad mexicana y acto seguido se comenzó a conocer de movilizaciones y arteras agresiones contra civiles y militares, como se apreció en los enfrentamientos armados con efectivos de la Sedena en el municipio de Palmar de Bravo, por lo que se exigen, urgentemente, acciones concretas en contra de estos “chupaductos”.
Coloquialmente, las personas que se dedican a “ordeñar” ductos de hidrocarburos han sido bautizadas como huachicoleros (aunque se dice que en un inicio esta palabra servía para identificar a aquellos que adulteraban bebidas etílicas añadiendo alcohol de caña) y se encuentran concentrados, aunque no limitados en los estados de Guanajuato, Veracruz y Tamaulipas, y en el denominado Triángulo Rojo (Acajate, Acatzingo, Palmar de Bravo, Quecholac, Tecamachalco y Tepeaca), en Puebla.
El modus operandi que utilizan es sencillo, “compitiendo” por precio al cimentar sus operaciones en la instalación de tomas clandestinas en los ductos de Pemex o robando pipas que transportan el llamado “oro negro” para después almacenarlo en depósitos secretos o empresas piratas con la finalidad de distribuirlo en tambos para el menudeo o con procesos estructurados para mayoreo a compañías que compran tanto en el mercado legal como ilegal. Además, cuentan con una perversa relación con la población y autoridades locales, muestra inequívoca de la aceptación de esta práctica que lacera el tejido social y lamentablemente se va adoptando día tras día, con cada vez más muestras explícitas como los corridos o la imagen del Santo Niño Huachicolero con su bidón de gasolina y manguerita, que buscan implantar la aberrante idea de que existen malhechores buenos, fomentando la apología del delito.
Cuantificando esta nociva práctica, en los últimos cinco años se calcula que han sido identificados más de 20 mil puntos de ordeña en los ductos de Pemex, representando un quebranto que, de acuerdo a un informe de la misma paraestatal presentado a la Comisión Permanente del Senado, se ubicó en dos mil 282 millones de litros tan sólo en el año 2016, mostrando la enorme red que actualmente está articulada en todo el país y que requiere de una respuesta contundente al grave problema que están generando.
Además de la contención, el comprender y transmitir que las actividades que merman a la sociedad, ya sea de forma económica o atacando la sanidad colectiva, no son justificables, ni tolerables, ni contribuyen al progreso colectivo. Garantizar mejores oportunidades y condiciones es diametralmente opuesto a la violencia y la ignorancia.
La cultura que debemos fomentar en nuestro país debe ser por medio de elementos distintivos que sean dignos de conservar, porque es a través de ellos como se nos identifica. Hemos de tener un epicentro que nos caracterice por valores prosociales que se vean reflejados con una conducta social positiva, construida a partir de la educación inclusiva y de calidad.
“La ética no nace sola, nace con nosotros”, mencionaba el connotado escritor Fernando Savater en una visita a nuestro país, por lo que la adopción y replicación de la cultura huachicolera tiene justificación en la impunidad, y sólo entendida por la complicidad de autoridades en los diversos niveles de gobierno, por lo que la respuesta institucional tiene que ser proporcional al problema.
*Analista
