*Scherer Ibarra es hijo del director que enseñó a una generación entera que el periodismo no es un servicio al poder sino, precisamente, su contrapeso.
Hay apellidos que pesan. Que obligan. Que funcionan como una brújula moral inocultable, incluso cuando uno preferiría guardarse en el silencio cómodo de la discreción. El apellido Scherer es uno de ésos. Y Julio Scherer Ibarra, el hombre que durante años fue el operador jurídico más cercano a Andrés Manuel López Obrador, acaba de demostrarlo con la publicación de Ni perdón ni olvido, el libro que escribió junto al periodista Jorge Fernández Menéndez sobre sus años de intimidad con el expresidente.
No es un libro fácil. Tampoco pretende serlo.
Scherer Ibarra no escribe desde la comodidad del resentimiento ni desde la distancia antiséptica del analista que nunca se manchó las manos. Escribe desde adentro. Desde el lugar incómodo de quien creyó, acompañó, defendió y terminó por ver —con la claridad dolorosa que sólo da la cercanía— lo que muchos sospechaban desde afuera. Ese lugar tiene un costo particular cuando tu apellido es sinónimo de periodismo sin concesiones, de verdad sin tutela, de independencia como condición inapelable del oficio.
Porque Julio Scherer Ibarra es, antes que nada, hijo de Julio Scherer García. Del hombre que fundó Proceso después de que el gobierno de Luis Echeverría le arrebatara Excélsior. Del periodista que convirtió la incomodidad en método y la independencia en doctrina. Del director que enseñó a una generación entera que el periodismo no es un servicio al poder sino, precisamente, su contrapeso. Ese linaje no se hereda en silencio. Se ejerce o se traiciona. No hay término medio.
Y luego está María Scherer, su hermana, analista política de agudeza poco común, que ha sostenido durante años el mismo compromiso con la observación honesta de la realidad mexicana. Los Scherer parecen llevar grabado en algún lugar profundo la convicción de que la verdad, aunque inoportuna, aunque costosa, aunque rompa lealtades y queme puentes, es el único material con el que vale la pena construir.
Ni perdón ni olvido es, en ese sentido, mucho más que un testimonio político. Es un acto de honestidad que tiene el sabor amargo de lo que se escribe cuando ya no hay nada que perder —o cuando lo que se gana, la propia integridad, vale más que cualquier otra cosa. Las revelaciones sobre López Obrador, las anécdotas de una cercanía que pocos mexicanos tuvieron, el retrato de un hombre de poder visto desde su sala, desde sus decisiones pequeñas y sus gestos grandes, componen un documento político de primer orden. Pero también componen algo más íntimo: el autorretrato de alguien que decide, tarde o temprano, que no puede seguir siendo Scherer a medias.
Hay quienes criticarán el libro por su oportunidad. Hay quienes lo descartarán como ajuste de cuentas. Hay quienes, desde el obradorismo recalcitrante, lo leerán como traición. Todos esos lectores se sumiran en su emoción personal y no leerán, quizá, lo más importante: que un hombre que vivió en el corazón de un proyecto político —que prometió transformarlo todo— decidió, al final, escribir lo que vio. No lo que convenía. No lo que protegía. Lo que vio.
Eso tiene nombre en la familia Scherer. Se llama oficio. Se llama rigor. Se llama, en su forma más elemental y más exigente, honrar el apellido. Y quizá también sin proponérselo, con este libro Scherer Ibarra estará haciendo un gigantesco servicio a la República y a la propia Cuarta Transformación: porque para que un segundo piso llegue hasta donde dice querer llegar, primero tiene que saber con exactitud cómo quedaron los cimientos del primero.
