Garantía

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Lo que en Occidente hoy conocemos como matrimonio surgió en la Antigua Roma, donde los hombres podían casarse desde los 14 años y las mujeres desde los 12. Aunque durante la mayor parte de la historia el matrimonio haya estado asociado a acuerdos y alianzas económicas, la base de esta institución se encuentra en la reproducción de la especie, regulando los vínculos sexuales exclusivos y prohibiendo las uniones incestuosas, por un lado, y brindando derechos filiales para la transmisión de bienes, por el otro. De aquí que, etimológicamente, matrimonium derive de mater (madre) y monium (“condición de”). Es decir, era el estado por el cual una mujer era reconocida como la madre legítima de los hijos de un hombre, pudiendo, por tanto, acceder, primero, y transmitir, después, los bienes patrimoniales (herencia), a sus hijos legítimos. Posteriormente, en la Edad Media, la Iglesia convirtió el matrimonio en uno de sus siete sacramentos y hacia finales del Medievo y principios de la modernidad, los Estados comenzaron a regular el matrimonio como contrato civil para que pudieran celebrarlo personas de distintos credos y, ya en la actualidad, también personas del mismo sexo.  

En la última década, los divorcios en México se han duplicado, según datos del Inegi. De acuerdo con sus cifras, la edad promedio en la que ahora se divorcian los hombres es de 38 años y de 36 las mujeres (99.6% de los divorcios corresponden a parejas heterosexuales). El reporte precisa que la duración promedio de los matrimonios es de 18 años. En México, aproximadamente, desde 2005, las mujeres dejaron de casarse antes de los 25 años promedio; los hombres lo hicieron desde 2003. Esta edad resulta un hito porque la neurociencia ha descubierto que la corteza prefrontal dorsolateral del cerebro es una de las regiones que más tardan en madurar, alcanzando un estado verdaderamente “adulto” hasta alrededor de los 25 años, destacando que esta región determina nuestra capacidad de tomar decisiones prudentes. En otras palabras, decidir con quién casarse antes de esa edad equivale a comprometer, con un cerebro adolescente, el futuro adulto de uno mismo. A pesar de esta estadística, siguen incrementándose los divorcios, ¿por qué?

Se han aportado múltiples explicaciones al incremento de separaciones, las cuales no retomaré aquí, sino que añadiré una sencilla explicación, poco explorada: la de que no sabemos casarnos. Aunque se suele pensar que la exclusividad asociada al matrimonio implica el sacrificio de la libertad, en realidad sólo deberíamos contraer nupcias cuando esto implique la conquista de una mayor libertad. Es lo que sugiere un fragmento de la obra del cantautor Joaquín Sabina, que a la letra dice: “…los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio”. El verso deja meridianamente claro que lo verdaderamente liberador es dejar de tener que perseguir relaciones efímeras, lo cual, paradójicamente, en la actualidad se interpreta al revés. La idea no es nueva, el filósofo Immanuel Kant ya había notado que el ser humano sólo es libre cuando deja de guiarse por sus inclinaciones. Surge de inmediato el reparo de pensar que esto no asegura el éxito de un matrimonio, lo cual es cierto, pero un descubrimiento asombroso es el de notar que lo contrario, es decir, casarse pensando que se está sacrificando la libertad, sí garantiza el fracaso.

TEMPORALIDAD

Han existido propuestas de matrimonios temporales renovables, al menos en Francia, España, Alemania y México. En Francia y España se propusieron revisiones periódicas. En México se propuso que los matrimonios duraran de dos a cinco años; en Alemania, siete, tras lo cual se disolvería automáticamente. Sin embargo, actualmente sólo pueden celebrarse matrimonios civiles indefinidos.

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