1.5 °C: la promesa rota
Por Ricardo PerazaAbogado internacionalista La COP30 arranca en Belém do Pará, Brasil, bajo una sombra incómoda: el objetivo de limitar el calentamiento global a 1.5 °C parece ya inalcanzable. La meta que alguna vez simbolizó esperanza hoy suena más a epitafio. El ...
Por Ricardo Peraza
Abogado internacionalista
La COP30 arranca en Belém do Pará, Brasil, bajo una sombra incómoda: el objetivo de limitar el calentamiento global a 1.5 °C parece ya inalcanzable. La meta que alguna vez simbolizó esperanza hoy suena más a epitafio. El propio secretario general de la ONU, António Guterres, lo dijo sin rodeos: “Hemos fracasado”. Y, sin embargo, aquí estamos otra vez, reuniéndonos a las orillas del Amazonas —una de las últimas fronteras vivas del planeta— para preguntarnos si aún queda algo que salvar o si sólo discutimos cómo administrar la derrota.
Esta cumbre se anuncia como la de la “implementación”, el paso de las promesas al cumplimiento. Brasil, anfitrión y guardián simbólico de la selva, intenta capitalizar el escenario con una narrativa potente: la de un continente que quiere hablar con voz propia. El presidente Lula da Silva ha insistido en que Belém sea recordada como la “COP de la selva”, un punto de inflexión para proteger los biomas tropicales. Pero el contexto político no ayuda. Los tres mayores emisores —China, Estados Unidos e India— llegan sin sus jefes de Estado, y América Latina se presenta dividida entre discursos ambiciosos y gobiernos que niegan el cambio climático o apuestan por más petróleo.
Mientras tanto, la ciencia es cada vez más clara. Los últimos datos muestran que el mundo ha superado temporalmente el umbral de 1.5 °C durante varios meses consecutivos, y que mantenerlo como límite permanente ya roza lo imposible. 2024 fue el año más cálido jamás registrado; los incendios, las olas de calor y el colapso de glaciares no son advertencias, sino hechos. Los expertos hablan de un escenario de overshoot: rebasar el límite y luego intentar volver a él mediante recortes drásticos de emisiones y captura de carbono. Pero incluso eso requeriría una cooperación y una velocidad que la política actual no parece ofrecer.
Aun así, Guterres insiste en que no todo está perdido: si el 1.5 °C ya fue superado, la tarea ahora es que el rebasamiento sea “lo más breve y de la menor magnitud posible”. Suena a matiz técnico, pero es una cuestión de supervivencia. Cada décima adicional implica millones de vidas afectadas, territorios inundados, especies extinguidas. La tragedia no es sólo ambiental: es moral. El planeta se recalienta mientras las potencias siguen financiando combustibles fósiles con cifras récord y los países ricos incumplen los 100 mil millones de dólares anuales prometidos para financiar la transición en el sur global.
La COP30, en teoría, debería ser el punto donde se corrija ese rumbo. En la práctica, todo dependerá del dinero y de la voluntad política. Brasil impulsa un fondo internacional llamado Bosques Tropicales para Siempre, destinado a recompensar a los países que conserven sus selvas. América Latina, por su parte, intenta articular una postura común: eliminar gradualmente los combustibles fósiles, duplicar los recursos de adaptación y exigir a las economías industrializadas que paguen su deuda climática. Pero en los pasillos de las cumbres la retórica suele tener más aplausos que consecuencias.
En este escenario ambiguo, México llega con discurso propio, pero con pies de barro. El nuevo gobierno, encabezado por Claudia Sheinbaum —científica climática—, ha buscado recuperar credibilidad: actualizó la Contribución Nacional Determinada (NDC 3.0), fijó por primera vez una meta absoluta de reducción al 2035 y reiteró la neutralidad de carbono hacia 2050. Sobre el papel, el plan luce moderno: transición justa, inclusión de pueblos originarios, adaptación comunitaria. Pero basta rascar un poco para notar la incoherencia entre el discurso internacional y la política doméstica.
México sigue destinando miles de millones de pesos a Pemex y a refinerías, mantiene presupuestos ambientales ínfimos y ha frenado la expansión renovable en favor de plantas fósiles de la CFE. La paradoja energética es evidente: presumimos compromisos climáticos mientras duplicamos la inversión en petróleo. El resultado es que nuestras metas siguen clasificadas como “críticamente insuficientes” por el Climate Action Tracker. Las emisiones podrían incluso aumentar si no hay cambios estructurales.
En el fondo, lo que México expone en Belém no es una falta de conciencia, sino una falta de coherencia. Y esa brecha no se resuelve con retórica. La sociedad civil, por su parte, ya no se conforma con discursos: exige metas verificables, transparencia presupuestaria, prohibición de fracking y fortalecimiento de las energías limpias. Las organizaciones ambientales mexicanas llegan a la COP30 con un mensaje claro: sin acción doméstica real, cualquier liderazgo regional es mera retórica.
El problema es que el tiempo se agota. Cada año que pasa sin reducción efectiva convierte el 1.5 °C en una reliquia de optimismo. Tal vez, como dicen algunos científicos, ya lo hemos perdido. Pero hay una diferencia entre rendirse y reaccionar. Si el límite se rompió, el deber moral ahora es contener el daño y evitar un mundo de 2 °C o más, donde la adaptación ya no sea posible para millones de personas.
La promesa rota de 1.5 °C no es sólo una cifra científica: es el espejo de nuestra incapacidad política para actuar a la altura del conocimiento que poseemos. Belém, la ciudad rodeada por ríos y selva, podría ser el último escenario simbólico donde el mundo todavía pueda elegir entre la apatía y la acción. De lo contrario, la COP30 será recordada no como el renacer del compromiso climático, sino como el velorio del pacto que alguna vez prometió salvarnos.
