La polarización del gusto

¿En qué momento el gusto se convirtió en una cuestión del bien y del mal? Quizá aún añoramos ese mundo que antes de la caída del Muro de Berlín nos facilitaba la filiación política-ideológica-deportiva-cultural-económica-de entrenamiento sin tanta “culpabilidad” y sin tanta necesidad de cumplir con los cánones correctamente políticos

Quizá los ya jóvenes que nacieron en un mundo sin “Este” aprendieron los temores de los grandes y el “otro” se convirtió en ese polo contrario no para confrontar y provocar la reflexión, sino para odiar y aniquilar.

Quizá es simplemente la naturaleza humana, y resulta cierto aquel experimento que hiciera Adorno, ya en su vida en Estados Unidos, para comprobar que el ser humano le teme a lo diferente, pero sobre todo, a lo desconocido. Sólo que ahora ese “otro” se ha multiplicado y el miedo ha dominado la vida cotidiana, el entretenimiento y el gusto.

Lo desconocido enoja, más que generar curiosidad, provoca repulsión. Y en la era digital, en la que la economía hipercapitalista ha transformado en el otro a cualquiera que no seamos nosotros mismos, la fórmula se complica. Narciso transita en la posmodernidad no sin uno que otro golpe, pero como cree ser el Dorian Gray del siglo XXI no ha pensado en el envejecimiento ni en que hoy más que nunca no hay nada más viejo que lo nuevo.

¿Cómo confrontarse o cómo dialogar en un presente que parece no tener arraigo? Cómo discutir o argumentar con “iguales” que se asumen en lo individual un “igual” y que consideran a su “oponente” un “otro” o un “diferente”. El téte a téte, el one to one, el frente a frente no es más ya que nostalgia moderna apenas representada en el box, donde al final el knock out, físico o técnico, definirá no quién fue el mejor, sino quién ganó. ¿Cómo tratar no de conciliar, sino de entrenar el pensamiento, de descubrir, de pensar en un mundo donde sólo uno y “sus iguales” (mientras uno decida que lo son) merecen la pena —o la oportunidad— de exponer ideas para debatir, no para convencer, sino para de ahí saltar a otro lado? El pensamiento es un rizoma.

¿Cómo hacer crítica sin pelearse? Pareciera que es una ilusión. O quizá en un país como México tan dinámico, en el que no hay tiempo para descansar, para contemplar (siempre hay que estar alerta, haciendo, resolviendo...) la práctica del método científico es un lujo y una extravagancia. O no: una utopía. Primero tendríamos que erradicar la mezquindad, luego el analfabetismo intelectual y emocional. Y cuando falta estructura, la emoción es lo que salta y lo que domina. Ante la falta de conocimiento, ese pensamiento desconocido se convierte en una amenaza. Y eso es lo que ya es la ignorancia: una amenaza y un acto displicente. ¿Por qué no abrirse al conocimiento y reconocer que nos equivocamos, por qué no comprobar las hipótesis, dialogar y plantear distintas rutas en las que no predomine la descalificación? No se trata de comprobar lo incomprobable, sino de proponer —y aclaro que el rechazo en muchas ocasiones también es una propuesta—, pero el rechazo sin atreverse a mirar a ese otro es más que soberbia un acto de pobreza. ¿Por qué no ver al otro?

Hoy ese otro distinto no sólo define nuestra identidad, sino que se ha convertido en un ajustador del podium del poder. Ya no se trata, como lo dijera Amin Maalouf, de “identidades asesinas”, sino de control.

Hoy, donde el pleito y la descalificación han amansado a la crítica y alejado al espectador, es cuando más se necesitan miradas que exploren y analicen ciertas problemáticas, tendencias e ideas, no que la polaricen o que las destrocen. Falta argumento.

Vivimos la época de los matices. Entre el blanco y el negro hay una infinidad de grises, pero pareciera que cada tono deseara proclamarse el único. Y eso sucede en todos los ámbitos:

Quizá deberíamos enfocarnos más en la calidad del argumento, en la propuesta, en guardar un rato el prejuicio, y contemplar eso “diferente” sin la urgencia de imponer una mirada, sino que desde una postura propia criticar a ese otro mirándolo cara a cara.

Las posturas reaccionarias de los críticos de arte polarizan el gusto. Califico de reaccionarias las posturas de la mayoría de los críticos y especialistas porque no están dispuestas a escuchar al otro, vestidos de diversidad se hacen sordos. No está mal ejercer una postura, eso es lo que enriquece el panorama y la discusión, pero hay que atreverse a ver al otro, quizá no cambiemos de opinión, pero sí aprendamos algo o felizmente corroboremos nuestra mirada.

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