De igual a igual

En agosto del año pasado me encontré en medio de la calle un águila empapada. Inmóvil, nos miramos en la oscuridad. Corrí a casa y mi pareja salió con un guante y un costal de yute envuelto en el brazo; asustada, el ave rapaz apretó sus garras en la muñeca y se dejó conducir. Ya adentro, se paró sobre un escritorio donde permaneció observándonos y dejándose admirar. Ésta ha sido mi única oportunidad de estar frente a frente con una aguililla de Harris, como la nombró la especialista, que un par de horas después llegó a su rescate.

Su presencia en casa me conmovió, no sólo por verla extender sus alas, sino porque a pesar de que le abrimos las ventanas decidió permanecer sin ocultar su vulnerabilidad. ¿Son las aves rapaces tan temibles?

A partir de ese encuentro me gusta ver más hacia el cielo. Me ha sorprendido la diversidad de aves residentes y migratorias de la CDMX, me he preguntado por qué nos importa tan poco la cetrería, una práctica catalogada Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2010 y que, a pesar de nuestra ignorancia o indiferencia, contribuyen a nuestro bienestar, aunque en el imaginario sólo son depredadores.

Pero también son parte de un equilibrio ecológico que rompemos por miedo, ignorancia y prepotencia. Estas aves sirven para controlar la plaga de las palomas (que es un problema creciente) o proteger sembradíos y bodegas de alimentos, por mencionar algunos. Además de ser utilizada como un control biológico, la cetrería es una que no se limita al entrenamiento de aves rapaces para volar, sino que sigue enriqueciendo la relación humano-ave, que tiene más de cinco mil años de historia.

Aprovechar el conocimiento de esta historia común es responsabilidad humana, como se mencionó en la jornada de conferencias convocada el 16 de noviembre, Día Internacional de la Cetrería, por Grupo Cetreros del Valle de México, Unión de Profesionistas en pro del bienestar animal y Federación Mexicana de Colegios y Asociaciones de Médicos Veterinarios en Pequeñas Especie.

Está comprobado que este lazo ha sido benéfico para el ser humano. En sus inicios era una práctica obligada para los caballeros, quienes aprendían a interpretar mapas, reforzaba su condición mental y los ayudaba a ser mejores jinetes. Este nexo —que también ha propiciado estudios sobre la migración de aves, por ejemplo— ha servido para recuperar especies, ya que debido al amor casi simbiótico de los cetreros por sus aves, éstos se han enfocado en su conservación, combatiendo el tráfico y el maltrato. Así, hoy en día todas las aves que se usan en la cetrería están autorizadas por la ley.

Las aves rapaces son parte de nuestra identidad y, sin embargo, el águila real, que protagoniza el escudo nacional, está en peligro de extinción. Quizá, por este mal presagio sobre el futuro de esta especie exclusiva del hemisferio septentrional, me resultó conmovedor conocer a Melissa, quien a sus 16 años es la cetrera más joven de México y está comprometida con la causa de sus padres, Luz Elena Hernández y Édgar Alvirde Navarro, quienes han logrado la reproducción del águila real por inseminación artificial y dirigen el Centro de Conservación de Fauna Silvestre El Sahuaro.

A través de esta organización además de proteger a aves para prepararlas para su reinserción a la vida silvestre, esta pareja ha diseñado el programa de concientización “Aprendiendo entre plumas”, enfocado en la importancia de recuperar y cuidar a las aves, quienes, como señala Aarón Muñoz, director de operaciones de Fumigaciones y Control Aviar, empresa encargada del riesgo aviar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, “nos han ayudado a los humanos a mirarnos en la naturaleza”.

Esta mirada, de la que habla Muñoz, la experimenté cuando tuve en casa a aquella joven —nos dijeron que tenía menos de un año— aguililla Harris. Esa noche no vi a un depredador, sino a un animal hermoso que, como el lobo, tiene una función imprescindible en el equilibrio del ecosistema. Lo vi de igual a igual.

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