La exnadadora zimbabuense Kirsty Coventry, presidenta del COI, rompe con su acertada decisión de impedir la competencia trans contra mujeres, la máscara de simulación, hipocresía e ignorancia de la manada y comunica un giro revolucionario, de época, en la esfera de los cinco aros universales, al fundir ciencia, deporte, ética y moral.
La decisión la emite el COI con el respaldo y criterio meditado, conocimiento, experiencia que Coventry acumuló en casi dos décadas —compitió en los JO de Sidney, Atenas y Beijing— en su paso por las albercas en las que ganó 7 medallas olímpicas, 2 de oro y 3 récords mundiales; en un deporte objetivo que le permite una visión superior sobre aquellos que valoran el deporte de manera subjetiva con argumentos sólidamente edificados en columnas de humo.
El hombre posee mayor fuerza, rapidez y resistencia que la mujer. ¿Podrá una mujer desarrollar 450 newtons en bicicleta; levantar los kilos que Zhabotinsky? Compare el 9.58 de Bolt con el 10.49 de Griffith.
Para sacar la verdad de su guarida empleemos un dinamómetro, el metro, el gramo o el segundo. Con una brizna de ciencia, incipiente cultura agonal y despojándose de la “filosofía” barata que preconiza derechos sociales se concluye que los trans rompen la piedra angular de luchar en igualdad de circunstancias. Por eso se establecen conjuntos por género, edades, calidad, peso, en boxeo y halterofilia, en cumplimiento a las leyes de Newton.
Sin olvidar la excepcional hazaña de Gertrude Ederle cuando, en 1925, rompió el RM de los hombres, en dos horas, en la travesía del Canal de la Mancha, y que hay mujeres de superior inteligencia al hombre, como Hipatia de Alejandría; la bellísima Hedy Lamarr —Dalila en la película Sansón, con Victor Mature—, quien, durante la II Guerra Mundial, descifró los códigos secretos de alemanes y patentó un sistema de guía de torpedos por la radio; la pianista Yuja Wang; la escritora Marguerite Yourcenar… pero, ¡vayamos al grano! La igualdad social es una tendencia de la época con ropaje de quimera.
Coventry evita que dirigentes y olímpicos se tropiecen tres veces con la misma piedra. No fue suficiente la ciencia que estableció en los análisis que el sudafricano Pistorius, con sus cuchillas de fibra de carbono, lograba enorme ventaja. No sólo se destrozaron las reglas del atletismo, sino que el sentimentalismo ramplón puso cera en los oídos del TAS, que se negó a escuchar a los científicos de la U. Colonia.
Cuánta razón tenía José María Cagigal al afirmar que la ignorancia en las posiciones directoras más importantes no se queda en la masa. Otro modelo de estolidez: autorizar a Lia Thomas competir y emplear el baño de mujeres: se creó en el vestuario de las nadadoras situaciones incómodas, pues el estadunidense, en forma independiente de que mentalmente se sienta o sintiera mujer, conserva sus genitales masculinos y en la pileta mayor poder. Coventry y el COI desbaratan para bien el criterio autónomo y divergente de las federaciones internacionales.
