Normalista, luego ministra

Una maestra y una jueza aspiran sociedades igualitarias, libres de violencia, sociedades más justas.

Cierro este año —complejo e intenso— cargada de una fuerza muy especial. Fue la insistencia y gestiones de un muy querido amigo lo que me llevó a regresar a las aulas. Volví —virtual— a la UNAM, mi alma mater. Confieso que temía que el formato nos impidiera integrarnos. No fue así, hay ciertas ventajas tecnológicas. Los identificadores de cada alumna y alumno me permitieron personalizar la enseñanza desde el primer día. Aprendimos. Nos reímos. Nos divertimos. Revivió mi primera profesión.

La historia me remite a mi abuelo paterno, Malaquías Piña Jusué, maestro misionero en época de Vasconcelos. Estableció la primera escuela rural federal, en el estado de Hidalgo. Mi padre comenzó su carrera de maestro normalista a los 15 años. La abandonó para irse a la Escuela Nacional de Jurisprudencia y de ahí comenzar su carrera como servidor público. Mi madre también estudió en la Escuela Normal, continuó en la Normal Superior. Falleció mi padre. Le sobrevivió la joven normalista con tres niñas. Su profesión, su pasión, se convierte, además, en el medio de subsistencia que nos permitió salir a flote.

Mi madre, inteligente e íntegra ni siquiera se lo cuestionó. Sus hijas serían maestras. La carrera era una apuesta certera. Nos aseguraría un empleo. Una vida digna. Sin opción, comenzó mi hermana mayor. Se reveló en cuanto pudo. Sin embargo, la vida da muchas vueltas y hoy, es formadora de formadores. Yo empecé por imitación. A los 18 años ya era maestra.

Mi primera aproximación fue muy dura. Aleccionadora. La novatada residió en asignarme un grupo de quinto año en el turno vespertino. Mis alumnos, algunos de hasta 15 años, no sólo eran más altos que yo —lo cual no es muy complicado—, sino que, al ser en su mayoría hijos de los trabajadores del mercado de Santa Julia, cargaban experiencias de vida que yo no podía siquiera imaginar. Ejercer autoridad en ese contexto fue sumamente complejo. Una niña intentando enseñar a otros niños que experimentaban en carne propia la plena expresión de la pobreza urbana. La vivencia de mi primer grupo no fue lo que había imaginado mientras estudiaba. Una lección inolvidable sobre mí misma y sobre mi país.

El turno vespertino me permitió comenzar mi carrera de Derecho. Estudiaba en la mañana y daba clases en las tardes. Pronto me asignaron un grupo de primer año. Entonces encontré mi máxima pasión como maestra: enseñar a leer y escribir. Suena simple; es vital. Convivir con seres absolutamente sinceros, alegres, de contagiosa inocencia, me hacía sentirme plena. Jugábamos aprendiendo. Aprendíamos juntos. Yo, la que más. Recuerdo haber vivido todo aquello como una etapa muy grata.

La historia se repitió. Se presentó la oportunidad de entrar al Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y, posteriormente, al Poder Judicial Federal. Se cruzaron en mi biografía, como en la de mi padre, el derecho y mi profesión de maestra normalista. Me incliné por la primera, aunque mi vocación de normalista, sin duda, permea mi labor como ministra.

Tanto una maestra, como una jueza, desempeñan funciones transformadoras para la sociedad. La primera mediante la detonación del pensamiento crítico y la difusión del conocimiento; la segunda, impartiendo justicia, particularmente, cuando se trata de personas en condiciones de vulnerabilidad. Ambas fungen como mediadoras y vigías del respeto al otro. Una maestra y una jueza aspiran sociedades igualitarias, libres de violencia, sociedades más justas.

Así se ha escrito parte de mi historia, por accidentes y decisiones que hoy me definen como abogada, sin dejar de ser maestra. No se puede dejar de ser maestra. Las oportunidades que la vida me ha dado, el tránsito de una pasión a otra, me dan diversas perspectivas que me permiten abordar la compleja realidad que habito.

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