Teotihuacan y el Mundial

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay imágenes que no necesitan traducción. Un hombre armado escalando la Pirámide de la Luna, a plena luz del mediodía, disparando sobre turistas que habían ido a contemplar uno de los sitios arqueológicos más extraordinarios del planeta. Una mujer canadiense muerta. Seis heridos de Colombia, Rusia y Canadá. El agresor —residente de la Ciudad de México, con una camiseta que evocaba la estética de Columbine— terminó quitándose la vida tras intercambiar disparos con la Guardia Nacional. Testigos refirieron haber escuchado cerca de 20 detonaciones alrededor del mediodía. Veinte detonaciones. En Teotihuacan. En México. A 51 días del inicio del Mundial.

El dato no es accesorio. México, Canadá y Estados Unidos serán anfitriones del Mundial de Futbol de 2026, y el partido inaugural entre México y Sudáfrica se realizará el 11 de junio en la Ciudad de México. Canadá, cuya ciudadana murió hoy entre las piedras milenarias de San Martín de las Pirámides, es precisamente uno de los países sede. La canciller canadiense, Anita Anand, expresó su pesar por el tiroteo en la zona arqueológica. No fue un comunicado de rutina. Fue la señal de que este incidente ya opera en otro registro: el de las relaciones bilaterales, el de la imagen país, el de la seguridad de los millones de visitantes que se disponen a llegar.

La pregunta más incómoda no es quién fue el atacante. La respuesta a eso vendrá con la investigación. La pregunta verdaderamente difícil es cómo entró una pistola a una zona arqueológica federal sin que nadie lo detectara. Y la respuesta, dolorosa en su simpleza, es que nadie lo detectó porque nadie estaba buscando. Los custodios del INAH enfocan sus revisiones en prevenir el daño al patrimonio cultural, no en detectar armamento entre los visitantes. En la entrada de Teotihuacan no hay arcos detectores de metal. No hay revisión de mochilas con equipos de rayos X. No hay protocolo de seguridad equivalente al que existe en un aeropuerto, en un estadio o en cualquier recinto que recibe a cientos de miles de personas al año. Hay, en cambio, una taquilla, unos torniquetes y la suposición tácita de que quien viene a ver las pirámides no viene armado. Hoy, esa suposición mató a una mujer.

No se trata de crimen organizado. Las autoridades locales lo descartaron desde las primeras horas. El presidente municipal de San Martín de las Pirámides describió al agresor como una persona con problemas psicológicos que actuó de manera individual. El perfil del lobo solitario —planificación en la clandestinidad, blanco de alta afluencia, maximización del impacto mediático— es tan perturbador como el del sicario, acaso más, porque no responde a ninguna lógica negociable. No hay interlocutor. No hay demanda. Sólo el daño.

La presidenta Sheinbaum instruyó al Gabinete de Seguridad a investigar a fondo los hechos y anunció que personal de la Secretaría de Gobernación y de Cultura se trasladó al sitio. Las palabras fueron las correctas. Pero las palabras correctas, pronunciadas después de la tragedia, no sustituyen los protocolos de seguridad que debieron existir ex-ante. El Mundial no llega en un año ni en seis meses. Llega en siete semanas. Y, con él, una oleada de turistas internacionales que observarán a México con una lupa que hoy, después de lo ocurrido en Teotihuacan, tiene un foco muy preciso: si este país puede garantizar que quienes vienen a maravillarse con su historia puedan regresar a casa.

Teotihuacan significa, en náhuatl, “el lugar donde los hombres se convierten en dioses”. Hoy fue, por unas horas, el lugar donde un hombre decidió convertirse en juez de la vida ajena. La diferencia entre ambas definiciones es exactamente el tamaño del abismo que México tiene que cruzar antes del 11 de junio.